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15 de diciembre de 2016

Cassis sin complicaciones

Con miedo a que el tiempo nos traicione, empezamos nuestra estadía en Francia intentando aprovechar cada fin de semana (ya se nos pasará el ansia turística). Así que, cuando a Alejo le surgió un viaje de trabajo al sur del país, allá fuimos todos.

Claro que cuando digo “fuimos todos”, no se imaginen a la familia feliz viajando por la campiña francesa… Fue un padre por un lado, cómodamente instalado en un asiento del TGV (tren de alta velocidad) mirando series en Netflix y, por otro lado, una madre. Con eso debería decirles todo, pero no confío en sus imaginaciones así que voy a tener que relatarlo. Después de todo, para eso estoy acá sentada frente a la computadora, un día de lluvia en París, mientras Matías y mis invitados duermen la siesta.

Alejo salía unos días antes hacia su retiro corporativo amistoso y nosotros nos uníamos después. Puesto que todos íbamos en tren (y yo nunca me había tomado el tren acá), le pregunté a Ale si era fácil ir desde casa. “Re fácil” me respondió.

Tres días después, mientras corría por la Gare de Lyon empujando el cochecito con un Matías que se había quedado mudo por la velocidad, y arrastraba una valijita, deseando que los franceses no tuvieran la puntualidad inglesa y que el maquinista se apiadara de mí si me veía correr desquiciada por el andén; me acordaría de las palabras de mi marido y guardaría un reproche para cuando nos viéramos. “Re fácil” no es nunca para nadie que no pueda subir escaleras acá en París. Accesible o imposible, pero nunca “re fácil”.

Por suerte, o los parisinos gozan de una saludable impuntualidad o corro mucho más rápido de lo que pensaba, porque lo logré; aún cuando al llegar al andén correcto me dijeron que mi vagón era el último y tuve que correr otros 600 metros más, pensando que de última me arrojaba hacia adentro del tren en movimiento, como en las películas (eso siempre suele salir tan bien, sobre todo con un cochecito).

Grande fue mi sorpresa cuando entré al vagón correcto, en el tren correcto, en el andén correcto, y mi asiento quedaba en el segundo piso. Plegué el cochecito, subí a Matías, lo dejé llorando en la cima de la escalera mientras le decía “Esperame acá” y bajé por todos los bártulos que ubiqué en una pila tambaleante de valijas y busqué mi asiento. Elevé una plegaria silenciosa cuando el señor que estaba en el asiento de al lado, se retiró amablemente y nos dejó los dos lugares (¿habrá sido amabilidad o pánico?). El tren se puso en movimiento y Mati, al ver que el frenesí psicótico de su madre había terminado, comenzó a jugar tranquilamente. Al rato de mirar por la ventana los paisajes, se quedó dormido y a mi se me alinearon los enanitos de la cabeza y todo estuvo bien. Una pequeña gran victoria para una mamá.

Íbamos al sur, a la ciudad de Tolón, en la costa mediterránea de Francia. Tres horas y media después, llegamos… y luego de merodear entre las extrañas gentes de la estación durante un rato, nos encontramos con Alejo. Pero todavía no terminábamos de llegar, porque alquilamos un auto y viajamos otra media hora hasta la pequeña población de Cassis, nuestro destino desde el comienzo. Todo el viaje valió la pena cuando llegamos al hotel y nos encontramos parados frente a una de las bahías más lindas que vi en mucho tiempo (suspiro virtual).


Cassis es un pequeño pueblito en la costa del Mediterráneo que se hizo famoso en la antigüedad por su piedra, con la que se construyeron muchos puertos (por ejemplo, el de Alejandría). Hoy en día es más conocido por sus calanques (estuarios) y su vino, que fue uno de los primeros tres de Francia en recibir la Denominación de Origen en 1936.

El pintoresco pueblito está construido alrededor de la bahía, que tiene a un lado el puerto deportivo y al otro, una bonita playa de arena. Los edificios son bajos y coloridos, y parecen apoyarse unos sobre otros. Los restaurantes en planta baja se vuelcan sobre el paseo marítimo con sus mesitas y sus menús iluminados, y decenas de barquitos y yates se balancean suavemente con las minúsculas olas de agua medio dulce y medio salada. Un poco más arriba del pueblo, en una colina, está el Castillo. Y aún más arriba, el Cabo Canaille que, con sus 394 metros de altura, es un impresionante macizo que se alza encima de la población. Es el acantilado más alto de Francia y fue durante muchísimos años un punto de referencia para los marineros.

