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25 de agosto de 2016

Órdenes e indicaciones

Apart hotel en Val D’Europe, 9 pm aproximadamente, 3 días antes de irnos.

Nos tocan violentamente la puerta de la habitación. Ale y yo nos miramos por encima de la mesa que todavía tiene los platos de la cena. “¿Quién será?” dice Ale con cara de desconcierto y, como no hay mirilla en la puerta, corre a ponerse una remera y un short. Antes de atender (porque todavía no se había decidido) escucha como un hombre dice que hay que desalojar el edificio. Abre la puerta y un policía está golpeando en todas las habitaciones. Hay que salir. Nos lo dice con firmeza y sin pánico. Agarramos nuestros celulares y salimos como estamos. En el pasillo nos encontramos con otra gente que también está saliendo. En mi cerebro se repite en loop la noticia que acabamos de ver en TVE: estado de emergencia en Francia por los recientes atentados. Camino por el pasillo con Mati a upa y voy contando mentalmente. 1, 2, 3, 4… si es un atentado no tenemos chances. Ale atina a preguntarle al policía qué pasa. “Hay fuego en el edificio” y, aunque parezca mentira, me tranquilizo un poco porque eso ya es otra cosa. Al fuego le tengo menos miedo que a los terroristas.

Salimos junto con otros huéspedes. Una nena llora desconsoladamente mientras todos le decimos que no pasa nada. Cruzamos el parking, donde hay un leve olor a humo, y vemos los bomberos de acá para allá. Cuando salimos a la calle y nos unimos a las decenas de personas desalojadas que esperan en el parque frente al apart, todo nos parece parte de una película.

Recién ahí nos ponemos a observar que la gente tiene cosas. Cosas… Bolsos, cochecitos de bebé, mochilas. Una chica pasa con una computadora abierta hablando por Skype.¿Qué le pasa a estas personas? Un policía golpea tu puerta a las 9 de la noche para que desalojes el edificio porque hay una emergencia y vos te vestís? Te ponés las zapatillas? (Revisándolo mentalmente está muy bien, Brad Pitt en World War Z definitivamente se hubiera puesto las zapatillas) Agarrás una mochila con tus cosas más valiosas? O ya la tenías preparada?

No hay nadie en patas, excepto mi marido y mi hijo. Y solo cuento 3 personas en pijamas: una soy yo y las otras dos superan con amplitud los 70 años. Para colmo de males, Alejo me anuncia con total tranquilidad que dejó la puerta de la habitación abierta. ¿Por qué? Porque salió tan rápido que se dejó la puerta abierta. Sí, existe algo así porque me casé con él. Así que nosotros éramos la familia en pijama y en patas, sin más cosas que los teléfonos, y a la que potencialmente le estaban robando todas sus pertenencias en ese mismo momento. Matías corría feliz por la vereda y juntaba piedras del suelo. Ya fue. Si hubiera sido un atentado, capaz que nos salvábamos antes que la tarada que salió charlando por Skype.

Me consolé cuando un señor español que teníamos a unos metros le propuso a la familia ir a tomar un trago al bar de la esquina mientras esperábamos. Le contestaron duramente “¡Tu suegra está en pijamas!”. Una hora y media después, los bomberos recogieron sus cosas lentamente y nos dejaron entrar de nuevo en el hotel. La puerta de nuestra habitación estaba cerrada y Ale dijo “Estas puertas tienen mecanismos para cerrarse solas…” y yo miré la puerta con positiva sorpresa y al día siguiente la miré otro rato a ver si se cerraba sola, pero no. Por supuesto que no nos falta nada. Al otro día, tan solo la negra habitación quemada que vemos a través de su ventana sin hojas, nos recuerda la noche anterior. Eso y nuestras dignidades un poquito heridas. Para Mati fue la mejor noche de aventuras de su breve estadía en el Val D’Europe.

Casita parisina en Vincennes, 7:46 am del sábado 20 de Agosto.

En nuestra nueva habitación entra luz por la puerta de la habitación a esta hora. Viene del living y de la cocina, viene de todos los lugares donde no cerramos las persianas…porque todavía no estamos acostumbrados a dormir acá. Lo malo es que no sé a qué hora abren los cafés de París a la mañana así que me estoy tomando un té en casa, en 3 vasitos de plástico (porque son tan truchos que con uno solo es como sostener una gelatina) con agua caliente de la canilla (no tenemos gas todavía, ni microondas).

