La expatriación no es fácil (a riesgo de contradecir mi propio título), no es una película de
Hollywood donde la protagonista llena valijas Luis Vuitton y toma un avión
privado hasta un destino exótico, donde la espera su marido con una cena
romántica. De hecho eso está bastante alejado de la realidad, que suele estar más poblada de despedidas llorosas en los aeropuertos, mudanzas que no llegan cuando tienen que llegar y del aturdimiento de llegar a un lugar desconocido. La expatriación
es básicamente tres grandes asuntos: supervivencia, adaptación e incertidumbre.
Y en ese orden también.
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La Torre de Leandro |
Primero empieza la etapa de supervivencia. Esta es la
etapa donde hacemos un verdadero esfuerzo mental y sensorial por orientarnos en
una ciudad desconocida, quizás también por aprender un idioma. Sin importar qué
circunstancias te hayan llevado hasta ese lugar, hay dos formas de tomarse esta
etapa: con buena onda, intentando buscar cosas positivas en el nuevo destino o
bien, con nostalgia por lo que dejamos atrás y creyendo que nuestro país es
mejor.
Por suerte, en el caso de los argentinos, nosotros casi
nunca consideramos que nuestro país sea mejor a ninguno. Lo tendemos a ubicar
en un confortable punto medio, junto a lugares donde hay cosas buenas y también
malas. Eso ya nos da una gran ventaja. En parte por eso será que hay tantos
argentinos viviendo en el extranjero.
Pero luego, extrañar no responde a la razón, está
íntimamente ligado a los asuntos del corazón y el corazón hace lo que quiere y
extraña lo que quiere. Por más que vengas del peor país del mundo.
Otras nacionalidades lo tienen más difícil. Algunas
tienen puntos más válidos para extrañar su país de origen...yo también me pregunto
qué hacen algunas personas del primer mundo en ciertos lugares, cuando me las
encuentro por ahí. Mis años de expatriación (que ya no son pocos) me enseñaron
que la gente lo hace por la curiosidad o por el dinero, a veces por ambas.
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La costanera de Caddebostan |
La etapa de supervivencia es dura y divertida. Es cuando
nos embarcamos en la aventura, nos perdemos, nos suceden cosas insólitas y
malentendidos culturales. Tiene de malo que es un período bastante solitario
porque generalmente uno no logró hacerse amigos todavía.
En la etapa que sigue, la adaptación, se empieza a
disfrutar la ciudad nueva de verdad. Uno comieza a hacerse un lugarcito en
destino (siempre como extranjero, a no confundirse, eso no se quita nunca). Es
cuando caminás por la calle y te sentís parte de la ciudad, conocés los
códigos, sabés los precios, te orientás, podés pasar por local si no hablás
mucho... Es la época en la que vos te metés en el entramado de una ciudad y la
ciudad te acepta como propio.
Ahora sí llegan los amigos, los lugares favoritos, hacer
de guía para las visitas, ir de vacaciones a donde van los locales y, en mi
caso, dejar de escribir crónicas porque la vida se volvió casi normal.
Estambul desde los techos del Gran Bazar |
Cuando la ciudad ya se vuelve terreno conocido y la vida
se desarrolla con la pasividad de las vidas normales en país extranjero, llega
la última etapa: la incertidumbre.
Empieza como empiezan todas las cosas: con una idea. En
este caso es el sutil presentimiento (o quizás la brutal decisión ajena) de que
nos va quedando poco tiempo en esta ciudad, que pronto vendrá un nuevo destino.
...
El noviembre pasado, a Estambul se le empezaron a
desdibujar los bordes como a aquella foto de Volver al Futuro… Teníamos que
abandonar la ciudad bicontinental y partir para otra (mucho más continental, de
hecho en pleno continente europeo), donde a mi marido lo requerían, lo
necesitaban o lo podían ubicar. Vaya a saber uno cuál de las opciones sería. La
cuestión es que Ale partió y yo me quedé en Estambul, a disfrutarla un ratito
más y a dejarme mimar por mis amigas en múltiples despedidas con sabor
navideño.
El día que fui vice-presidenta |
Se sucedieron las últimas salidas de mi querido grupo
Miércoles en Estambul (del que fui vicepresidenta durante una inolvidable
salida), con las expatriadas más lindas que he conocido hasta ahora, las
últimas cenas con mis amigas argentinas, los últimos ferries para cruzar al lado
europeo, las últimas compras en la calle Bagdat… Todo me pareció poco porque
esta vez, quizás la primera en mucho tiempo, no me quería ir.
Pero poco puede hacer una cuando ya es tiempo de cambiar
y sobre todo, cuando un marido feliz llama por Skype para contar lo lindo que
está Madrid y lo bien que se vive allá. Así que, aunque después lloráramos en
el aeropuerto, seguí el lema de una de mis mejores amigas “¡Callate y seguí
empacando!”. Es una fórmula que funciona siempre.
