Phuket es un paraíso creado a medida, pero va un paso
más allá que el Caribe en cuanto al entretenimiento. De entrada, les podría
decir que es el paraíso masculino: los tragos son baratos, las prostitutas amables
y la oferta cultural nula; pero entonces me criticarían por ser injusta (con
acotaciones como “A mi novio le encantan los museos”) y también por discriminar
a la comunidad homosexual que seguramente no se ajuste a estos simpáticos
estereotipos masculinos. Aún así, nada de lo que dije es mentira: la cantidad y
diversidad de prostitutas (y de “lady boys”, su versión travesti) es insólita,
los tragos son baratos (al menos para los estándares europeos) y se sirven en
bares donde las chicas bailan en los caños; y la oferta cultural se limita a
algún que otro show de fantasía, donde los animales hacen piruetas en un
escenario (se ve que la protección animal solo llegó hasta las ratas
bangkokenses, los elefantes phuketianos se quedaron afuera).
Para el público femenino quedan las excursiones a
lugares donde alguna vez se filmaron películas como “James Bond” y “La Playa”,
con Leonardo Di Caprio (no seamos anti-estereotípicas tampoco, debemos admitir
que el solo hecho de nombrar estas cosas nos atrae como moscas). También se pueden
visitar otras islas, como a la de los Monos (que distan mucho de ser tiernos,
pero se ven lindos en las fotos) y hacer snorquel, una actividad familiar,
desligada a cualquier inclinación sexual y respetuosa con la naturaleza.

Volábamos en avión rumbo a
Phuket y por la ventanilla (después del ala, por supuesto) se aparecieron
decenas de islitas que sobresalían en medio del mar. Todo se veía azul y
paradisíaco. Ya en el hotel nos recibieron dos mujeres con el saludo tradicional
tai. Nos dieron te y toallas húmedas para refrescarnos, y una de ellas fue a
dar un “gong” de bienvenida, al estilo de las películas. Casi la atajamos cuando
vimos lo que se proponía (hubiera creído que el gong era para huéspedes más
ilustres), pero después pensé “nosotros somos huéspedes ilustres” y
“goooooong!”, molestamos a todo el hotel con nuestra llegada.

Aunque en la recepción nos
dieron todo tipo de indicaciones y de horarios (yo nunca logro prestar atención
al horario ni al lugar donde se sirve el desayuno), lo único que grabó en su
memoria mi marido fue que de 5 a 6 de la tarde servían frutas gratis. ¿Para
qué?, me pregunto yo. Si tengo que hacer un escándalo para que se coma una
mandarina… Allá fue él a conseguirse un plato de frutas tailandesas y me lo
trajo con tal entusiasmo que no pude rechazarlo. Por supuesto que al segundo
mordisco mi marido se aburrió y se puso a explorar la playa, y me dejó a mí con
las poco apetecibles frutas tailandesas, una de las cuales me desconcertó tanto
(parecía una cabeza de ajo) que empecé por la cáscara. Alejo, haciéndose el
nativo conocedor, me reeducó sobre las partes comestibles.
El hotel, en la bahía de
Andaman, se abría lugar a duras penas entre la espesa vegetación tropical que
bajaba hasta la playa. Parecía como si en cualquier momento se fuera a tragar
una de las habitaciones. Eso es parte del encanto de Tailandia, todavía tiene
bahías y rincones que parecen “vírgenes”.

Creo que realmente me sentí
en Phuket cuando por fin llegué a la playa del hotel. Pisé la arena, que se me
escurrió entre los dedos de los pies, y me olvidé por un momento de los
riachuelos con ratas y cucarachas en Bangkok. Al fin la playa, una reposera, la
puesta de sol maravillosa y palmeras apuntando en la dirección correcta. Aunque
entre mis pies de nuevo corrían animalitos…esta vez unos cangrejos blancos muy
difíciles de ver, pero que huían a cada paso que dábamos. Es otra de las cosas
que tienen las playas casi vírgenes además de flora: fauna. Del mar pudimos
disfrutar poco, ya que estaba especialmente bravo (revolcón por el lecho
marino-bravo). Pero al final del día nos sentamos a tomar el té en nuestro
increíble balcón con vista al mar. ¿Qué más se puede pedir?
Según Alejo, una moto. Así
que alquilamos una moto. ¿Por qué no? Si nos encanta hacer el tonto en países
extranjeros… Con cascos y todo, aunque el mío era mucho más cool porque era negro. Primero hubo que llenarle
el tanque y cuando ya llevábamos unos cuantos kilómetros sin ver estaciones de
servicio occidentales, nos convencimos de que el sistema local
aprovisionamiento de nafta eran esos surtidores que veíamos en los patios de
las casas, con un cartelito que decía “Gasoline”,
escrito en aerosol. Una señora nos bombeó 200 bahts de nafta mientras yo sacaba
una foto, los vecinos rieron un rato de nosotros y seguimos camino.
Bordeamos la isla por la
carretera que va junto a la costa. La primera parada fue Surin Beach, una playa
gigante con reposeras y sombrillas para alquilar, y el mar tranquilo como una
laguna. La mayoría de las playas en Phuket son así, digamos públicas. Hay muy
pocos hoteles que tengan su bajada a la playa, o inclusive su playa privada. Es
el viejo sistema veraniego estilo argentino: caminás unas calles y estás en la
playa, accesorios aparte. Por ponerles un ejemplo, el Novotel que está en plena
construcción tiene un cartel de propaganda que dice “Build a hotel at the beach, they said” (“Construye un hotel en la
playa, dijeron”) y aún así, ¡no está en la playa! Como para que no haya
sorpresas…
Con la panza llena de bananas
fritas, seguimos camino hasta la famosa Patong Beach, el lugar donde está todo
en Phuket. Y con “todo” me refiero a los inofensivos entretenimientos locales
como restaurantes tai, hoteles, agencias de viajes donde contratar excursiones
y cientos de salas de masajes; y también, por supuesto a los otros:
prostitutas, “lady boys”, bares donde ver bailes del caño (o “pole dance”) por
el precio de una consumición y shows eróticos de todo tipo (incluyendo uno muy
perturbador donde las chicas expulsan pelotitas de ping-pong por lugares donde
no debería haber pelotitas de ping-pong).

