7 de febrero de 2017

Días A y B (en Normandía)

Hay lugares que me encantaron, en los que la pasé genial y que realmente me gustaría recomendar a mis lectores… No por eso se me hace más fácil escribir sobre ellos. A veces me pierdo leyendo y releyendo historias para contarles algo interesante y luego tengo tanto que contar que me agobio antes de empezar. Otras el tiempo pasa y me voy olvidando de los detalles más simpáticos. Algunas veces, simplemente, me parece que no tengo nada que decir. “Es hermoso. (foto)” es una crónica bastante pobre y poco confiable. Lo malo de haber empezado a escribir hace 10 años, desde mi Casita Inn Puebla, es que ahora me siento presa de mis propias crónicas. No puedo parar. Me imagino a mi misma sentada en un silloncito en una residencia geriátrica, releyendo mis aventuras pasadas y pensando “Pero si yo fui a San Francisco una vez…” pero como no hay crónica, lo olvidaré y formará parte de mi demencia senil y nadie me creerá. Es lo mismo que nos está pasando con las fotos: si no hay foto, no fuiste, no estuviste, no la pasaste bien. Así me pasa con las crónicas. Mi mente me dice “Vas -2, te faltan Normandía y Norte Argentino” y yo me siento abatida frente a mi hojita virtual, así que empiezo por esto: la introducción a la introducción. Como decía una profesora que tuve en Madrid “Hay que escribir, escribir, escribir. Algo saldrá.”

***

En auto abandonamos París hacia el noroeste, más precisamente hacia Normandía, una zona de costa y acantilados frente a Reino Unido, que es famosa en el mundo gracias al desembarco aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, nuestra primera parada oficial fue en Ruán o Rouen, una ciudad que pasó a la historia por ser donde quemaron en la hoguera a Juana de Arco. En aquel lugar, llamado Vieux-Marché (viejo mercado), hoy se alza una iglesia con un techo extrañísimo de tejas negras, que hace olas y termina en picos puntiagudos sobre la peatonal.

¿Les resumo en pocas palabras quién fue Juana de Arco? Escuché un sí en el fondo, así que ahí va. Fue una joven muy religiosa que con solo 17 años lideró el ejército francés mientras éste luchaba por expulsar a los ingleses. Fue capturada y entregada a sus enemigos que, con argumentos tan irrefutables como que vestía como hombre, que abandonó a sus padres y que oía voces demoníacas, la condenaron a la hoguera. Así murió Juana de Arco en Ruán en 1431. Muchísimos años después se revisaría su juicio y se la absolvería de los cargos. Es más, un Papa la haría santa en 1920 y hoy es la Patrona de Francia. Que alivio, porque alguien podría pensar que yo también abandoné a mis padres… además hoy me puse un jean, y les podría jurar que hay una canción en la que Steven Tyler me susurra “Cinti”.

Dejando a un lado su triste pasado, Ruán es una ciudad preciosa con un estilo arquitectónico muy singular y unas cuantas cosas para ver. Lo primero que nos encontramos fue el mercado en funcionamiento en el Vieux-Marché. Haciendo honor a esta tradición tan francesa, caminamos entre puestos de flores, de pescados, de verduras y de pan. Matías hizo honor a otra tradición muy francesa y se subió al carrusel (en criollo, calecita) que parece no marearlo nunca.

Paseamos por la peatonal hasta dar con el Gran Reloj, un reloj gigante (el nombre ya lo delataba) y dorado, del siglo XIV. Más adelante, se alza la gigantesca Catedral de Ruán, con su curiosa Torre de la Mantequilla (llamada así porque se construyó con el dinero que se recolectaba de los permisos para comer manteca durante la Cuaresma). La Torre Linterna, coronada por una flecha de hierro, mide 151 metros y es la más alta de Francia. Y la Catedral, construida durante la alta Edad Media, es de estilo gótico flamígero, con interminables bóvedas de crucero y ventanas de vitreaux que hacen juegos de luces en las viejas paredes.

El característico estilo normando de los edificios de Ruán le da a la ciudad un atractivo especial. Quizás lo comparta con toda la región (y hasta con los países vecinos, porque también se puede ver un estilo parecido en Ámsterdam o en Brujas), pero no dejan de ser especiales esas casas de colores, con techos de madera oscura y vigas de madera también, haciendo cruces en las fachadas y sobre los dinteles de las ventanas. Muy lindo. Y especialmente lindo lo vimos por la mañana, con un café au lait y los infaltables croissants, de por medio.