Nuestro hotel Le Golfe estaba en un extremo de la bahía, así que caminamos entre el puerto y los restaurantes eligiendo donde cenar y viendo como el sol se ponía detrás del cabo. Un atardecer de película francesa.

En busca de las calanques mágicas

El paseo tradicional de esta zona es en barco, recorriendo los estuarios más conocidos y los más vistosos. Un poco por hacernos los exóticos y otro poco temiendo la reacción de nuestro hijo al tener que pasar 3 horas en un barco, nos fuimos en busca de las calanques, pero en auto.

Primera: no me voy ni a gastar en averiguar cómo se llamaba porque fue una auténtica porquería. La hilera de casitas de colores que flanqueaban el camino de entrada ya nos prepararon para algo rústico. La playa era minúscula y de piedras en vez de arena, pero realmente perdió todos los puntos por estar sucia. Muy sucia. Lo mismo encontrábamos trozos de red de pescador (que, si bien es mugre igual, al menos se corresponde con el ambiente marítimo), como restos de una Cajita Feliz. Dos mochileros jugaban a la paleta y unos señores sospechosos se metían al agua con ropa. Horrenda. Además, el parking nos costó unos irrecuperables 4 euros por el día completo aunque llegamos a las 5 de la tarde.

¿El punto a favor? Matías la pasó genial porque, cuando logramos que dejara de intentar jugar con los preservativos usados y las tablas con clavos a las que el mar tampoco había encontrado uso y había devuelto a la orilla, descubrió una rampa que bajaba al agua y padre e hijo jugaron a escaparse de las olas hasta que el padre se agotó (el hijo todavía estaría allí). Final feliz.

El segundo intento fue a la mañana siguiente: otra calanque. Esta vez más famosa, con un parking más poblado y considerablemente más caro (lo cual podría haber sido señal de mejor playa). Había un restaurante bastante lindo con terraza al mar pero desde ahí no se veía ninguna bajada amistosa hasta el agua, solo una abrupta caída de piedra. Buscábamos la playa, tanto es así que esta vez hasta acarreábamos con nosotros el baldecito y la palita para Matías. Nada por aquí, nada por allá. Vimos que la gente se internaba en un bosquecito de pinos que subía una colina. “Estará del otro lado” pensamos llenos de esperanza y allá fuimos, colina arriba, balde, palita, niño y enseres varios.

Tras atravesar el bosquecillo y ver unas vistas impresionantes de los acantilados y el mar azul, descubrimos una bajada que apuntaba hacia el agua. Cuando llegamos al final del escarpado caminito, nos encontramos con una explanada de piedra como excavada en el acantilado, que terminaba en piedras menos grandes y luego caía vertiginosamente al mar. A un costado se asoleaban dos señores mayores, uno de ellos desnudo y elegantemente cruzado de piernas como para que el sol le bronceara el interior de la nalga. Guau. Solo puedo decir eso.

Como ahí tampoco podíamos quedarnos (Matías poco podría haber hecho con el baldecito y la palita, hubiera necesitado una retro-excavadora), nos volvimos por el bosquecillo y hasta paramos a descansar bajo un árbol mientras Mati jugaba a llenar su balde de tierra y piedritas. Tristísimo. Muy poco propio de lo que imaginaba en la Costa Azul.

El nombre está bien puesto, de cualquier modo, porque azul es. No malinterpreten mis crónicas, el lugar es verdaderamente hermoso, el mar es azul brillante y los acantilados son increíbles. ¿Pero quién nos mandaba a explorar las calanques por el lado del continente? Al final iba a ser que el mejor lugar para disfrutar de una tarde de sol junto al mar, era la playa de Cassis. A 300 metros de nuestra habitación de hotel. La moraleja es evidente y procuraré aprender para la próxima: si es lindo, es lindo. A disfrutarlo y a no buscarle la quinta pata al gato.

