22 de marzo de 2013

Ámsterdam: de éste lado de la cortina


Si hablamos de Ámsterdam a todo el mundo se le vienen dos cosas a la cabeza: la marihuana y el barrio rojo. Pocos sabrán que en esa ciudad se encuentra uno de los edificios de la Compañía de las Indias Orientales, que allí se creó el primer sistema de peaje del mundo y que durante un tiempo estuvo prohibida la religión católica.

Ámsterdam es mucho más que cannabis y prostitución, pero no les molesta ser conocidos mundialmente por esas dos cosas. Son primero negociantes, y allí donde algo produce dinero poco tienen que hacer las discusiones éticas.

Empecemos por el principio. Ámsterdam es la capital de los Países Bajos, a los que también llamamos Holanda, pero hacemos mal, ya que Holanda es solo la provincia en la que se encuentra Ámsterdam (y también un bocadito). La fundaron dos pescadores en la orilla del río Amstel en 1275, y desde aquel momento floreció como base de comercio. En el siglo XVII se construyeron canales semicirculares alrededor del centro histórico. Sufrió dos conflictos bélicos importantes: la guerra de independencia de España (llamada Guerra de Flandes) y la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial (de la que tal vez recuerden a Anna Frank).

Compañía de las Indias Orientales
A los poco observadores (o simplemente, ignorantes), los Países Bajos no nos parecen una gran potencia mundial pero, en una época se codeaban con los colonizadores europeos, como España, Portugal e Inglaterra. Durante su búsqueda del llamado “paso norte” que conectara los océanos Pacífico y Atlántico, descubrieron y fundaron Nueva Ámsterdam (dicen que compraron la isla de Manhattan a los indios lenapes por 25 dólares). Luego se la vendieron a los ingleses por el territorio de Surinam, y éstos la llamaron Nueva York.

Hoy en día, conquista otro tipo de terrenos. Con sus 750.000 habitantes, Ámsterdam se caracteriza por ser la ciudad más liberal de Europa. ¿Por qué? Fácil: su amplia comunidad gay, la prostitución y el consumo de marihuana. Asuntos con los que (se imaginarán) no estoy como pez en el agua pero que de todos modos intentaré abarcar por el bien de la cultura.


Sodoma y Gomorra pero con tarjeta de crédito

Punto número uno (no se me pongan impacientes, voy a empezar por lo que verdaderamente les interesa): la prostitución. Es legal pero está fuertemente reglamentada. Las prostitutas alquilan una especie de vidrieras en las calles del llamado Barrio Rojo. Aunque está bastante extendido por el centro histórico, hay calles que son todas vidrieras y otras en las que es más esporádico, algo así como: farmacia, Zara, prostituta, Starbucks, prostituta, ferretería.

Las vidrieras están iluminadas con luces rojas (de ahí el nombre del barrio) o azules (ojo al piojo, que las azules son de transexuales). El número de vidrieras que hay en la ciudad está limitado, no pueden abrirse más, pero es un negocio muy rentable, las prostitutas suelen hacer entre 2.000 y 3.000 euros por día. De hecho, el gobierno quiere achicar este barrio, así que hace unos años empezó a comprar vidrieras para transformarlas en otra cosa. No hay prostitutas en la calle, no se puede sacar fotos, no hay obligación para las prostitutas de hacerse controles médicos y no hay madamas ni guardaespaldas (supuestamente). 

Oude Kerk (la iglesia del Barrio Rojo)
El Barrio Rojo lleva toda una vida funcionando, desde el 1200 (aunque, por suerte, las prostitutas se van renovando). Se creó para “atender” a la enorme cantidad de marineros que desembarcaban en la ciudad. Los marineros, sedientos, cariñosos y culposos, contribuyeron al enriquecimiento de la ciudad aportando sus jornales en tres rubros: los bares y su venta de alcohol, las prostitutas y la iglesia, que cobraba un pequeño canon por absolver sus pecados (incluso dicen que ir a la iglesia a confesarse era lo primero que hacían luego de pisar tierra, tramitaban una absolución a priori por los pecados que iban a cometer). Inteligente, religión de avanzada.