Muy cerca de Ruán, hay otro monumento histórico para visitar: la Abadía de Jumièges. En realidad, lo que queda de ella… que son unas impresionantes ruinas a cielo abierto, emplazadas en un parque de colinas verdes. Todo es como un cuadro. La abadía fue un monasterio benedictino que se fundo en el año 654 y dejó de funcionar tras la Revolución Francesa. Las ruinas, especialmente las de la Iglesia, son algo digno de ver: los antiquísimos muros sostenidos por contrafuertes, las aberturas, los pequeños pasillos que quedaron en pie, las baldosas originales. Todo el conjunto es extraordinario y el parque que lo rodea es ideal para pasar la tarde pateando hojas y contemplando los enormes racimos de hongos.

Mientras se ponía el sol entre los muros de la abadía, nos despedimos de Jumièges y volvimos a Ruán, solo para encontrarnos con una gigantesca Feria de Atracciones junto al río. Mi reacción ante la feria la puedo resumir en una palabra: alucinante. Los juegos de un parque de diversiones, las luces, los puestos de golosinas cuyos empleados vestían delantales rosas y blancos a rayas. No hay nada que hacer, los franceses cuidan todos los detalles, aún en las ferias ambulantes.


Ahora sí: agotados, nos arrastramos por la costanera del río, entreteniéndonos con las enormes telas de arañas de los faroles (no todos los detalles, eh?) de vuelta al hotel para, al fin, descansar un poco.

Al día siguiente nos esperaba el pueblo costero de Étretat, junto al Canal de la Mancha (y, a grandes rasgos, el Océano Atlántico). A un lado del pueblo, hay una colina verde que mira al mar, con una iglesia en la punta, y la gente sube por caminitos hasta lo alto. Los pequeños barcos de pescadores están acostados a la orilla del mar; y los acancantilados altísimos recortan la costa haciendo formas y arcos increíbles, el más famoso de ellos se llama “El ojo del águila”. Aún así, la belleza del pueblito casi no llega a compensar el desencanto que nos produjeron algunas otras cosas.

Primero, el tema de estacionar. Quizás no sea el pueblo más famoso de Francia pero es bastante turístico, bastante. Y la mayor parte de la gente llega en auto, pero no hay lugar donde dejarlo (literalmente, no hay). La única opción es dar vueltas y vueltas y vueltas hasta que alguien de los reducidísimos espacios disponibles, se va y te deja su lugar. Un Cubo de Rubic infernal que desluce mucho la experiencia.

La otra queja es gastronómica. No es que el servicio en Francia se caracterice por ser especialmente amable o rápido, pero uno se acostumbra. En Étretat todo estaba lleno, todo tenía colas interminables, todo se estaba acabando en cuanto te sentabas a comer, todo tardaba mil años. Súmenle a esto un niño de un año y medio que enseguida se pudrió de comer pan y ver dibujitos en el celular, y otro de 35 añitos que, por mucho hambre que tuviera, se sintió ofendido cuando el mozo trajo la comida para la mesa de al lado antes que para la nuestra. Conclusión: mal, Étretat. Aún así, las fotos son increíbles… La experiencia real fue un tanto menos placentera. Y turismo es también lo que no sale en las fotos.



Dato curioso sobre Étretat: desde allí se vio por última vez L’Oiseau Blanc (el pájaro blanco), un avión que intentaba hacer el primer vuelo sin escalas París-Nueva York y se convirtió en uno de los misterios más grandes de la aviación cuando desapareció sobre el Atlántico. Unos días después, Charles Lindbergh lograría esta proeza en sentido contrario a bordo del Spirit of Saint Louis.

Desencantados y hambrientos, nos fuimos de ahí, y en el camino vimos carteles que señalaban la dirección a Le Havre. Ninguno de los dos (podría decir los tres, pero Matías dormía profundamente sin interés alguno en el rumbo que tomáramos nosotros) sabía qué había en Le Havre, pero sonaba prometedor. No lo era. No hace falta que vayan, no hay nada especial.

