Berlín me sorprendió. Por un lado, viniendo de otras
ciudades europeas, me pareció enorme, ancha, monumental (un descanso de las
tortuosas callecitas adoquinadas de Praga, pintorescas, pero tortuosas
igualmente). Por el otro, me llamó la atención descubrir una ciudad tan moderna.

Del régimen Nazi y la Segunda Guerra Mundial queda bastante
poco en Berlín así que, en ese sentido, decepciona un poco. Aunque creo que
para los berlineses es motivo de orgullo que no quede nada para recordarles tan
funesta época. Tanto es así que encima del búnker de Hitler (lugar famoso si
los hay, donde se suicidó junto a Eva Braun), hoy en día hay un
estacionamiento. Y ni siquiera uno lindo que se llame “Ex bunker parking”, uno
de tierra y público frente a un edificio de departamentos poco llamativo. Si
nadie le indicara el lugar, uno pasaría caminando sin apenas ver la placa que
se puso en una de las esquinas con un poco de información y unos esquemas del
búnker, con el único objetivo de evitar que los turistas incordiáramos a los
berlineses preguntándoles dónde quedaba.
El hecho de evitar deliberadamente convertir este lugar en
un sitio turístico tiene su mérito. Estando ahí no podía dejar de pensar que en
otra parte del mundo sería un Disney Nazi con mini videos explicativos y
maniquíes de Hitler pegándose un tiro. A una parte de mí le hubiera gustado ver
eso, aunque solo sea por curiosidad histórica… pero bueno, ahí está el búnker
relleno de cemento, tapialado y cubierto de un estacionamiento que no tiene ni siquiera
pasto. Hitler no se merecía más acertado reconocimiento.
Rebobinando un poco, llegamos a Berlín agotados
psicológicamente del hediondo departamento de Praga, pero con la felicidad de
saber que nos esperaba un fantástico hotel (quizás no era para tanto, pero
apareció en el momento justo para pasar a la historia como fantástico). Estábamos
en las afueras, pero no importaba nada porque teníamos una habitación en las
alturas y el auto estacionado gratis en la puerta del hotel. Alguna vez dije
que la felicidad-alojamiento era una ducha caliente y una cama cómoda… Lo
sostengo, pero sumémosle ahora el parking gratis y el trasporte público alemán:
absoluto primer mundo (una se va volviendo más sofisticada con el tiempo).
Estábamos a unas pocas cuadras de la estación de Tiergarten,
la que corresponde al principal parque de la ciudad, y en tren llegábamos hasta
Haupbahnhof, un gigantesco edificio de vidrio que es la moderna Estación
Central (se inauguró para el Mundial). ¿Para qué mentirles? El primer día tardamos
como 40 minutos en salir de la estación; tomábamos ascensores para arriba y
para abajo, pasillo para allá y para acá intentando dar con la combinación que
queríamos hacer. Eventualmente nos dimos por vencidos, salimos al exterior y
decidimos ir caminando.
Cruzamos el río Spree y entramos por un costado a la plaza del
Parlamento que, siguiendo la misma línea arquitectónica, es enorme. Al final de
una explanada de césped que se usa para los conciertos de verano y
espectáculos, se alza el edificio del Parlamento o Reichstag. A un lado está el asombroso edificio de la Cancillería
Federal que parece una construcción de la Guerra de las Galaxias. Uno se siente
pequeño al caminar por ahí entre tanto gigante de hormigón.
Del Parlamento lo que hay que ver es la famosa cúpula de
vidrio, desde donde se tiene una maravillosa vista de la ciudad. Las colas para
sacar entradas son incluso más famosas que la cúpula, pero nosotros teníamos un
as en la manga, un as gordito y babeante que nos facilitaría las entradas a
muchas cosas durante nuestra estadía en Berlín: Matías. Si algo hay que
destacar de los alemanes es que tienen más consideración que otros europeos
para las familias con niños. Punto para ellos. Siguen en negativo por lo de los
Nazis, pero van sumando (si contamos lo del transporte público, ya tienen dos
puntos).
El primer día llegamos a la entrada del Parlamento, donde se
congregaba una larguísima cola de gente, y temerosos preguntamos por nuestro
destino. Fue volver al día siguiente y con más determinación, y voilá: pasamos sin esperar ni un segundo
por los controles para acceder al edificio (después de todo, es el Parlamento
en funciones). La cúpula, hecha enteramente de vidrio, tiene una especie de
rampa que va subiendo en espiral hasta lo más alto y vuelve a bajar, de manera
que la afluencia de turistas (por muchos que haya) es muy dinámica. Unas audio
guías nos iban contando curiosidades del edificio y del Parlamento mientras
mirábamos hacia fuera la estupenda vista de la ciudad de Berlín. Es una visita
curiosa, recomendable y muy diferente a lo que uno esperaría de un edificio
gubernamental. El diseño de vidrio, tanto la cúpula como el techo de la sala de
legisladores, fue elegido como sinónimo arquitectónico de la honestidad política.