Puede sonar depresivo para un sábado a la mañana pero es todo lo contrario. Marido e hijo duermen y desde el balcón de mi nueva casita parisina se ve el último piso de la Torre Eiffel (a escala son como 8 centímetros). Dos asuntos no necesariamente relacionados entre sí pero que me alegran el sábado a la mañana. Por eso estoy acá escribiendo, con mi té de la canilla en vasitos de plástico. No me importa nada. Estamos en París. Vivimos en París. Me siento Ratatouille (cuando hace el picnic de vino y quesitos mirando por la ventana).

No me despedí de Madrid. Primero, porque me parece que no termino de irme nunca. Segundo, porque uno ya no se despide de una ciudad donde tiene una casa (y sobre todo si esa casa tiene prácticamente todas mis cosas adentro todavía). Pero aún sin despedida, empaqué cosas para un tiempo indefinido y un clima más indefinido aún, y nos vinimos acá.

Hace dos días que dejamos el apart hotel que, aunque solo nos alojó por un mes (a Ale por un poco más), ya se había convertido en un mini hogar.

Cuando llevaba viviendo en Estambul unos pocos meses y mi turco aún no era gran cosa, una señora me paró en el parque de Göztepe para preguntarme dónde quedaba el banco. Le respondí con mi rudimentario vocabulario probablemente mal pronunciado y, viendo que ella seguía mis indicaciones, me sentí completamente integrada a la población local. Dar indicaciones es una de las cosas más satisfactorias que pueden pasarle a uno en una ciudad ajena. Y eso, precisamente, fue lo que me pasó hace dos días cuando dejábamos el apart hotel para venir a instalarnos en nuestra nueva casita parisina.

Crucé el centro comercial Val D’Europe con Matías en el cochecito y todo el contenido de nuestra habitación (después de que Alejo se hubiera llevado las valijas con lo que en ese momento parecía “todo”), incluido lo que estaba en la heladera y valía la pena conservar. Ya me sabía el camino de memoria, los locales, las vidrieras. Hasta tenía mi rutina y mis lugares preferidos, como el lago por el que íbamos a pasear con Mati todas las mañanas y algunas tardes yo volvía a correr. Cuando salimos del centro comercial y cruzamos la calle rumbo a la estación del RER (el tren) me paran unas chicas con velo para preguntarme por La Vallée Village (una simpática callecita peatonal donde están las tiendas más exclusivas, a un costado del shopping). Les indico cómo llegar y en ese momento me doy cuenta que ya estaba en casa. Y abandonándola otra vez.


18 de junio de 2016

Y de pronto, París


Cualquiera que se haya ido a vivir a otro lugar del mundo ha tenido la increíble oportunidad de ver como su cerebro luchaba por adaptarse (o no) a un entorno diferente. A veces el desafío es bastante duro, sobre todo cuando incluye nuevos idiomas (o aunque el idioma sea el mismo, tiene tantas variaciones que resulta difícil comunicarse) y otras nos parece que llegamos a un lugar conocido y enseguida nos sentimos cómodos. Pero eso es solo un lado de la moneda… al otro lado está la nicotina de la expatriación. Llamémoslo inquietud o insatisfacción, llamémoslo como quieran. La verdad es que “estamos jodidos”, como dijo Jorro aquella vez en México, cuando esto recién empezaba y todavía ni siquiera podíamos imaginarnos hasta qué punto tenía razón.

No crean que es algo que uno sabe desde el principio. Funciona al margen del cerebro consciente, mientras uno está tratando de adaptarse al entorno. Un día se puede decir que lo lograste: ahí estás cómodamente sentado en el sillón de tu casa,  viendo un canal de la tele cuya programación ya te sabés y tomando una bebida local por la que desarrollaste gusto y que ahora compras voluntariamente, cuando de pronto una bacteria cerebral se agita y te susurra al oído “Qué hacés acá tirado en tu sillón tan cómodamente cuando podrías estar mucho más jodido en otro lado del mundo?” Y aunque todo tu cerebro consciente ya está preparando batallones de leucocitos para reventar a esa malvada bacteria, la nicotina de la expatriación que todavía tenés alojada en algún lugar del organismo, con su masoquismo geográfico, te hace decir “Siii…por favor, quiero estar jodido en otro lugar del mundo”.