Un rato en Marsella

 “¿Vos agarraste el cochecito?” Le pregunté a Alejo mientras estacionábamos. Nos miramos con esa cara con la que solo dos padres de un niño de 1 año pueden mirarse y nos permitimos entrar en pánico por un minuto. Bueno, yo por 2 o 3, pero estoy autorizada. En el hotel de Cassis nos hacían guardar el cochecito en el cuarto de las escobas así que, cuando salimos hacia el auto tan campantes, cada uno asumió que el otro lo había puesto en el baúl. Suele suceder. Podría haber sido peor, como aquella vez que nos quedamos sin pañales a una hora de tomar un vuelo Colonia-Madrid y tuvimos que ponerle pañales de agua (que duran un pis corto). En Marsella sin cochecito, encaramos el paseo con un poco de cautela. Además, aunque hay muchas cosas para visitar, sólo íbamos a pasear un rato.


Marsella es la segunda ciudad más poblada de Francia y su puerto comercial es el más importante del país y de todo el Mediterráneo. La ciudad fue incorporada a la corona francesa en 1489 y, después de la Revolución Francesa, aprovechó la alianza que tenían con el Imperio Otomano para crecer económicamente. Quedó parcialmente destruida luego de la Segunda Guerra Mundial. Una de las pérdidas más grandes que tuvo fue la del Transbordeur o transbordador, que era una construcción metálica gigantesca que trasladaba cosas de un lado de la bahía al otro, encima del Puerto Viejo. Los Nazis bombardearon y demolieron el transbordador que, en su corta vida (1905-1944), se había convertido en un ícono de Marsella, como la Torre Eiffel para París.

visite.marseille.fr
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Caminamos primero hacia el precioso Parque del Faro, en lo alto de una colina. Ante nosotros se desplegaba la enorme bahía llena de barquitos del Vieux Port (Puerto Viejo), que daba una vuelta gigantesca sobre si misma y acababa en la antigua edificación del Fuerte de San Juan. Hacia allá fuimos. Todo esto interrumpido unas mil ochocientas veces por Matías que intentaba, alternativamente, arrojarse al agua o cruzar la avenida. En el medio del paseo hay una vuelta al mundo y una gran construcción abierta de techo espejado, así que todo el mundo levantaba la vista al llegar ahí para ver aparecer su reflejo distorsionado. Comimos en un restaurante marroquí uno de los mejores cour-cous que probé en la vida y seguimos camino hasta llegar al Fuerte, construido para proteger a Marsella en la antigüedad.

De ahí subimos por unas escaleras y cruzamos un simpático puente con agujeros que da a la entrada del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y Mediterráneo). El edifico del MuCEM vale mucho la pena porque tiene una arquitectura alucinante, es como estar adentro de un arbusto espinoso. Se ve y se escucha el mar por todos los rincones y la terraza tiene un espacio abierto sin techo, desde donde se tiene una vista hermosa del agua.

Luego visitamos brevemente la Basílica Santa María la Mayor, una iglesia gigante, hecha de piedras y mármol italiano, que es la única de estilo bizantino en Francia; y de la cual tengo breves recuerdos porque 100 metros antes se durmió Matías y mi cerebro se apagó para usar la energía que me quedaba en llevar los 12 kilos de bebé de vuelta hasta el auto (turnándonos con Alejo, lo aclaro antes de que las feminazis me ataquen).Volvimos lentamente por la recova que rodea el puerto, felizmente sorprendidos con lo lindo de la ciudad y disfrutando del aroma a jabón de Marsella que salía de las tiendas.

Vuelta a Cassis, regreso a Toulon a tomar el tren. Para variar, no íbamos con tiempo de sobra, así que cuando llegó el tren, nos apuramos por buscar nuestro vagón… Alejo y yo teníamos dos asientos diferentes, en dos vagones diferentes, que además no se comunicaban entre sí porque pertenecían a dos compañías diferentes. ¿Dónde se ha visto una cosa así? En el momento de tensión, el apuro del tren parado solo por unos minutos y la gente subiendo a los vagones, Alejo discutiendo en francés con los guardas y yo calculando la distancia para correr de nuevo, nos tuvimos que separar. Ale exclamó un tímido “Yo agarro las valijas…” y yo, viviendo mi propia versión de la Decisión de Sofía me agarré al cochecito de Mati y corrí hacia el vagón. Las 4 horas de hiperactividad de mi hijo (en este país de gente silenciosa) me hicieron repensar mi decisión. La próxima vez estaré mejor preparada para agarrar las valijas. Los quiero muchísmo. 