Así que seguimos camino hasta Honfleur y, con los últimos rayos de sol que quedaban, entramos en este pueblito encantador y además estacionamos el auto en un parking enorme y lleno de felicidad automotriz. Tal vez sea que las comparaciones son odiosas, pero en Honfleur todo salió bien. El lugar en sí ya es precioso, tiene un puerto antiguo lleno de barquitos con vela que fue la inspiración de muchos pintores impresionistas, como Claude Monet. Alrededor se apretujan decenas de pequeños restaurantes muy pintorescos y que ofrecen especialidades locales (casi todas con pescado). El primer record escrito de la ciudad data de 1027 y su bien llamado centro histórico tiene edificios medievales todavía en pie. Se destaca la Iglesia de Santa Catalina que, con su diseño de barco invertido (construida con piezas de barcos), es la iglesia de madera más grande de Francia. Todo Honfleur parece sacado de las ilustraciones de los libros de cuentos.
 
Y hasta ahí llegamos. Esta vez las memorias de la Segunda Guerra Mundial nos quedaron lejos, será la próxima (quizás hasta les esté escribiendo estas crónicas mientras volvemos del Cementerio de Omaha Beach). En cambio, paseamos sobre encantadoras bahías con acantilados temibles (casi tanto como estacionar en sus alrededores), fotografiamos viejos puertos que fueron pintados mil veces por los impresionistas, y recorrimos calles de adoquines por las que habrán caminado ilustres personajes como Ricardo Corazón de León y Juana de Arco (en diferentes estados de ánimo).

Normandía es verde pasto y marrón como la madera de sus construcciones; carga con historias tremendas de muerte y misterios de aviación; lleva el ritmo tranquilo de la vida de campo y el ímpetu del mar. Quedan muchas más cosas por descubrir… de algún modo, queda aún lo más importante. Pero, como dice mi Papá: “Paciencia, todo llega”.

***

Qué bueno estaría para ustedes, y sobre todo para mí, poder decirles que ahora voy -1 y, por ende, que quedé solo a una mísera crónica de estar al día geográfica-turística y literariamente… pero va a ser que no. Porque escribo estas palabras unos meses más tarde, mientras Alejo maneja de vuelta a casita parisina. Mont Saint Michel y las playas del Día D quedan aún por relatar y se me agolpan en el cerebro empujando aún más al fondo a mis imprecisos recuerdos del Norte Argentino. Escribir, escribir, escribir. 


15 de diciembre de 2016

Cassis sin complicaciones

Con miedo a que el tiempo nos traicione, empezamos nuestra estadía en Francia intentando aprovechar cada fin de semana (ya se nos pasará el ansia turística). Así que, cuando a Alejo le surgió un viaje de trabajo al sur del país, allá fuimos todos.

Claro que cuando digo “fuimos todos”, no se imaginen a la familia feliz viajando por la campiña francesa… Fue un padre por un lado, cómodamente instalado en un asiento del TGV (tren de alta velocidad) mirando series en Netflix y, por otro lado, una madre. Con eso debería decirles todo, pero no confío en sus imaginaciones así que voy a tener que relatarlo. Después de todo, para eso estoy acá sentada frente a la computadora, un día de lluvia en París, mientras Matías y mis invitados duermen la siesta.

Alejo salía unos días antes hacia su retiro corporativo amistoso y nosotros nos uníamos después. Puesto que todos íbamos en tren (y yo nunca me había tomado el tren acá), le pregunté a Ale si era fácil ir desde casa. “Re fácil” me respondió.

Tres días después, mientras corría por la Gare de Lyon empujando el cochecito con un Matías que se había quedado mudo por la velocidad, y arrastraba una valijita, deseando que los franceses no tuvieran la puntualidad inglesa y que el maquinista se apiadara de mí si me veía correr desquiciada por el andén; me acordaría de las palabras de mi marido y guardaría un reproche para cuando nos viéramos. “Re fácil” no es nunca para nadie que no pueda subir escaleras acá en París. Accesible o imposible, pero nunca “re fácil”.

Por suerte, o los parisinos gozan de una saludable impuntualidad o corro mucho más rápido de lo que pensaba, porque lo logré; aún cuando al llegar al andén correcto me dijeron que mi vagón era el último y tuve que correr otros 600 metros más, pensando que de última me arrojaba hacia adentro del tren en movimiento, como en las películas (eso siempre suele salir tan bien, sobre todo con un cochecito).