A partir de ahí, tenés solo dos opciones: resistirte y dejar que los leucocitos de la estabilidad (también la emocional) hagan su trabajo, en cuyo caso, después de un tiempo tendrás una lejana sensación de inquietud que se activará solo cuando alguien te diga que se va a vivir a otro país; o rendirte a tus instintos más nómades como buen adicto a las mudanzas que sos y embarcarte otra vez más (“¿otra vez más?” dirán todos) en una nueva aventura.

Así que no me pregunten demasiado… Estábamos cómodamente sentados en nuestro sillón en Madrid y de pronto nos vamos a mudar a París. Alejo fue de avanzada (como corresponde ahora a un padre de familia) y Matías y yo vamos y venimos por ahora.

Aterrizamos de noche en el Charles De Gaulle. Mati dormía profundamente cuando el avión tocó suelo parisino y la señora que estaba sentada al lado mío lo miró como quien contempla una torta que llegó a salvo, pero sin apreciar realmente el hecho de que mi hijo durmiera durante todo el vuelo. Yo me debatía entre creer que fue un milagro de la naturaleza y estar orgullosa de mi bebé volador, que evidentemente está tan acostumbrado a los despegues y los aterrizajes que se duerme, como lo haría su mamá si no fuera mamá. Mientras rodábamos por la pista vi la ciudad iluminada y descubrí una figura conocida. La Torre Eiffel me miró desde lo lejos (“Voy a vivir en esta ciudad!” pensé) y justo cuando estaba a punto de dejar de mirarla, me guiñó su ojo de reflector enorme y un haz de luz pasó por encima nuestro. ¿Sería una señal de buenos augurios? Yo lo interpreté como un Bienvenue à Paris.

Bebé, bolso, valija de manos, mochila de bebé, cochecito. Un malabarista estaría orgulloso de estas mamás modernas que viajamos en avión y además solas. Por suerte, mi estado de tensión (había sido un largo día de trámites y valijas) estaba a punto de terminar: Alejo nos esperaba del otro lado del vidrio para conducirnos a través de la bellísima campiña francesa (que vimos recién al día siguiente, porque era de noche) hasta nuestro nuevo hogar.

Así que ahora les escribo desde una casita francesa temporal llamada Adagio Val D’Europe, donde estaremos viviendo al menos hasta la semana que viene. El apart hotel debe su nombre a un inmenso centro comercial (que recibe la ridícula cifra de 16 millones de visitas al año) y queda ubicado en una simpática población cerca de París, cuya razón de existir es que está al lado de Disneyland (también conocido como Eurodisney). Pero por mucho que me tienten esas orejas negras que vemos a lo lejos, ya habrá tiempo de ir… acabamos de empezar nuestra propia fantasía parisina.




9 de mayo de 2016

NEW!!!


Ya están disponibles las Crónicas Peruanas en Inglés... 
(traducidas por mí misma, con mucho amor)

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8 de abril de 2016

Lisboa, segundas impresiones

La primera vez que estuve en Lisboa fue hace muchos años. No… déjenme ser precisa en esto: fue hace exactamente 9 años. Para ese entonces todavía no estaba familiarizada con los códigos sociales europeos, lo único que conocía era París (mi única versión del Primer Mundo) y España, que era un híbrido que todavía no lograba definir. Pero ambos lugares, por más distintos que sean, son y se ven bastante seguros.

(Aquí les voy a pedir un gran paréntesis imaginario para que se olviden de los actos de terrorismo que, evidentemente, no se corresponden con lo seguro que sea un lugar. Fin del paréntesis imaginario y del otro.)

Así fue que cuando a mi querido esposo (en ese entonces mi querido novio, pero no por ello menos culpable de todo lo que acontecía en mi vida) se le ocurrió ir a Lisboa de camping, no me pareció una mala idea. Y en todo caso le tenía más miedo al camping que a Lisboa. Los días me darían la razón con lo del camping y me confundirían profundamente con respecto a Lisboa, una ciudad que no cuadraba en mis estándares imaginarios europeos.

No me esperaba sus edificios medio destartalados y sus rincones que harían retroceder al más valiente del Gran Buenos Aires (que no soy yo, por si se preguntaban, es mi prima Inés). Quizás fueron esos rincones, tal vez fueron los hombres que me ofrecían drogas en el Barrio Alto y puede ser que el camping no ayudara a sacar mi mejor versión turística. Pero lo cierto es que Lisboa me dio miedo. Bastante. Tanto que tardé 9 años en volver (es chiste, tenía otras cosas que conocer, pero sí que me dio miedo).