12 de noviembre de 2016

Brujas bajo la lluvia


“Ya sé a dónde vamos…” Le dije a Alejo, tratando de adivinar nuestro destino, cuando vi aparecer el cartel de Bruselas en la ruta. Habíamos salido temprano desde París en el auto en un viaje sorpresa. Sorpresa para mí; Ale supuestamente sabía a dónde íbamos y a Matías no le importaba en lo más mínimo.

Bruselas, Bruselas, Bruselas… La ciudad se me acercaba virtualmente y se achicaban los kilómetros en cada nuevo cartel. De pronto, un improperio. Alejo se había equivocado de salida e íbamos en la dirección incorrecta. A esta altura de mi vida, ya ni me altero…forma parte del viaje. Mi marido continuó con los improperios otro rato hasta que agarramos la ruta correcta y Bruselas se empezó a alejar nuevamente porque en realidad nos dirigíamos a Brujas. Menos mal que se me ocurrió hablar.

Brujas, Brujas, Brujas. De pronto, llegamos. Bélgica pasó de ser la campiña belga a una ciudad bastante poblada, y después al centro histórico de Brujas. Todo en unos pocos minutos. Lo primero que me sorprendió (gratamente, debo admitirlo) fue que no había casi gente en la calle. Europa sin gente? Dónde hay que firmar? Sobre todo porque en mi cabeza asimilaba bastante Brujas a Praga, donde los adoquines y las muchedumbres pudieron conmigo.

Brujas es bastante más pequeña y en Septiembre tiene un clima mucho menos acogedor. Básicamente llueve. Bienvenida la lluvia, bienvenido el frío, bienvenidos a Brujas. En la antigüedad, la ciudad creció por su industria de lana y su salida al mar. En 1297 se incorporó a Francia y esto solo trajo problemas (para variar). En 1302 el pueblo de Brujas se cansó y decidió asesinar a todos los franceses que encontró, esto llevó a una batalla y perdió Francia. Durante el siglo XV, Felipe el Bueno trajo prosperidad a la ciudad (con ese nombre, más vale que hagas cosas buenas), atrayendo artistas y personalidades de Europa. Además, la llamada Escuela Flamenca creó una nueva técnica de pintura al óleo que pronto ganó renombre internacional.

Todo muy bonito hasta que en el siglo XVI se cierra la salida del canal al mar por acumulación de sedimentos y la ciudad sufre una caída económica. En el siglo XVII comienza a desarrollarse la industria del encaje y en el XIX Brujas se vuelve una de las ciudades turísticas más importantes del mundo (ustedes dirán "Que rápido se recuperó", pero pasaron tres siglos en tres renglones). Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial es ocupada por los alemanes pero la ciudad, afortunadamente, permanece ilesa hasta su liberación. Hoy en día, su principal atractivo es el casco histórico y sus estructuras medievales que quedaron prácticamente intactas. Caminar por sus calles es viajar en el tiempo.

Entrar con el auto al centro histórico de las ciudades europeas también es viajar en el tiempo y siempre me pone nerviosa. Las calles se van angostando y empiezan a seguir trazados extraños. Brujas no es una excepción, con sus callecitas medievales de ninguna manera pensadas para que entre un auto. Afortunadamente, mi marido aprendió a manejar en Trujillo, Extremadura, cuyo centro histórico es muy enrevesado. (Querido lector: además de estar divagando, aporto este dato porque Game of Thrones se está rodando ahí ahora mismo).

Con el auto felizmente estacionado (felizmente porque Brujas es mucho más barato que París), buscamos nuestro hotel, cuyo recepcionista curiosamente estaba ahorrando plata para ir a la Argentina. En pleno centro, genial. Habitación sin persianas (al uso nórdico), no tan genial. Matías se dedicó a hacer importantísimas llamadas desde el teléfono fijo de la habitación (previamente desconectado, Matías tiene un año) y nosotros descansamos del viaje de 3 horas y media de París casi hasta Bruselas y, antes de llegar, hasta Brujas.

¿Qué hay para ver en Brujas? Si se meten en la Wikipedia, les van a aparecer una lista de iglesias y poco más. Parecería que no hay nada relevante para visitar, lo cual es fantástico porque te libera de molestos Top Ten y te deja con la sola tarea de caminar por la ciudad, que es lo único que no podés dejar de hacer. Así que eso hicimos: dejamos el hotel y nos fuimos caminando las pocas cuadras que nos separaban de la plaza principal.