Por más que para Estambul yo haya sido una expatriada
más, que anduvo de paso por sus calles y comió sus comidas, para mí la
experiencia turca no se borra nunca más. Ahora Turquía significa mucho más que
un país en el mapa (uno que tal vez intimide desde lejos), ahora entiendo, sé
como es la vida allá. Y, aún con las dificultades del idioma, creo que nunca me
sentí tan en casa como en Estambul. ¿Fui yo o fue la ciudad? No lo sé. Quizás
un poco de las dos.
La ciudad ayudó mucho. No me voy a cansar de elogiar al
Bósforo, esa cinta azul llena de vida que diseña los rincones más maravillosos
a su paso, y que me hacía soñar despierta mientras cruzaba de Europa a Asia y
de Asia a Europa. Como si uno, además de viajar entre continentes, lo hiciera
entre mundos distintos.
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El ferry de Eminönü a Kadiköy |
Los puentes sobre el Bósforo: increíbles creaciones
humanas que lograron embellecer aún más la ciudad. La mejor vista de Estambul
está cuando uno cruza el primer puente (paradójicamente es el único lugar desde
donde es imposible hacer una foto). La colina de Sultanahmet queda a un lado,
con sus monumentos iluminados, la Torre de Leandro solitaria en medio del agua,
el bosque de pinos en el que flamea la bandera turca y la salida al Mar de
Mármara, donde esperan cientos de barcos cargueros. Del otro lado, se ve la
curva que hace el Bósforo, el segundo puente iluminado de colores, más bosque
de pinos y la escuela del ejército siempre brillando en la oscuridad.
El llamado a la oración (no forzaré la anécdota diciendo
que voy a extrañarlo), los minaretes de las mezquitas iluminados de noche, las
banderas turcas por todos lados en días festivos, la enorme cabeza de Kemal
Atatürk en murales y afiches… no son detalles, forman parte de la identidad de
la ciudad. Estambul parece gritar “¡Soy ésta, soy así!”, también desde la plaza
de Sultanahmet en verano, repleta de turistas, desde los parques llenos de
tulipanes en abril, desde los modernísimos centros comerciales que se inauguran
de a montones, y desde los bordes del Bósforo con sus eternos pescadores.
Al çay (chai) sí que lo voy a extrañar. Ya tengo síndrome
de abstinencia y despotrico contra cada té aguado y tibio que me sirven, espero
que el saquito de Twinings produzca ese color oscuro que tanto aprendí a querer
pero no pasa nada. Atrás quedaron los renegridos çays hirviendo, que me secaban
la lengua por dentro.
Me va a costar superar también los traumas de vivir en
Turquía: eso de pensar las oraciones en mi rudimentario turco antes de ir a
cada lugar o contestar a las preguntas con “evet” (si) o “tamam” (de acuerdo)
de manera automática.
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El lema nacional "Que felicidad decir que uno es turco" |
La gente turca, me gustó porque me sacó más sonrisas que
enojos. Y eso ya es una buena estadística. Llevan a cuesta la contradicción
eterna entre el Islam y el mundo occidental, se vuelcan para un lado o para el
otro, pero nunca abandonan completamente sus raíces. Y eso es algo bueno, ellos
son como son también porque son musulmanes y la religión, desde luego, no
asegura buenas personas ni malas, pero sí que forja al carácter y la identidad…
Estos son más buena gente que muchos, me trataron bien, me recibieron más como
una rareza que como una molestia.
Turcos, musulmanes, tradicionales, Kemalistas, tapadas
(como llamábamos a las mujeres con velo o abaia completa), modernos y
occidentales, fumadores de nargile, olorosos a axila, valientes como para
enfrentarse a su gobierno, brutos que te empujan en el ferry, pacientes para
entender mi turco cavernícola y eternos callejeros çay-en-mano… Los turcos de
hoy son todo eso y mucho más.
…
Atrás quedó Estambul y nuestra casa por casi dos años.
Nos despedimos de la ciudad con más pena que en ninguna otra, creo que todavía
no se nos pasa el enamoramiento. Cuando cruzamos el puente sobre el Bósforo, a
la suave colina de Sultanahmet la cubría una capa de niebla. Estambul no nos
quiso mostrar su cara más bonita esta vez, quizás también se enojó con nosotros
por irnos. Pero ya volveremos.
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Volviendo a casa |
Al portero amable de nuestro edificio le di todo cuanto
quedaba en la casa… ropa, comida, elementos de baño. Hasta le abrí la heladera
para que se llevara lo que quisiera y, aunque empezó por las cervezas (dando
por tierra una vez más la leyenda de que los musulmanes no toman alcohol),
luego se llevó hasta el hielo. Aceptó todo con una sonrisa. Mis plantas, en
cambio, fueron reubicadas en lo de mi amiga y sobrevivieron a los 12 días de
vacaciones navideñas.
Habré dejado un poco de mí en Estambul y en cada lugar,
al menos eso espero, pero todos los países en los que estuve (México, Perú,
España y Turquía) se me grabaron a fuego. Y me ayudan todos los días a entender
a las personas y a sus tradiciones, a disfrutar lo que tengo a mi alrededor y a
ver el mundo como un lugar lleno de ciudades parecidas a aquellas en las que
tuve la suerte de vivir. Somos distintos, pero entendernos nos hace parecidos.