Curiosamente, muchos años después (ahora me siento en la obligación de ser precisa), 7 años después, me encontraría con el mismo ambiente de edificios coloniales destartalados y rincones corroídos en Macao (China)… Que cosas tiene este mundo de ex Colonias y ex Madres Patrias.

***

Como las primeras impresiones son solo las primeras, volvimos a Lisboa años después, un día de invierno a las 11 de la noche. ¿Por qué volví? Porque mi hermanito estaba de visita, no sé qué fascinación tenía con la capital portuguesa y quería ir. Mucho me temo que quedó aún más fascinado después de conocerla (quizás hasta sea uno de sus lugares en el mundo). ¿Por qué a las 11 de la noche? Porque viajar con un bebé tiene esas cosas, uno ya no controla más los horarios (ni los horarios, ni las comidas, ni la vida en general).

Mientras dábamos vueltas por el barrio de Alfama en busca de nuestra casita portuguesa por unos días, me volvieron los escasos recuerdos que tenía de Lisboa: las callecitas sinuosas con edificios desvencijados, los balcones llenos de ropa tendida y los cables del tranvía colgando por encima de nuestras cabezas. El conjunto me gritaba ¡inseguridad! (tenía menos miedo esta vez porque llevaba dos hombres y medio en el auto conmigo). Pero, a decir verdad, nunca nos pasó nada, ni a nosotros, ni a nuestro autito que durmió en la calle 3 noches. Aunque si alguna vez van a Lisboa, créanme, se van a acordar de mis palabras. Luchen contra el miedo inicial, que debajo de esa capa desconchada, hay una hermosa ciudad.

Empecemos por el principio: Lisboa es una ciudad construida sobre colinas, en una de ellas está el barrio de Alfama (cuyo nombre proviene de la palabra árabe al-hamma o baño) que es el más antiguo y el único que conserva el trazado original de las calles. Durante el reinado musulmán, este barrio constituía toda la ciudad y, aunque fue muy dañado por el terremoto de 1755, al reconstruirlo se respetó ese aire entre medieval y árabe que tenía hasta entonces.

Abandonamos el auto a la mañana siguiente y nos adentramos en el barrio con la idea de encontrar un lugar para desayunar. Los portugueses, famosos por su deliciosa pastelería, desayunan al mejor estilo italiano: rápido y ruidoso. Así que nos encontramos en una cafetería que no aceptaba tarjetas (obviamente), repleta de gente que se apoyaba con su cafecito en cualquier lado y pedía a los gritos facturas impronunciables. Nos medio-acomodamos en una mesita mientras Alejo y Tommy iban a sumarse a la maraña de clientes y yo le sonreía a una señora que me hablaba a toda velocidad diciéndome cosas sobre Matías. Atención acá: el portugués parece que se entiende pero no se entiende; así que evité hacer el ridículo y solo me limité a decir “O brigado” y a asentir con la cabeza amablemente.

El resultado final fue un café con leche y una deliciosa factura (es bastante difícil errarle porque todo es tan rico, pero con los días me decantaría por el Pau de Deus, una especie de torta negra pero blanca y muy esponjosa).

La gran atracción turística del barrio de Alfama (y además es evidente porque se ve desde todos lados) es el Castillo de San Jorge, ubicado en la colina del mismo nombre. Y la otra es la Catedral de Lisboa (llamada ), cuya construcción se comenzó en el 1147 sobre un templo romano al dios Sol o sobre los restos de una antigua mezquita, según las diferentes teorías.


Por estar en lo alto de la colina, el Castillo de San Jorge tiene unas vistas privilegiadas de la ciudad y ya por eso vale la pena la subida. Aunque debo advertir que el castillo no es muy apto para cochecitos de bebés. No sé dónde llevaban a los bebés los musulmanes de la época, quizás simplemente los dejaban en Planta Baja y no los subían a las torres (por suerte nosotros éramos 3 para acarrear las cosas y los seres vivos).