La peatonal de Patong Beach
de noche se convierte en una gran góndola de productos sexuales… casi todos
para el público masculino (y las consabidas lesbianas y/o demás colectivos
sociales que pueda estar dejando de lado con mis categorías simplistas de
“femenino” y “masculino”). Pero eso no quiere decir que solo haya hombres, para
nada, hay gente como si paseáramos por la peatonal de Mar del Plata. Esa es
otra parte del atractivo local: lograr que todos vayamos a sentirnos incómodos
a la misma peatonal. La gente se distribuye entre los bares, los shows o
simplemente pasea por ahí, deteniéndose para mirar los “lady boys”
alucinantemente vestidos de cabaret o para quitarse de encima al lémur que te enchufan
constantemente para que te saques una foto. Con amabilidad rechacé unas quince
mil veces el show de ping-pong (prefería volver al campo de concentración en
Dachau) y al pobre lémur. Pero tuve que ceder con lo del bar (a riesgo de que
Ale decidiera volver por su cuenta hasta Patong Beach).

A pocos centímetros de mi
trago tenía un zapato de taco y plataforma. La dueña, una rubia vestida de
guardia-cárceles sexy (después de todo estábamos en la barra del bar llamado
Pussy’s Penitentiary), se movía lánguidamente agarrada al caño que bajaba desde
el techo. Dejando de lado lo insólito de la situación, yo me preguntaba
sinceramente si no patean los tragos de los clientes de vez en cuando… A nadie
más parecía preocuparle esta cuestión. Todo el mundo tenía los ojos puestos en
otra barra, más allá, donde una habilidosa tailandesa subía y bajaba por el
caño con unos malabares dignos de un circo. Definitivamente poco sexys para mi
gusto, pero asombrosos (esa mezcla entre sexy y desagradable que logran allí
con tanta facilidad).
Se nos hizo más tarde de lo
que queríamos y emprendimos el largo regreso al hotel (a unos 20 kilómetros de
Patong Beach) en nuestra motito justo cuando empezaba a llover. Por suerte,
teníamos nuestras capas plásticas del diluvio anterior, así que le agregamos a
la vuelta en moto, de por sí bastante ridícula por la ruta, de noche y bajo la
lluvia, unas túnicas de colores que flameaban con la velocidad. Por supuesto
que nos perdimos. El GPS del teléfono de Ale solo nos confirmaba que estábamos
en algún lado de Phuket, lo cual era bastante tranquilizador, pero no ayudaba
mucho. Así que, mapa en mano, nos detuvimos a pedir direcciones al primero que
vimos: un amable “lady boy” entrado en años que, cuando le dijimos a dónde
queríamos ir, gritó “uuoooiiii! Very far!”
(muy lejos) y nos indicó el camino. Ale desconfió y agarró para otro lado, y
nos volvimos a perder, pero eventualmente llegamos.