Grande fue mi sorpresa cuando entré al vagón correcto, en el tren correcto, en el andén correcto, y mi asiento quedaba en el segundo piso. Plegué el cochecito, subí a Matías, lo dejé llorando en la cima de la escalera mientras le decía “Esperame acá” y bajé por todos los bártulos que ubiqué en una pila tambaleante de valijas y busqué mi asiento. Elevé una plegaria silenciosa cuando el señor que estaba en el asiento de al lado, se retiró amablemente y nos dejó los dos lugares (¿habrá sido amabilidad o pánico?). El tren se puso en movimiento y Mati, al ver que el frenesí psicótico de su madre había terminado, comenzó a jugar tranquilamente. Al rato de mirar por la ventana los paisajes, se quedó dormido y a mi se me alinearon los enanitos de la cabeza y todo estuvo bien. Una pequeña gran victoria para una mamá.

Íbamos al sur, a la ciudad de Tolón, en la costa mediterránea de Francia. Tres horas y media después, llegamos… y luego de merodear entre las extrañas gentes de la estación durante un rato, nos encontramos con Alejo. Pero todavía no terminábamos de llegar, porque alquilamos un auto y viajamos otra media hora hasta la pequeña población de Cassis, nuestro destino desde el comienzo. Todo el viaje valió la pena cuando llegamos al hotel y nos encontramos parados frente a una de las bahías más lindas que vi en mucho tiempo (suspiro virtual).


Cassis es un pequeño pueblito en la costa del Mediterráneo que se hizo famoso en la antigüedad por su piedra, con la que se construyeron muchos puertos (por ejemplo, el de Alejandría). Hoy en día es más conocido por sus calanques (estuarios) y su vino, que fue uno de los primeros tres de Francia en recibir la Denominación de Origen en 1936.

El pintoresco pueblito está construido alrededor de la bahía, que tiene a un lado el puerto deportivo y al otro, una bonita playa de arena. Los edificios son bajos y coloridos, y parecen apoyarse unos sobre otros. Los restaurantes en planta baja se vuelcan sobre el paseo marítimo con sus mesitas y sus menús iluminados, y decenas de barquitos y yates se balancean suavemente con las minúsculas olas de agua medio dulce y medio salada. Un poco más arriba del pueblo, en una colina, está el Castillo. Y aún más arriba, el Cabo Canaille que, con sus 394 metros de altura, es un impresionante macizo que se alza encima de la población. Es el acantilado más alto de Francia y fue durante muchísimos años un punto de referencia para los marineros.

Nuestro hotel Le Golfe estaba en un extremo de la bahía, así que caminamos entre el puerto y los restaurantes eligiendo donde cenar y viendo como el sol se ponía detrás del cabo. Un atardecer de película francesa.

En busca de las calanques mágicas

El paseo tradicional de esta zona es en barco, recorriendo los estuarios más conocidos y los más vistosos. Un poco por hacernos los exóticos y otro poco temiendo la reacción de nuestro hijo al tener que pasar 3 horas en un barco, nos fuimos en busca de las calanques, pero en auto.

Primera: no me voy ni a gastar en averiguar cómo se llamaba porque fue una auténtica porquería. La hilera de casitas de colores que flanqueaban el camino de entrada ya nos prepararon para algo rústico. La playa era minúscula y de piedras en vez de arena, pero realmente perdió todos los puntos por estar sucia. Muy sucia. Lo mismo encontrábamos trozos de red de pescador (que, si bien es mugre igual, al menos se corresponde con el ambiente marítimo), como restos de una Cajita Feliz. Dos mochileros jugaban a la paleta y unos señores sospechosos se metían al agua con ropa. Horrenda. Además, el parking nos costó unos irrecuperables 4 euros por el día completo aunque llegamos a las 5 de la tarde.

¿El punto a favor? Matías la pasó genial porque, cuando logramos que dejara de intentar jugar con los preservativos usados y las tablas con clavos a las que el mar tampoco había encontrado uso y había devuelto a la orilla, descubrió una rampa que bajaba al agua y padre e hijo jugaron a escaparse de las olas hasta que el padre se agotó (el hijo todavía estaría allí). Final feliz.