Se cree que los primeros pobladores de la ciudad (fenicios, griegos y cartagineses) se instalaron en esta zona en el siglo VI a. C., lo cual convierte a Lisboa en una ciudad aún más antigua que Roma. Luego vinieron los romanos, los visigodos, los musulmanes y finalmente la reconquista de mano de los españoles en el 796 d.C. El Castillo de San Jorge, construido y habitado por los musulmanes durante siglos, se convirtió en Palacio Real en 1255 y recibió al explorador Vasco Da Gama tras descubrir el camino marítimo a la India (entre otras cosas importantes que habrán sucedido ahí también).

Desde allí arriba se puede ver el Barrio Alto, la llamada Baixa Pombalina y el río Tajo atravesado por un gigantesco puente colgante.

Para seguir hablando de Lisboa y sus barrios, primero tengo que detenerme en un pedacito de su historia que cambió a la ciudad (y a sus habitantes) para siempre: el terremoto de 1755. Sucedió la mañana del Día de Todos los Santos, mientras casi toda la población de Lisboa estaba en las Iglesias prendiendo velas para sus difuntos, comenzó el peor terremoto de la historia europea. Grietas de hasta 5 metros se abrían en las calles y la gente que estaba fuera corrió a refugiarse en los muelles, solo para ser impactados por el maremoto que vino después. Y como si esto fuera poco, debido a la cantidad de velas que había prendidas, se produjo un incendio que terminó de acabar con casi todo (ya sé, parece un macabro chiste cósmico). Un 80% de los edificios de Lisboa quedaron devastados, se destruyeron archivos reales con cosas tan interesantes como las exploraciones de Vasco Da Gama y nada menos que un tercio de la población murió ese día.

Se cree que tuvo la potencia de un 9 en la escala de Richter, pero dicha escala no existía todavía. Para que se den una idea, este terremoto fue tan brutal que marcó el comienzo de la sismología moderna. Y tuvo un impacto transformador en la cultura y filosofía europeas, principalmente debido a que Lisboa era muy católica y la mayor parte de la gente que murió estaba en las Iglesias (la cólera de Dios). En cambio, en barrios de mala reputación como Alfama, habitado por delincuentes y prostitutas, se salvó mucha más gente. Imagínense lo que hace un evento de esta magnitud en una ciudad y en un pueblo… de cada 3 palabras que pronuncie un guía turístico en Lisboa para hablar de casi cualquier cosa, una siempre va a ser “terremoto”.

Les dejo un segundo para recuperar el aliento y volvemos a la Lisboa de hoy, más precisamente al barrio que queda pegado al río Tajo, que se llama comúnmente la Baixa Pombalina. “Baixa” por ser el barrio más bajo junto a la costanera y para diferenciarlo del Barrio Alto, su vecino fiestero que queda subiendo hacia la colina de San Jorge (y el lugar donde me ofrecieron droga hace 9 años y ahora también, y eso que iba con un bebé, al menos son consistentes y de amplio espectro). Y “pombalina” haciendo referencia al Marqués de Pombal, quien fue el encargado de reconstruir este barrio luego del terremoto de 1755. Este señor dejó de lado el trazado antiguo de Lisboa (con sus callecitas sinuosas y estrechas) y se inspiró en las más modernas capitales europeas para diseñar este nuevo barrio de cuadrícula perfecta, amplias avenidas y enormes plazas. Lo que es yo, se lo agradezco enormemente, porque le quedó precioso (y debe ser uno de los barrios que más turismo atrae).

Pero no solo se construyó para mejorar el aspecto estético de Lisboa, también se incluyeron cambios estructurales: se inventó la gaiola pombalina, una especie de jaula que reforzaba los edificios. Es uno de los primeros ejemplos de arquitectura resistente a los terremotos (las estructuras inclusive se probaban haciendo desfilar a soldados por los techos de los edificios). El diseño de la Baixa Pombalina y su fantástica simetría permiten un paseo casi en línea recta desde el estuario del río Tajo hasta la Plaza do Marques de Pombal (el punto más alto desde donde se puede ver todo el barrio).

Todo comienza en la Plaza de Comercio o Terreiro do Paço (terreno de paso), llamado así porque fue donde se asentó el Palacio Real tras dejar el Castillo de San Jorge y antes de irse a la vecina población de Belén (porque el Palacio fue destruido en el terremoto). Esta enorme plaza rodeada de recovas, tiene un lado que da al río y durante muchos años fue la entrada oficial a la ciudad de Lisboa desde el Tajo, por allí desembarcaban embajadores extranjeros y la realeza. Luego de la revolución de 1910 los edificios fueron pintados de rosa porque era el color republicano, pero hoy en día lucen nuevamente el amarillo tradicional que representaba a la familia real. En realidad, casi todo Lisboa es predominantemente amarilla, a menos que se vea desde arriba, desde donde es roja como las tejas de sus techos.