La gente estaba, obviamente. El turismo había llegado a Brujas (en el siglo XIX). Solo que nos lo encontramos recién cuando llegamos a la Market Place que es la plaza principal (donde antiguamente se hacía el comercio de lana). En el enorme espacio de una hectárea que ocupa la plaza, se destaca principalmente el Belfort van Brugges o campanario de Brujas, una edificación medieval altísima. Fuera de esto, quizás lo que más llame la atención son los edificios flacos y de colores, con techos escalonados, que rodean la plaza.

Desde allí hacia un lado está la plaza de Burg, la más antigua de los Países Bajos y en donde se encuentra el edificio de la Municipalidad (muy bonito) y a un costado, casi escondida, está la Iglesia de la Santa Sangre. Se llama así porque guarda una reliquia con la sangre de Jesucristo. La leyenda dice que llegó a Brujas después de la Segunda Cruzada, pero lo cierto es que solo hay evidencia de la reliquia en la ciudad desde 1250, así que probablemente llegó después del saqueo de Constantinopla. El frasco en el que se conserva sí es un frasco de perfume hecho en Estambul pero tiene escrita una fecha de 1338. Les dejo la inquietud. 

Aprovecho para hacer una descarga porque sino me consume la ira: la entrada a la iglesia es gratis, pero como nosotros tuvimos que tomar el ascensor para entrar (la iglesia está en un primer piso, aunque parezca curioso), aparecimos frente a una boletería y, lógicamente, compramos un ticket. Cuando giramos sobre nuestros talones, el ticket servía para visitar la Sala de las Reliquias (o como se llame) que es básicamente un cuarto con media docena de boludeces para nada relevantes. Aún así paseamos por el minúsculo cuarto con la idea de amortizar los 4 euros, cosa que de ningún modo logramos. Mientras tanto una señora asiática le pedía al de la boletería que le devuelva el dinero. Están avisados.

Hacia el otro lado de la Market Place, siguiendo una de sus muchas calles peatonales, se llega a la Iglesia de San Salvador. No tengo recuerdos de esta iglesia (viajar con un niño produce estas cosas en el cerebro materno), pero está en el Top Ten para visitar en Brujas, así que cumplo nombrarla. Claro que para nosotros este breve recorrido de unas pocas calles incluyó una parada a comer (en un lugar que, para angustia de Alejo resultó ser orgánico y natural) y otra para que Mati se subiera a la calecita. 

Mientras escribo estas crónicas estoy estudiando el mapa de Brujas, pero todavía no me oriento. No sé donde están los rincones que más me gustaron y no me acuerdo de ningún nombre (tampoco es que sea demasiado fácil recordarlos, hay palabras como Stadsschouwburg que no tengo idea si es un sitio que visité o no). Así que en la parte logística, no voy a ser de mucha ayuda. Sí les puedo decir lo siguiente: se va a todos lados caminando y en algún momento llegás a los canales para tomar el clásico paseo en barquito (otra cosa que vale la pena hacer).

Al día siguiente llovía. Compramos un paraguas para no arruinar mi bella tradición de comprar un paraguas en cada lugar que visito (y llueve, tampoco es que los coleccione). Entre los motivos animal print y jean que había para elegir, mi marido optó por el de jean, vaya a saber uno por qué. Paseamos bajo la lluvia y pronto el paraguas no alcanzaba más y compramos unas bellísimas capas plásticas para cada uno. Ahora éramos tres formas humanoides paseando por Brujas, una roja y dos azules. A Matías todo el asunto de la lluvia y los paraguas le encantó. Intentó llevar el paraguas él mismo durante aproximadamente 3 metros cuadrados que se hicieron eternos y hubo que dejar pasar carruajes dos veces. 

Bajo la lluvia recorrimos el parque Minnewater y el llamado Lago del Amor. En aquel preciso momento no había demasiados amantes valientes bajo la lluvia torrencial, solo patos. Cruzamos, con ignorante felicidad, el puente que concede el amor eterno a aquellos amantes que lo crucen ("eterno" me suena a tanto tiempo…) y paseamos por las callecitas del parque. A la vuelta nos cruzamos un contingente de asiáticos apostados en pleno puente, vaya a saber cómo organiza eso Cupido.