El segundo intento fue a la mañana siguiente: otra calanque. Esta vez más famosa, con un parking más poblado y considerablemente más caro (lo cual podría haber sido señal de mejor playa). Había un restaurante bastante lindo con terraza al mar pero desde ahí no se veía ninguna bajada amistosa hasta el agua, solo una abrupta caída de piedra. Buscábamos la playa, tanto es así que esta vez hasta acarreábamos con nosotros el baldecito y la palita para Matías. Nada por aquí, nada por allá. Vimos que la gente se internaba en un bosquecito de pinos que subía una colina. “Estará del otro lado” pensamos llenos de esperanza y allá fuimos, colina arriba, balde, palita, niño y enseres varios.

Tras atravesar el bosquecillo y ver unas vistas impresionantes de los acantilados y el mar azul, descubrimos una bajada que apuntaba hacia el agua. Cuando llegamos al final del escarpado caminito, nos encontramos con una explanada de piedra como excavada en el acantilado, que terminaba en piedras menos grandes y luego caía vertiginosamente al mar. A un costado se asoleaban dos señores mayores, uno de ellos desnudo y elegantemente cruzado de piernas como para que el sol le bronceara el interior de la nalga. Guau. Solo puedo decir eso.

Como ahí tampoco podíamos quedarnos (Matías poco podría haber hecho con el baldecito y la palita, hubiera necesitado una retro-excavadora), nos volvimos por el bosquecillo y hasta paramos a descansar bajo un árbol mientras Mati jugaba a llenar su balde de tierra y piedritas. Tristísimo. Muy poco propio de lo que imaginaba en la Costa Azul.

El nombre está bien puesto, de cualquier modo, porque azul es. No malinterpreten mis crónicas, el lugar es verdaderamente hermoso, el mar es azul brillante y los acantilados son increíbles. ¿Pero quién nos mandaba a explorar las calanques por el lado del continente? Al final iba a ser que el mejor lugar para disfrutar de una tarde de sol junto al mar, era la playa de Cassis. A 300 metros de nuestra habitación de hotel. La moraleja es evidente y procuraré aprender para la próxima: si es lindo, es lindo. A disfrutarlo y a no buscarle la quinta pata al gato.

Un rato en Marsella

 “¿Vos agarraste el cochecito?” Le pregunté a Alejo mientras estacionábamos. Nos miramos con esa cara con la que solo dos padres de un niño de 1 año pueden mirarse y nos permitimos entrar en pánico por un minuto. Bueno, yo por 2 o 3, pero estoy autorizada. En el hotel de Cassis nos hacían guardar el cochecito en el cuarto de las escobas así que, cuando salimos hacia el auto tan campantes, cada uno asumió que el otro lo había puesto en el baúl. Suele suceder. Podría haber sido peor, como aquella vez que nos quedamos sin pañales a una hora de tomar un vuelo Colonia-Madrid y tuvimos que ponerle pañales de agua (que duran un pis corto). En Marsella sin cochecito, encaramos el paseo con un poco de cautela. Además, aunque hay muchas cosas para visitar, sólo íbamos a pasear un rato.


Marsella es la segunda ciudad más poblada de Francia y su puerto comercial es el más importante del país y de todo el Mediterráneo. La ciudad fue incorporada a la corona francesa en 1489 y, después de la Revolución Francesa, aprovechó la alianza que tenían con el Imperio Otomano para crecer económicamente. Quedó parcialmente destruida luego de la Segunda Guerra Mundial. Una de las pérdidas más grandes que tuvo fue la del Transbordeur o transbordador, que era una construcción metálica gigantesca que trasladaba cosas de un lado de la bahía al otro, encima del Puerto Viejo. Los Nazis bombardearon y demolieron el transbordador que, en su corta vida (1905-1944), se había convertido en un ícono de Marsella, como la Torre Eiffel para París.

visite.marseille.fr
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Caminamos primero hacia el precioso Parque del Faro, en lo alto de una colina. Ante nosotros se desplegaba la enorme bahía llena de barquitos del Vieux Port (Puerto Viejo), que daba una vuelta gigantesca sobre si misma y acababa en la antigua edificación del Fuerte de San Juan. Hacia allá fuimos. Todo esto interrumpido unas mil ochocientas veces por Matías que intentaba, alternativamente, arrojarse al agua o cruzar la avenida. En el medio del paseo hay una vuelta al mundo y una gran construcción abierta de techo espejado, así que todo el mundo levantaba la vista al llegar ahí para ver aparecer su reflejo distorsionado. Comimos en un restaurante marroquí uno de los mejores cour-cous que probé en la vida y seguimos camino hasta llegar al Fuerte, construido para proteger a Marsella en la antigüedad.