Esta zona es sumamente turística, de hecho se nutre más de turistas que de holandeses. Por sus calles se ve vagar a todo tipo de gente, desde grupos de chicos jóvenes con más ganas que euros, tours de jubilados semi horrorizados, y mujeres causándose un trauma psicológico viendo esos cuerpos perfectos (porque la mayoría de ellas son impresionantes, viven de eso). Y luego están los clientes, que se acercan a las vidrieras a negociar el precio antes de entrar (50 euros el básico de 15 minutos) y se sumergen detrás de la cortina. El vidrio y esa cortina es lo que nos separaba a los inocentes peatones (jejeje) del acto amoroso pago. Es un negocio así que, una vez dentro, la prostituta puede ir variando el precio según lo que desee hacer el cliente. Incluso hay un record: 7.000 euros con un solo cliente.

Además de prostitutas, en el Barrio Rojo se pueden encontrar cientos de patos (evidentemente degenerados) que nadan en sus canales, quizás atraídos por la iluminación roja del barrio; miles de sex shops y tiendas eróticas, hoteles gay y teatros eróticos. Unas curiosas cabinas donde por dos euros se pueden observar, durante unos minutos, mujeres desnudas en vivo (y también las inquietantes caras de los otros clientes en las ventanillas de alrededor); y clubes de sadomasoquismo, que parecen cerrados a cal y canto, los distingue una bandera característica. Cuando están abiertos, se enciende una luz y se supone que uno toca el timbre y ahí que Dios te ayude.

El canal del Barrio Rojo lleno de patos
Cubierto el Barrio Rojo, paso a la marihuana: El consumo de cannabis está permitido pero, de nuevo, muy reglamentado. Se vende en los llamados Coffee Shops que son verdaderas cafeterías, donde uno puede fumarse un cigarrillo de marihuana y tomarse un café latte. Pero no se engañen, todos están ahí por la marihuana… creo que el café viene de complemento. Desde afuera se ven como pequeños tugurios llenos de humo, no demasiado atractivos, pero la ciudad está llena de estos Coffee Shops y todos parecen tener éxito. Supuestamente, no se puede consumir en la calle, pero esta regla no se cumple a rajatabla.

También el sistema de los Coffee Shops es un gran negocio del que el gobierno se lleva cuantiosas sumas en impuestos, y que vive más de los turistas que de los locales (se dice que solo un 7% de los holandeses fuma marihuana). Al cabo de dos días en Ámsterdam caí en la cuenta de que sus dos atractivos internacionalmente conocidos están creados para los turistas. La aparente liberalidad de la ciudad está muy teñida de negocio y dinero, lo cual no está mal, pero lo digo porque me sorprendió descubrir este detalle.

De éste lado de la cortina (la roja de las vidrieras y la de humo en los Coffee Shops) todavía queda mucho por ver y descubrir en Ámsterdam.

Plaza Dam

La plaza de Dam es el centro neurálgico de la ciudad y de ella parten bonitas peatonales, fue construida sobre la primera presa que unió las dos márgenes del río Amstel. Los edificios que la rodean son magníficos, entre ellos destaca el Palacio Real, la Nieuwe Kerk (o iglesia nueva) de estilo gótico, el Museo de cera de Madame Tussauds y un obelisco para conmemorar los caídos en la Segunda Guerra Mundial.

Los holandeses son gente marítima, se sienten más a gusto en el agua que en la tierra, tal vez por eso construyeron 100 kilómetros de canales que servían para el traslado de los habitantes, para que ingresaran los barcos con mercaderías y como barreras naturales de protección. Los canales de Ámsterdam son de agua dulce, se nutren de los ríos, y en ellos se renueva el agua abriendo y cerrando un sistema de exclusas (las antiguas son de madera y todavía pueden verse en algunos canales).