Nuestra última actividad turística fue subirnos a uno de los barquitos que recorren los canales. La suave llovizna que caía cuando embarcamos (acá van a cometer el error de imaginarse una gran embarcación, cámbienla por una balsa grande), pronto se convirtió en lluvia y luego en diluvio, y el barquito se cubrió de paraguas como desplegando una caparazón. El recorrido se convirtió en una osadía contra la lluvia, sosteniendo el paraguas y además a un niño resbaladizo por la capa mojada que insistía en ver a los patos desde muy cerca; con ocasionales miradas de reojo a los edificios destacados del paseo. Me encantó, la ciudad bajo la lluvia es mucho más divertida (me atajo antes de que me agredan: cuando uno está de paseo y no hace frío y está todo bien).

Brujas en flamenco significa “puentes” (no se lo esperaban, no?) y, aunque podría caer en la muy utilizada descripción de “la Venecia del Norte”, no lo voy a hacer porque se usa tantas veces que al final pierde sentido. Además, para que eso signifique algo, uno tiene que haber ido a Venecia y no todo el mundo estuvo en Venecia (por si alguien no estuvo, déjenme decirles que es “la Brujas del Este”). Brujas tiene canales y puentes, pero también tiene patos, tiendas de encaje y chocolate belga. 


La gracia de la ciudad es la ciudad misma, es caminar por sus callecitas empedradas, recorrer su peatonales y dejar pasar a los carruajes (que pasan a toda velocidad), comprarse chocolates, maravillarse por sus edificios medievales y pasear un poquito en esos barcos chatos que recorren los canales. Todo es lindo y pintoresco. Cada rincón te inspira una foto... o varias, y ya después elegirás aquella en la que los patos miren a la cámara y la capa de lluvia se pliegue de la manera más favorable posible sobre tus curvas. Después de todo, no hay mal clima para una ciudad como Brujas, que vuelve mágica hasta a la más común de las lluvias.


29 de septiembre de 2016

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25 de agosto de 2016

Órdenes e indicaciones

Apart hotel en Val D’Europe, 9 pm aproximadamente, 3 días antes de irnos.

Nos tocan violentamente la puerta de la habitación. Ale y yo nos miramos por encima de la mesa que todavía tiene los platos de la cena. “¿Quién será?” dice Ale con cara de desconcierto y, como no hay mirilla en la puerta, corre a ponerse una remera y un short. Antes de atender (porque todavía no se había decidido) escucha como un hombre dice que hay que desalojar el edificio. Abre la puerta y un policía está golpeando en todas las habitaciones. Hay que salir. Nos lo dice con firmeza y sin pánico. Agarramos nuestros celulares y salimos como estamos. En el pasillo nos encontramos con otra gente que también está saliendo. En mi cerebro se repite en loop la noticia que acabamos de ver en TVE: estado de emergencia en Francia por los recientes atentados. Camino por el pasillo con Mati a upa y voy contando mentalmente. 1, 2, 3, 4… si es un atentado no tenemos chances. Ale atina a preguntarle al policía qué pasa. “Hay fuego en el edificio” y, aunque parezca mentira, me tranquilizo un poco porque eso ya es otra cosa. Al fuego le tengo menos miedo que a los terroristas.

Salimos junto con otros huéspedes. Una nena llora desconsoladamente mientras todos le decimos que no pasa nada. Cruzamos el parking, donde hay un leve olor a humo, y vemos los bomberos de acá para allá. Cuando salimos a la calle y nos unimos a las decenas de personas desalojadas que esperan en el parque frente al apart, todo nos parece parte de una película.

Recién ahí nos ponemos a observar que la gente tiene cosas. Cosas… Bolsos, cochecitos de bebé, mochilas. Una chica pasa con una computadora abierta hablando por Skype.¿Qué le pasa a estas personas? Un policía golpea tu puerta a las 9 de la noche para que desalojes el edificio porque hay una emergencia y vos te vestís? Te ponés las zapatillas? (Revisándolo mentalmente está muy bien, Brad Pitt en World War Z definitivamente se hubiera puesto las zapatillas) Agarrás una mochila con tus cosas más valiosas? O ya la tenías preparada?

No hay nadie en patas, excepto mi marido y mi hijo. Y solo cuento 3 personas en pijamas: una soy yo y las otras dos superan con amplitud los 70 años. Para colmo de males, Alejo me anuncia con total tranquilidad que dejó la puerta de la habitación abierta. ¿Por qué? Porque salió tan rápido que se dejó la puerta abierta. Sí, existe algo así porque me casé con él. Así que nosotros éramos la familia en pijama y en patas, sin más cosas que los teléfonos, y a la que potencialmente le estaban robando todas sus pertenencias en ese mismo momento. Matías corría feliz por la vereda y juntaba piedras del suelo. Ya fue. Si hubiera sido un atentado, capaz que nos salvábamos antes que la tarada que salió charlando por Skype.