De ahí subimos por unas escaleras y cruzamos un simpático puente con agujeros que da a la entrada del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y Mediterráneo). El edifico del MuCEM vale mucho la pena porque tiene una arquitectura alucinante, es como estar adentro de un arbusto espinoso. Se ve y se escucha el mar por todos los rincones y la terraza tiene un espacio abierto sin techo, desde donde se tiene una vista hermosa del agua.

Luego visitamos brevemente la Basílica Santa María la Mayor, una iglesia gigante, hecha de piedras y mármol italiano, que es la única de estilo bizantino en Francia; y de la cual tengo breves recuerdos porque 100 metros antes se durmió Matías y mi cerebro se apagó para usar la energía que me quedaba en llevar los 12 kilos de bebé de vuelta hasta el auto (turnándonos con Alejo, lo aclaro antes de que las feminazis me ataquen).Volvimos lentamente por la recova que rodea el puerto, felizmente sorprendidos con lo lindo de la ciudad y disfrutando del aroma a jabón de Marsella que salía de las tiendas.

Vuelta a Cassis, regreso a Toulon a tomar el tren. Para variar, no íbamos con tiempo de sobra, así que cuando llegó el tren, nos apuramos por buscar nuestro vagón… Alejo y yo teníamos dos asientos diferentes, en dos vagones diferentes, que además no se comunicaban entre sí porque pertenecían a dos compañías diferentes. ¿Dónde se ha visto una cosa así? En el momento de tensión, el apuro del tren parado solo por unos minutos y la gente subiendo a los vagones, Alejo discutiendo en francés con los guardas y yo calculando la distancia para correr de nuevo, nos tuvimos que separar. Ale exclamó un tímido “Yo agarro las valijas…” y yo, viviendo mi propia versión de la Decisión de Sofía me agarré al cochecito de Mati y corrí hacia el vagón. Las 4 horas de hiperactividad de mi hijo (en este país de gente silenciosa) me hicieron repensar mi decisión. La próxima vez estaré mejor preparada para agarrar las valijas. Los quiero muchísmo. 

12 de noviembre de 2016

Brujas bajo la lluvia


“Ya sé a dónde vamos…” Le dije a Alejo, tratando de adivinar nuestro destino, cuando vi aparecer el cartel de Bruselas en la ruta. Habíamos salido temprano desde París en el auto en un viaje sorpresa. Sorpresa para mí; Ale supuestamente sabía a dónde íbamos y a Matías no le importaba en lo más mínimo.

Bruselas, Bruselas, Bruselas… La ciudad se me acercaba virtualmente y se achicaban los kilómetros en cada nuevo cartel. De pronto, un improperio. Alejo se había equivocado de salida e íbamos en la dirección incorrecta. A esta altura de mi vida, ya ni me altero…forma parte del viaje. Mi marido continuó con los improperios otro rato hasta que agarramos la ruta correcta y Bruselas se empezó a alejar nuevamente porque en realidad nos dirigíamos a Brujas. Menos mal que se me ocurrió hablar.

Brujas, Brujas, Brujas. De pronto, llegamos. Bélgica pasó de ser la campiña belga a una ciudad bastante poblada, y después al centro histórico de Brujas. Todo en unos pocos minutos. Lo primero que me sorprendió (gratamente, debo admitirlo) fue que no había casi gente en la calle. Europa sin gente? Dónde hay que firmar? Sobre todo porque en mi cabeza asimilaba bastante Brujas a Praga, donde los adoquines y las muchedumbres pudieron conmigo.

Brujas es bastante más pequeña y en Septiembre tiene un clima mucho menos acogedor. Básicamente llueve. Bienvenida la lluvia, bienvenido el frío, bienvenidos a Brujas. En la antigüedad, la ciudad creció por su industria de lana y su salida al mar. En 1297 se incorporó a Francia y esto solo trajo problemas (para variar). En 1302 el pueblo de Brujas se cansó y decidió asesinar a todos los franceses que encontró, esto llevó a una batalla y perdió Francia. Durante el siglo XV, Felipe el Bueno trajo prosperidad a la ciudad (con ese nombre, más vale que hagas cosas buenas), atrayendo artistas y personalidades de Europa. Además, la llamada Escuela Flamenca creó una nueva técnica de pintura al óleo que pronto ganó renombre internacional.