El paseo por los canales de Ámsterdam es uno de los más bonitos, algunos canales cruzan zonas residenciales de edificios hermosos, con el estilo arquitectónico típico de esta zona. La arquitectura holandesa es otro gran atractivo de la ciudad: todas las construcciones eran originariamente de madera, ahora solo quedan tres casas antiguas de madera para visitar, el resto es de ladrillo. Las casas son altas y alargadas (se supone que las familias ricas tenían las casas más anchas) y con techos llamados “a dos aguas escalonados” que le dan ese aspecto tan característico. En algún lugar cercano al techo se hallan vigas con un gancho que salen de la fachada, esto servía (dada la angostura de las casas y sus escaleras imposibles) para subir y bajar mercadería o muebles, y entrarlos por las ventanas. Las casas, inclusive, tienen una leve inclinación hacia delante para que las cosas no fueran golpeando contra la fachada (y de paso rompiendo ventanas) todo el tiempo. Práctico pero muy inquietante a simple vista.

De Waag
El antiguo barrio judío quedó destruido luego de las persecuciones nazis y del peor invierno de la historia de Ámsterdam, en que la gente ingresaba a las casas vacías en busca de cualquier madera que quemar. Se lo reconstruyó siguiendo la línea art nouveau y les quedó francamente feo, en mi opinión. Pero vale la pena visitar la cercana plaza de Nieuwmarkt, en ella se encuentra un edificio medieval conocido como “de Waag” que fue una de las puertas de la muralla que rodeaba la ciudad. Luego se usó para pesar mercaderías y cobrarles un impuesto, convirtiéndose en el primer sistema de peaje del mundo; más tarde fue teatro anatómico, donde se practicaban autopsias educativas (Rembrandt pintó un cuadro sobre esto); la plaza sirvió a los nazis para agrupar judíos que iban camino a los campos de concentración y como lugar de ejecuciones públicas, hasta contó con una guillotina. Hoy en día, ese edificio es un bar.

Porque hay algo que me asombró mucho de esta ciudad: no les importa nada (en el buen sentido). Sorprende descubrir antiguas iglesias que hoy son museo o restaurantes, también molinos que son bares y casas que son iglesias. Esto último sucedió a raíz de la prohibición de la jerarquía católica en el siglo XVII, durante la cual, los fieles convirtieron casas en iglesias secretas (por fuera se respetaba la fachada de la casa original para no llamar la atención).

También en Ámsterdam se encuentra la primera Bolsa de Comercio del mundo, establecida en 1602, y el edificio de la Compañía de las Indias Orientales que se encargaba de manejar las actividades coloniales en Asia y considerada la primera multinacional de la historia.

Las guías turísticas recomiendan visitar el Mercado de las Flores y, aunque hacía 0 grados centígrados, me ilusioné con ver flores y los famosos tulipanes de Holanda. Lo que nadie te explica es que solo hay flores en potencia, porque los puestos venden los bulbos en paquetitos que no causan demasiada gracia. Pero el paseo no fue en vano porque nos metimos en una de las muchas tiendas de quesos y probamos unos cuantos tipos de gouda (nosotros y todos los otros que habían llegado hasta el Mercado de las Flores por Nacer y no sabían qué fotografiar).

En cuanto a museos (vean que dejé para lo último lo más aburrido, solo los ávidos lectores habrán llegado hasta acá), destacan el museo nacional Rijksmuseum, la casa de Anna Frank, el Museo de Van Gogh y el Hermitage, que fue al único que fuimos porque ahí se encuentra temporalmente la colección de pinturas de Vincent Van Gogh. Está exhibida de manera elegante y dinámica, tanto que no hace falta saber nada de él para entrar, un video sobre su vida lo explica todo: era un autodidacta de la pintura que aprendió copiando, incapaz de quedarse quieto en un solo lugar, amante de todos los colores, un genio que se volvió un poco loquito y, aunque se desquitó con su pobre oreja, ni aún así dejó de pintar obras maestras.

Las casas flotantes 
Ámsterdam es, evidentemente, mucho más que marihuana y prostitutas, dos actividades de esparcimiento que, desde aquellos marineros necesitados, se nutre más de extranjeros que de locales. Pero es muy cierto que los holandeses son súper liberales y poco les importa lo que uno hace en su vida privada, quizás es por eso que todo lo creativo y lo experimental sucede en esa ciudad, y en todos los sentidos. Hay lugar para toda clase de locos, siempre que paguen impuestos.

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