Me consolé cuando un señor español que teníamos a unos metros le propuso a la familia ir a tomar un trago al bar de la esquina mientras esperábamos. Le contestaron duramente “¡Tu suegra está en pijamas!”. Una hora y media después, los bomberos recogieron sus cosas lentamente y nos dejaron entrar de nuevo en el hotel. La puerta de nuestra habitación estaba cerrada y Ale dijo “Estas puertas tienen mecanismos para cerrarse solas…” y yo miré la puerta con positiva sorpresa y al día siguiente la miré otro rato a ver si se cerraba sola, pero no. Por supuesto que no nos falta nada. Al otro día, tan solo la negra habitación quemada que vemos a través de su ventana sin hojas, nos recuerda la noche anterior. Eso y nuestras dignidades un poquito heridas. Para Mati fue la mejor noche de aventuras de su breve estadía en el Val D’Europe.

Casita parisina en Vincennes, 7:46 am del sábado 20 de Agosto.

En nuestra nueva habitación entra luz por la puerta de la habitación a esta hora. Viene del living y de la cocina, viene de todos los lugares donde no cerramos las persianas…porque todavía no estamos acostumbrados a dormir acá. Lo malo es que no sé a qué hora abren los cafés de París a la mañana así que me estoy tomando un té en casa, en 3 vasitos de plástico (porque son tan truchos que con uno solo es como sostener una gelatina) con agua caliente de la canilla (no tenemos gas todavía, ni microondas).

Puede sonar depresivo para un sábado a la mañana pero es todo lo contrario. Marido e hijo duermen y desde el balcón de mi nueva casita parisina se ve el último piso de la Torre Eiffel (a escala son como 8 centímetros). Dos asuntos no necesariamente relacionados entre sí pero que me alegran el sábado a la mañana. Por eso estoy acá escribiendo, con mi té de la canilla en vasitos de plástico. No me importa nada. Estamos en París. Vivimos en París. Me siento Ratatouille (cuando hace el picnic de vino y quesitos mirando por la ventana).

No me despedí de Madrid. Primero, porque me parece que no termino de irme nunca. Segundo, porque uno ya no se despide de una ciudad donde tiene una casa (y sobre todo si esa casa tiene prácticamente todas mis cosas adentro todavía). Pero aún sin despedida, empaqué cosas para un tiempo indefinido y un clima más indefinido aún, y nos vinimos acá.

Hace dos días que dejamos el apart hotel que, aunque solo nos alojó por un mes (a Ale por un poco más), ya se había convertido en un mini hogar.

Cuando llevaba viviendo en Estambul unos pocos meses y mi turco aún no era gran cosa, una señora me paró en el parque de Göztepe para preguntarme dónde quedaba el banco. Le respondí con mi rudimentario vocabulario probablemente mal pronunciado y, viendo que ella seguía mis indicaciones, me sentí completamente integrada a la población local. Dar indicaciones es una de las cosas más satisfactorias que pueden pasarle a uno en una ciudad ajena. Y eso, precisamente, fue lo que me pasó hace dos días cuando dejábamos el apart hotel para venir a instalarnos en nuestra nueva casita parisina.

Crucé el centro comercial Val D’Europe con Matías en el cochecito y todo el contenido de nuestra habitación (después de que Alejo se hubiera llevado las valijas con lo que en ese momento parecía “todo”), incluido lo que estaba en la heladera y valía la pena conservar. Ya me sabía el camino de memoria, los locales, las vidrieras. Hasta tenía mi rutina y mis lugares preferidos, como el lago por el que íbamos a pasear con Mati todas las mañanas y algunas tardes yo volvía a correr. Cuando salimos del centro comercial y cruzamos la calle rumbo a la estación del RER (el tren) me paran unas chicas con velo para preguntarme por La Vallée Village (una simpática callecita peatonal donde están las tiendas más exclusivas, a un costado del shopping). Les indico cómo llegar y en ese momento me doy cuenta que ya estaba en casa. Y abandonándola otra vez.