Todo muy bonito hasta que en el siglo XVI se cierra la salida del canal al mar por acumulación de sedimentos y la ciudad sufre una caída económica. En el siglo XVII comienza a desarrollarse la industria del encaje y en el XIX Brujas se vuelve una de las ciudades turísticas más importantes del mundo (ustedes dirán "Que rápido se recuperó", pero pasaron tres siglos en tres renglones). Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial es ocupada por los alemanes pero la ciudad, afortunadamente, permanece ilesa hasta su liberación. Hoy en día, su principal atractivo es el casco histórico y sus estructuras medievales que quedaron prácticamente intactas. Caminar por sus calles es viajar en el tiempo.

Entrar con el auto al centro histórico de las ciudades europeas también es viajar en el tiempo y siempre me pone nerviosa. Las calles se van angostando y empiezan a seguir trazados extraños. Brujas no es una excepción, con sus callecitas medievales de ninguna manera pensadas para que entre un auto. Afortunadamente, mi marido aprendió a manejar en Trujillo, Extremadura, cuyo centro histórico es muy enrevesado. (Querido lector: además de estar divagando, aporto este dato porque Game of Thrones se está rodando ahí ahora mismo).

Con el auto felizmente estacionado (felizmente porque Brujas es mucho más barato que París), buscamos nuestro hotel, cuyo recepcionista curiosamente estaba ahorrando plata para ir a la Argentina. En pleno centro, genial. Habitación sin persianas (al uso nórdico), no tan genial. Matías se dedicó a hacer importantísimas llamadas desde el teléfono fijo de la habitación (previamente desconectado, Matías tiene un año) y nosotros descansamos del viaje de 3 horas y media de París casi hasta Bruselas y, antes de llegar, hasta Brujas.

¿Qué hay para ver en Brujas? Si se meten en la Wikipedia, les van a aparecer una lista de iglesias y poco más. Parecería que no hay nada relevante para visitar, lo cual es fantástico porque te libera de molestos Top Ten y te deja con la sola tarea de caminar por la ciudad, que es lo único que no podés dejar de hacer. Así que eso hicimos: dejamos el hotel y nos fuimos caminando las pocas cuadras que nos separaban de la plaza principal.

La gente estaba, obviamente. El turismo había llegado a Brujas (en el siglo XIX). Solo que nos lo encontramos recién cuando llegamos a la Market Place que es la plaza principal (donde antiguamente se hacía el comercio de lana). En el enorme espacio de una hectárea que ocupa la plaza, se destaca principalmente el Belfort van Brugges o campanario de Brujas, una edificación medieval altísima. Fuera de esto, quizás lo que más llame la atención son los edificios flacos y de colores, con techos escalonados, que rodean la plaza.

Desde allí hacia un lado está la plaza de Burg, la más antigua de los Países Bajos y en donde se encuentra el edificio de la Municipalidad (muy bonito) y a un costado, casi escondida, está la Iglesia de la Santa Sangre. Se llama así porque guarda una reliquia con la sangre de Jesucristo. La leyenda dice que llegó a Brujas después de la Segunda Cruzada, pero lo cierto es que solo hay evidencia de la reliquia en la ciudad desde 1250, así que probablemente llegó después del saqueo de Constantinopla. El frasco en el que se conserva sí es un frasco de perfume hecho en Estambul pero tiene escrita una fecha de 1338. Les dejo la inquietud. 

Aprovecho para hacer una descarga porque sino me consume la ira: la entrada a la iglesia es gratis, pero como nosotros tuvimos que tomar el ascensor para entrar (la iglesia está en un primer piso, aunque parezca curioso), aparecimos frente a una boletería y, lógicamente, compramos un ticket. Cuando giramos sobre nuestros talones, el ticket servía para visitar la Sala de las Reliquias (o como se llame) que es básicamente un cuarto con media docena de boludeces para nada relevantes. Aún así paseamos por el minúsculo cuarto con la idea de amortizar los 4 euros, cosa que de ningún modo logramos. Mientras tanto una señora asiática le pedía al de la boletería que le devuelva el dinero. Están avisados.