Debajo de un magnífico arco sobre el lado opuesto al río comienza la Rúa Augusta, una calle peatonal comercial rodeada de bonitos edificios que son todos iguales. En una de las calles transversales se encuentra una estructura de hierro más que curiosa: el Elevador de Santa Justa, que es un ascensor de 45 metros que sube hasta el Convento do Carmo  y tiene unas hermosas vistas de la ciudad. Atentos al tip turístico: no hagan las interminables colas y sobre todo, no paguen para subir al elevador; se puede ir caminando hasta el convento y pasar muy tranquilamente al Largo do Carmo que es el puente que conecta con el ascensor (y es gratis) para ver las vistas.

La Rúa Augusta termina en la Plaza Pedro IV o Rossio (aunque le cambiaron el nombre, la gente nunca acusó recibo y sigue llamándola Rossio), con sus fuentes de bronce traídas de Francia y completamente cubierta por mosaicos blancos y negros formando olas (que han sido la inspiración para aquella famosa vereda de Copacabana). La plaza del Rossio es tristemente famosa por el palacio sede de la Inquisición en 1450, que quedó destruido tras el terremoto y, luego de su reconstrucción, se destruyó de nuevo en el incendio de 1886 (por insistir). Felizmente, hoy en su lugar está el Teatro Nacional, que comparte la plaza con una Estación de Tren de estilo neo-manuelino que parece una fantasía, y con la Iglesia de Santo Domingo (con su impresionante interior semi derruido desde el terremoto).


Pasando el Rossio, comienza la elegante Avenida Da Liberdade, donde están los hoteles y las tiendas de lujo. Pero sinceramente lo más lindo de la avenida (además de su arboleda) son los maravillosos dibujos en mosaicos blancos y negros que hay en las veredas. Al final queda la Plaza Marqués de Pombal con una columna que lo recuerda y un largo jardín verde en subida, cuyos setos tienen curiosos diseños geométricos. Desde la parte superior de este jardín se tiene una vista espectacular de la ciudad bajando hacia el río Tajo. Por supuesto que ahí fue donde mi hermano quiso sentarse a tomar mates (después de todo estábamos ahí gracias a él) y, como además veníamos acarreando a Matías desde la Plaza de Comercio, nos vino bien el descanso.



El domingo por la mañana, mientras esperábamos que los hombres se alistaran,  Mati y yo nos sentamos al sol en la puerta de nuestra casita portuguesa, a ver pasar el mundo. Al cabo de unos pocos minutos, los vecinos ya nos saludaban con cariñosos Bom días como dándonos por incorporados al barrio. Y debo admitir que, muy a mi pesar, me sentía bastante cómoda ahí… entre portugueses ruidosos y edificios desconchados en el otrora espeluznante barrio de Alfama (aclaro que el barrio dejó de ser un lugar peligroso habitado por delincuentes y prostitutas, al menos hasta donde yo sé).

El día de sol nos acompañó en nuestra excursión a Cascais, una población de playa a 30 kilómetros de Lisboa. Con un inconfundible aire veraniego (aún cuando todavía hacía frío), la combinación de playa y palmeras, el embarcadero lleno de barquitos despreocupados, y un pequeño centro turístico, es un lugar encantador que bien vale una pequeña visita. Y sobre todo cuando el más pequeñito de la familia tenía que conocer la arena. Allí se sentó Matías, mostrando muy poco interés por el mar o por las olas, se sacó las medias y se dedicó a manosear la arena un rato… y después intentó comerse un poco (porque todas sus exploraciones científicas incluyen chupar el elemento a descubrir en algún punto). Quedó encantado con su nuevo descubrimiento y yo también porque si va a chupar por primera vez la arena de algún lado, mejor que sea la de Portugal y no la del arenero de la esquina (que es en igual proporción arena, piedras y cacas de gato).

Solo nos quedaba por visitar el barrio de Belem, uno de los lugares más bonitos de Lisboa, a solo unos kilómetros del centro. Llegamos con hambre así que nos aprovisionamos y armamos un pic-nic improvisado en el parque de la costanera, con vistas a la sorprendente Torre de Belén que se alza a unos metros de la costa, sobre el Tajo.