Así que tiene la curiosidad de que se puede ver para afuera hacia la ciudad y
para adentro hacia la sala legislativa. Les doy otro punto por honestos, o al
menos porque les quedó bonito el cuento. Una de las mejores cosas del edificio es
la galería fotográfica que hay en la base de la cúpula, donde se ve el
Parlamento a lo largo de los años y a los principales protagonistas de la
historia alemana.
Dejando atrás la plaza, nos adentramos en el centro de
Berlín y lo primero que apareció ante nuestros ojos fue la famosa Puerta de
Brandeburgo, otro gran testigo de la historia de la ciudad, magullada durante
las guerras y estrella de tantas fotos militares del régimen Nazi. Seguro la
tienen vista, es una construcción que recuerda vagamente a la Acrópolis de
Atenas, con enormes columnas redondas y, en la cima, una cuadriga de caballos que
llevan a la diosa Victoria mientras entra a la ciudad (todo este conjunto fue
llevado a París por Napoleón durante la ocupación de Berlín). En la época del
Muro de Berlín, esta célebre puerta quedó en tierra de nadie, en el espacio que
había entre los muros exterior e interior soviéticos que se conocía como la
Franja de la Muerte. Muy poca gente podía acceder a ella.

A un lado de Unter den Linden, justo detrás de la embajada
norteamericana se encuentra el Memorial a los Judíos de Europa Asesinados o el
Memorial del Holocausto. Es casi una manzana cubierta por 2711 estructuras de
piedra que parecen sepulcros. El conjunto es triste, apático y se presta a todo
tipo de fotos bobas que no se pueden hacer porque está prohibido pararse en las
pseudo-tumbas. El arquitecto expresó que estaba diseñado para producir una
sensación de confusión y la idea era que cada visitante sintiera algo distinto.
A mi me hizo sentir vértigo geométrico por segunda vez en mi vida (ver Érase una vez Roma) porque todo está en un ángulo horrible y el suelo parece
ondularse. Por lo demás, es feo y no solo lo pienso yo, tuvo todo tipo de
críticas no solo estéticas sino también morales, en parte porque solo recuerda
a los judíos europeos asesinados y no a todas las víctimas del Holocausto.
Quizás se merecían algo menos controvertido que se pareciera más a un memorial
y menos a castigar a los berlineses usándoles una manzana en la mejor zona de
Berlín para llenarla de sepulcros; pero la combinación entre espíritu alemán culposo
y diseñador judío morboso dio este resultado. No sé ni siquiera si puedo decir
eso… quedé muy confundida al respecto y un poco mareada. De cualquier manera,
sí vale la pena verlo desde el Google Maps (versión tierra), la imagen aérea es
asombrosa.
Volviendo a cosas más lindas que visitar, en algún lugar del
mapa de Berlín se halla el barrio medieval de Nicholas Quarter, al que le da su
nombre la iglesia medieval de San Nicolás. Aunque Berlín tiene una increíble
Catedral (Berliner Dom) que es preciosa, la de San Nicolás se destaca por ser
la más antigua de la ciudad, fue construida en 1220. El pequeño barrio es de
ensueño, quizás como la Berlín antigua…
En un barrio tan pintoresco, en una calle encantadora frente a la
iglesia, no podía faltar una tetería donde refugiarse del frío por un ratito y
tomarse un rico té con torta. Fue como tomar el té en la casa de esa tía abuela
que colecciona miles de adornos y tiene todos los juegos de porcelana
intermezclados. Un lugar entrañable.
Y una de las visitas que más me gustó y para mi sorpresa,
además, porque no me hacía demasiada ilusión, fue el Museo de Pergamon. De los
muchos museos que hay en Berlín (y hay muchos, hasta existe una Isla de los
Museos, donde se encuentra éste, entre otros), el de Pergamon es el más
recomendado y con razón. Otra vez hicimos uso de nuestro as gordito y sin
esperar un minuto pasamos la entrada al Museo (que, a decir verdad, está
bastante escondido para ser tan famoso). La curiosidad de este museo es que se
fue construyendo alrededor de los increíbles descubrimientos que se trajeron a
Berlín durante las campañas arqueológicas alemanas del 1900. Hay
reconstrucciones extraordinarias de varios edificios de la antigüedad. Las más destacadas
son la Puerta del Mercado de Miletus y sus pisos de mosaico; la Puerta de Istar
de Babilonia, una de las entradas a la muralla de la ciudad; y la Fachada de
Mushatta, con sus extraordinarios 30 metros de frisos decorados. Es
impresionante.