Hacia el otro lado de la Market Place, siguiendo una de sus muchas calles peatonales, se llega a la Iglesia de San Salvador. No tengo recuerdos de esta iglesia (viajar con un niño produce estas cosas en el cerebro materno), pero está en el Top Ten para visitar en Brujas, así que cumplo nombrarla. Claro que para nosotros este breve recorrido de unas pocas calles incluyó una parada a comer (en un lugar que, para angustia de Alejo resultó ser orgánico y natural) y otra para que Mati se subiera a la calecita. 

Mientras escribo estas crónicas estoy estudiando el mapa de Brujas, pero todavía no me oriento. No sé donde están los rincones que más me gustaron y no me acuerdo de ningún nombre (tampoco es que sea demasiado fácil recordarlos, hay palabras como Stadsschouwburg que no tengo idea si es un sitio que visité o no). Así que en la parte logística, no voy a ser de mucha ayuda. Sí les puedo decir lo siguiente: se va a todos lados caminando y en algún momento llegás a los canales para tomar el clásico paseo en barquito (otra cosa que vale la pena hacer).

Al día siguiente llovía. Compramos un paraguas para no arruinar mi bella tradición de comprar un paraguas en cada lugar que visito (y llueve, tampoco es que los coleccione). Entre los motivos animal print y jean que había para elegir, mi marido optó por el de jean, vaya a saber uno por qué. Paseamos bajo la lluvia y pronto el paraguas no alcanzaba más y compramos unas bellísimas capas plásticas para cada uno. Ahora éramos tres formas humanoides paseando por Brujas, una roja y dos azules. A Matías todo el asunto de la lluvia y los paraguas le encantó. Intentó llevar el paraguas él mismo durante aproximadamente 3 metros cuadrados que se hicieron eternos y hubo que dejar pasar carruajes dos veces. 

Bajo la lluvia recorrimos el parque Minnewater y el llamado Lago del Amor. En aquel preciso momento no había demasiados amantes valientes bajo la lluvia torrencial, solo patos. Cruzamos, con ignorante felicidad, el puente que concede el amor eterno a aquellos amantes que lo crucen ("eterno" me suena a tanto tiempo…) y paseamos por las callecitas del parque. A la vuelta nos cruzamos un contingente de asiáticos apostados en pleno puente, vaya a saber cómo organiza eso Cupido.

Nuestra última actividad turística fue subirnos a uno de los barquitos que recorren los canales. La suave llovizna que caía cuando embarcamos (acá van a cometer el error de imaginarse una gran embarcación, cámbienla por una balsa grande), pronto se convirtió en lluvia y luego en diluvio, y el barquito se cubrió de paraguas como desplegando una caparazón. El recorrido se convirtió en una osadía contra la lluvia, sosteniendo el paraguas y además a un niño resbaladizo por la capa mojada que insistía en ver a los patos desde muy cerca; con ocasionales miradas de reojo a los edificios destacados del paseo. Me encantó, la ciudad bajo la lluvia es mucho más divertida (me atajo antes de que me agredan: cuando uno está de paseo y no hace frío y está todo bien).

Brujas en flamenco significa “puentes” (no se lo esperaban, no?) y, aunque podría caer en la muy utilizada descripción de “la Venecia del Norte”, no lo voy a hacer porque se usa tantas veces que al final pierde sentido. Además, para que eso signifique algo, uno tiene que haber ido a Venecia y no todo el mundo estuvo en Venecia (por si alguien no estuvo, déjenme decirles que es “la Brujas del Este”). Brujas tiene canales y puentes, pero también tiene patos, tiendas de encaje y chocolate belga. 


La gracia de la ciudad es la ciudad misma, es caminar por sus callecitas empedradas, recorrer su peatonales y dejar pasar a los carruajes (que pasan a toda velocidad), comprarse chocolates, maravillarse por sus edificios medievales y pasear un poquito en esos barcos chatos que recorren los canales. Todo es lindo y pintoresco. Cada rincón te inspira una foto... o varias, y ya después elegirás aquella en la que los patos miren a la cámara y la capa de lluvia se pliegue de la manera más favorable posible sobre tus curvas. Después de todo, no hay mal clima para una ciudad como Brujas, que vuelve mágica hasta a la más común de las lluvias.