La torre es un ejemplo de la arquitectura manuelina (de Manuel I de Portugal) que se desarrolló a finales del 1400 y está caracterizada por su mezcla de estilos islámicos y orientales. Otro gran ejemplo es el vecino Monasterio de los Jerónimos, que queda al otro lado del parque. Fue construido para celebrar el feliz regreso del explorador Vasco da Gama de la India y estuvo financiado por los impuestos obtenidos de las especias orientales. Se eligió este lugar (antiguamente la Ermita de Restelo) porque allí fue donde pasó una noche de oración con sus marineros antes de partir. Y ahí descansa el célebre explorador ahora también, puesto que su tumba (y la de otros personajes famosos de Portugal) se encuentra en el Monasterio.

Vasco da Gama fue el protagonista, en 1497, del viaje oceánico más largo hasta el momento, que iba desde Europa directamente hasta la India. Tan bien le fue y tan prósperas eran sus relaciones con el país de las especias, que volvió 3 veces más y finalmente murió allí de malaria. Cuenta una leyenda que en realidad sus restos siguen en India y nunca llegaron al Monasterio de los Jerónimos.

Asomándose por encima del Tajo, a un costado de la Torre de Belén, se alza el Monumento a los Descubridores, mucho más moderno (de los años 60) pero que junto a la Torre y al Monasterio forman el conjunto de edificios que simbolizan la Era de los Descubrimientos Portugueses. El monumento, en forma de carabela, conmemora a los marineros y patrones reales que se embarcaron en estas aventuras. A unos pocos metros hay un mapamundi gigantesco dibujado en el suelo, donde están representados todos los viajes que hizo Portugal (y por supuesto, está Macao, la última colonia portuguesa en independizarse en 1999).

Por muchas comodidades que tuviera nuestra casita portuguesa por unos días, a nadie se le ocurría cocinar, así que anduvimos probando restaurantes locales. Los caros, los baratos, los niños-friendly y los que la sola presencia de un bebé a la hora de cenar les producía más asombro que si hubiéramos entrado por la puerta con un oso pardo tamaño mediano. Pero más allá de los lugares, hay una sola cosa que uno no puede dejar de comer si está en Portugal: el bacalao; y más específicamente, el bacalhau à brás, el plato tradicional de la comida portuguesa y que no es más que un revuelto de huevo, bacalao y papas pay. Riquísimo.

Lo malo de cenar por ahí era volver a casita. Con lo lindo que es caminar por las ciudades de noche, los 3 accedíamos rápidamente a ir caminando y nos arrepentíamos a los pocos minutos cuando nos encontrábamos con alguna de las interminables subidas que tiene Lisboa (algunas en forma de escaleras interminables) y otra vez con las calles destartaladas del barrio de Alfama. Allá íbamos los tres y medio (Mati en general iba cómodamente instalado en su cochecito o en la mochila), escalera arriba, cuesta abajo, nos perdíamos y nos volvíamos a encontrar. Aunque todo mi organismo estaba al borde del ataque de nervios, no podía sucumbir al pánico porque todo el mundo sabe que es un camino de ida... y además, ahora soy Mamá.


Mientras nosotros íbamos y veníamos en diferentes etapas de nuestras vidas (como ya volverá Tommy también, probablemente acarreando a algún otro ser vivo) Lisboa parece estar detenida en el tiempo, con sus calles coloniales, los pisos de adoquines y los incansables tranvías que doblan las esquinas en una maniobra imposible. Me alegro de haber vuelto. Por un lado, porque me gustó mucho más de lo que recordaba, a mi hermano le encantó (como había profetizado) y al fin entendí por qué me llevó Alejo hace tantos años: porque Lisboa es diferente. Desde la simpatía del idioma y sus dulces expresiones (aunque no tenga ni idea de lo que dicen), hasta su paisaje de colinas… los bamboleantes tranvías y sus millones de cables que te rayan la vista del cielo en cualquier lado de la ciudad, toda la pastelería portuguesa por descubrir (a nosotros no nos alcanzaron los desayunos), los ruidosos pero simpáticos cafés locales, la enorme Plaza de Comercio a orillas del Tajo y sus increíbles historias de supervivencia y reconstrucción. Lisboa es bonita, amable y colorida… aunque de noche me siga dando miedo.