Como dato anecdótico vale la pena destacar que durante la
Batalla de Berlín, los soviéticos se llevaron algunas cositas del museo para
protegerlas. Hoy en día pueden verlas en el Museo Pushkin de Moscú o en el
Hermitage en San Petersburgo, todavía las protegen. Los alemanes, agradecidos.
El Muro de Berlín es uno de esos íconos históricos que
producen mucha curiosidad, yo misma me sentía terriblemente cautivada por él
aún sin saber bien la historia detrás. El muro se construyó la noche del 12 al
13 de Agosto de 1961 con el supuesto fin de proteger a la Alemania soviética de
la Alemania de dominio aliado. La ciudad de Berlín había quedado del lado soviético
pero al ser tan importante se la dividieron en dos mitades, una soviética y
otra de control británico, francés y norteamericano. El lado aliado de Berlín
quedaba como una isla en medio de un mar soviético, con lo cual, el fin
práctico del muro fue evitar que se les siguieran escurriendo personas del lado
soviético al vecino. Así fue que los berlineses amanecieron el 13 de Agosto con
el muro separando la ciudad en dos, con todo lo que eso significa. El tren y el
metro siguieron funcionando, pero pasaban de largo las estaciones del lado
occidental que luego quedaron como estaciones fantasmas.
Quizás lo que más atraiga de la historia del muro sean todos
aquellos intentos de cruzarlo, los exitosos y los fallidos. Se cree que 270
personas murieron tratando de atravesar el Muro. De los Check Points por los
que se pasaba el control de pasaportes, el más famoso fue el Check Point
Charlie. Por ahí era el paso de los extranjeros y allí estuvo a punto de
desatarse la tercera guerra mundial en un episodio de extrema tensión en plena
Guerra Fría. Hoy puede verse totalmente reconstruido y con dos soldados falsos
(uno americano y otro ruso) haciendo tonterías para que la gente se saque una
foto con ellos y la famosa garita (por la módica suma de 3 euros). Esto me
chocó un poco, la verdad (no lo de los 3 euros, lo de los soldados falsos), me
pareció un tanto ridículo y casi de mal gusto.
El Muro de Berlín cayó junto con el sistema que lo sostenía
en 1989 y los restos se pintaron con enormes dibujos recordando la era
soviética. Las infames paredes despertaron el genio creativo de talentosos artistas
y luego de turistas menos talentosos pero con igual intención de inmortalizar
su mensaje. La llamada East Side Gallery, una de las franjas del muro exterior
que queda junto al río (en un barrio donde todavía se tienen en pie algunos
pocos edificios decrépitos) se ha convertido en un lienzo donde los mensajes
más inverosímiles compiten por un lugar con los dibujos originales.
![]() |
"El hombre que nunca acababa las fra..." |
![]() |
"Para cuando vengas Nicolás te dejo un beso" |
Como contrapartida de lo que representó el Muro, al otro
lado de la ciudad existe uno de los lugares más modernos de Berlín: la zona de Potsdamer
Platz. Algún día fue la plaza más concurrida de Europa y el escenario del
crecimiento hotelero de Berlín, pero quedó abandonada tras la Segunda Guerra
Mundial y durante la construcción del Muro permaneció en tierra de nadie, entre
las franjas soviéticas y americanas. Hoy en día es un barrio de complejos edificios
y zonas de ocio muy elegantes, entre ellas la que más destaca quizás sea el
Sony Center por su insólito diseño circular y con un techo que parece una palmera
gigantesca que se ilumina de colores. Es el lugar ideal para salir a cenar en
la ciudad.
Así es Berlín: moderna y pujante, a la vanguardia de Europa
en muchos aspectos, pero con una gran cicatriz histórica que todavía atraviesa
sus calles. Es una ciudad que se esfuerza por redefinirse y dejar atrás su
pasado. Para ello, recibe día a día a los turistas con mucho más que viejas
historias del Nazismo, afortunadamente. La vida continúa y la historia se le
acumula. Por suerte las paredes del Muro y el Memorial del Holocausto hoy solo
son puntos turísticos y no más impresionantes que el Museo de Pergamon. El
tiempo dirá, ustedes dirán.