Al otro día, más de lo mismo:
vuelta a Patong Beach en moto para tomar la excursión a Phi Phi Islands. Ya
llovía cuando salimos del hotel así que una hora después, cuando entramos en el
pueblito de Patong, estaba todo inundado. Era difícil distinguir el río en el
que se había convertido la peatonal, del mar. Cuando el nivel del agua empezó a
subir peligrosamente y había que frenar sumergiendo las patas en el río
amarronado, Alejo decidió (en una arriesgada maniobra del tercer mundo) subirse
a la vereda y continuar por ahí, siguiendo a un local que se había decidido por
la misma maniobra.
Cientos de combis llenas de
blanquitos extranjeros como nosotros, formaban un atasco que se trasladó hasta
los embarcaderos desde donde salían las excursiones. Luego de un discurso sobre
la necesidad de comprar las patas de rana debido a los erizos asesinos que
poblaban el lecho marino en los alrededores (no las compramos, no teníamos ni
un baht) y también de comprar maníes para los monos y pan para que los peces
vinieran a nosotros mientras hacíamos snorquel (no lo compramos, decidimos ver
los peces desde lejos o bien, acercarnos a algún turista poco despabilado que
hubiera comprado pan); salimos en una lancha rápida que daba saltos entre las
olas rumbo a Maya Beach.
Maya Beach es donde se filmó
la película “La Playa”, con Leonardo Di Caprio, que trata de cómo dos amigos huyen
de la vida consumista, capitalista y muchos “istas” más y se instalan en una
isla desierta donde cultivan sus propios alimentos y, más importante,
marihuana. Todo termina muy mal y la idílica sociedad salvaje se va a la
miércoles. En nuestra excursión, caímos en la secuela de la película (“La Playa
II”, vendría a ser) donde una aglomeración de turistas desembarca Maya Beach e
intenta tomar la foto imposible: la de la playa desierta. Miles de personas van
y vienen por esta playita paradisíaca y cada tanto las olas se llevan a
algunos, que van a dar contra la infranqueable hilera de lanchas paradas en la
orilla.

El color del agua en ese
rincón del mundo es absolutamente increíble, turquesa. Y en medio de este
océano turquesa, se alzan formaciones enormes: las islas, con sus gigantescas
paredes cubiertas de vegetación. La combinación crea un emplazamiento de
ensueño, de películas de náufragos y sociedades idílicas. Esto sí que era mi
idea de Tailandia.
La siguiente parada fue
Monkey Island. Los monos violentos se hallaban en una
pequeñísima playa al final de un acantilado. Se subían y bajaban de los árboles
observándonos y sobre todo, mirando si teníamos comida. Los entusiastas que
habían llevado bolsas con maníes pronto descubrieron que los monos no iban a
quedarse esperando que los alimentaran de a dos o tres maníes por vez y,
mientras le sacaban la foto con un simpático monito que pelaba un maní, los
otros se dedicaron a robarle las bolsas. Así son los monos: rápidos y prácticos
(hasta ponen un monito de señuelo). También se robaron un agua mineral, parece
que estaban atorados de tanto maní, y huyeron por los árboles. No sin antes
aterrorizar a los adultos con unos alaridos llenos de colmillos. Los niños ya
estaban escondidos en la comodidad del barco luego de que la guía exclamara
"They don't like children!"
(no les gustan los chicos) y un mono gritara para confirmarlo. Las fotos, de
cualquier manera, salieron maravillosas. Divinos, los monitos.
La siguiente parada fue una isla cuyo nombre ya
no recuerdo pero se parecía mucho a la de Jurasic Park, con una enorme
explanada de pasto verde y la selva alrededor. Casi podía imaginarme a los
brontosaurios caminando con lentitud por ahí.
El snorquel fue increíble (aún sin patas de rana
que nos protegieran de los erizos asesinos que estaban confortablemente ubicados
a unos 10 metros de profundidad). Los peces de colores nadaban alrededor
nuestro y cuanto más quietos nos quedábamos, más se acercaban a vernos y hasta
nos tocaban. Y enormes ostras de color violeta se cerraban violentamente cuando
les pasábamos cerca. Una escena oceánica en alta definición y en vivo.
Cuando una nube enorme que anunciaba la tormenta
se empezó a acercar por el horizonte, fue hora de volver, ya habíamos explorado
unas cuantas islas en nuestra aventura de naufragio multitudinario. Aunque la
cantidad del gente al ras del suelo provoque confusión, lo salvaje de estas
islas sigue estando ahí: basta mirar hacia el interior de la selva, con sus
sonidos misteriosos y sus oscuridades, o imaginarse en la punta de esos
acantilados de piedra donde no debe haber ni un signo de civilización, para que
un escalofrío te corra por la espalda.
Nuestra cena de despedida fue lejos del bullicio
y los zapatos con plataforma de Patong Beach, la tuvimos en el restaurante de
la playa, comiendo delicias locales exageradamente caras y disfrutando del
reflejo de la luna en el mar. Hay cosas que el dinero sí puede comprar y para
eso está. Después de tantas aventuras insólitas y viajes en moto bajo la
lluvia, nos merecíamos una cena romántica y a unos pasos de nuestra habitación.
Cairo, aeropuerto, 14:05
21/10
Todo indicaba que íbamos a
salir tarde mientras esperábamos en el aeropuerto del Cairo junto a media
población africana y media árabe. La vuelta a casa se iba a hacer aún más
larga… ¿Aunque cómo puede ser más larga una vuelta que incluye un taxi al
aeropuerto de Phuket, un avión a Bangkok, colectivo al otro aeropuerto de
Bangkok, avión a Cairo (escala de siete horas y excursión incluida), avión a
Estambul y un taxi a casita (que, por supuesto, está de nuevo del lado
asiático)? Asia, África, Europa y Asia nuevamente: tres continentes en 30 horas.
De pronto el mundo no parece tan grande, todo está a unos aviones de distancia…