En este país siempre sorprende llegar a los lugares porque todas sus estructuras delatan la cantidad de gente para las que están hechas. Aterrizamos en Xi’an, una ciudad que, en mi radar, iba a ser un pueblo chino… Pues no: terrible aeropuerto de varios pisos que hace que la terminal nueva de Ezeiza parezca un kiosco. Hay mucho dinero en China, desde luego, pero sobre todo, hay mucha gente.
31 de diciembre de 2013 12:30 hs.
En el avión rumbo a Beijing.
Xi’an es una de las ciudades más antiguas de China, con más
de 3.100 años de historia. Es el punto donde comenzaba la famosa Ruta de la Seda
(que conectaba Asia con el Mar Mediterráneo a través de 6.400 kilómetros) y el
hogar del llamado Ejército de Terracota, un ejemplo de la realidad superando,
una vez más, todas las leyendas.
El territorio de la China moderna comenzó a formarse de la
mano del ligeramente psicótico Qin Shi Huang, quien fue el responsable de
unificar los distintos reinos que había hasta ese momento. Tras las guerras de
unificación, en 221 a.C., se erigió como el primer emperador de China y el creador
de la dinastía Qin (que se pronuncia “chin” y da nombre a China).
El joven emperador, que heredó el trono a sus escasos 13
años, también fue quien ordenó construir una muralla para proteger su reino de
los nómades del norte. Esta impresionante obra, que empleó miles de personas,
era más bien una unión de las murallas pre-existentes en cada estado, y fue la
precursora de la Gran Muralla China.

Como toda persona supersticiosa, el joven Qin era muy susceptible
a los engaños, tanto fue así que murió durante una travesía, bebiendo una de
esas pócimas que debieran haberlo hecho inmortal. Por miedo a que el nuevo
imperio se desmoronara, el Primer Ministro y algunos de sus eunucos, ocultaron
su muerte durante el viaje de vuelta a la ciudad de Xi’an. Enmascaraban el olor
del cuerpo en descomposición, le cambiaban la ropa todos los días, e incluso
tenían largas conversaciones con el difunto para aparentar que seguía rigiendo
su imperio.
A pesar de sus incansables esfuerzos por hallar el secreto
de la vida eterna (y tal vez por culpa de ello), el emperador Qin Shi Huang se murió
y fue a parar a la tumba y mausoleo que él mismo había mandado a construir.
Cuenta la historia que se eligió el Monte Li para construir
su tumba, porque era un lugar propicio geológicamente (tengan en cuenta que las
creencias de la época daban mucha importancia a los elementos). Y, aunque la
Wikipedia dice que se emplearon 700.000 trabajadores en su construcción,
nuestra guía en Xi’an nos dijo que habían sido millones. La tumba principal de
Qin (debajo de un monte piramidal) todavía no ha sido excavada, principalmente
porque no se sabe cómo conservar las reliquias que esperan encontrar en su
interior, así como también los coloridos pigmentos con que están recubiertas
algunas figuras.
Rodean la tumba, cuatro pozos principales (y se cree que muchos
otros más pequeños) con los Guerreros de Terracota: la recreación de un
ejército completo que debía proteger al emperador luego de su muerte. El pozo
principal tiene una profundidad de 7 metros y contiene 6.000 figuras, entre guerreros
de diferentes rangos, caballos e impresionantes carrozas. Es como ver un hangar
de aeropuerto solo que, en vez de un avión, hay miles de soldados de arcilla
formados en filas, como un ejército listo para marchar.
El Ejército de Terracota fue descubierto en 1974 por unos
granjeros que perforaban la tierra en busca de agua. Cuando los arqueólogos
comenzaron a excavar la zona hallaron más y más pozos con guerreros, todos
parecían estar rodeando la tumba del emperador Qin, protegiéndolo del este (que
era donde estaban los territorios conquistados). Las mayor parte de las
figuras, a pesar de haber pasado casi 2000 años desde su construcción, estaban
en muy buen estado, incluso conservaban las armas afiladas gracias a una
aleación metálica especial. Los colores con que estaban pintadas, al entrar en
contacto con el aire, pronto comenzaron a desprenderse y a desaparecer, así que
los guerreros que pueden verse hoy en día son de color terracota (nunca mejor
dicho).
Pero lo verdaderamente impresionante de estos guerreros, una
vez que uno logra superar la majestuosa visión del ejército por completo, es que
cada uno de ellos es único, no hay dos iguales. Cuenta la leyenda que se
reprodujo en terracota a un ejército real: uno por uno, todos los guerreros
fueron imitados con sus ropas, sus armas, sus expresiones e incluso la forma de
sus dedos. Es algo increíble.
Lo gracioso es que cuando los arqueólogos los desenterraron,
algunos de ellos estaban desarmados y, para volver a armarlos, no valía ni
cualquier brazo, ni cualquier cabeza. Cada figura es única. Un verdadero
rompecabezas de lujo.
Cuando uno descubre el nivel de detalle de los guerreros,
tiene la inclinación de ir mirándolos uno por uno, como si, de no hacerlo, nos
estuviéramos perdiendo algo o, mejor dicho, a alguien. ¡Tarea imposible, si las
hay! Puesto que son miles, y los miles que quedarán por desenterrar todavía…
El lado oscuro de la historia es el que vino después de la
creación del Ejército de Terracota, cuando lo importante era guardar en secreto
la ubicación del mausoleo del emperador (probablemente lleno de reliquias
invaluables y lujosas armas). Y qué mejor forma de guardar un secreto que…
llevándoselo a la tumba. Así que el señor emperador Qin, básicamente, se dedicó
a matar a un montón de personas; incluidos, presumiblemente, los propios
guerreros que mandó a reproducir. Murieron artesanos, obreros, guerreros e
incluso granjeros que pasaban por ahí y veían las obras de construcción del
mausoleo. Murieron tantos que es imposible hacer el cálculo (además no quedó
registro de ello, por supuesto), pero nuestra arriesgada guía nos dio un número
tentativo: dos millones de personas. Y las demás, calculo que captaron la idea.
Xi’an tiene aún mucho más para ver, algo que evidentemente,
no sabíamos al organizar el viaje. Pero sí pudimos dar una vuelta por la ciudad
y sorprendernos con la maravillosa Pagoda del Ganso Salvaje Gigante, que
contiene figuras de Buda traídas desde la India; la Torre de la Campana,
ubicada en un lugar privilegiado y brillando de luces; la antigua muralla de la
ciudad y también caminamos por el simpático barrio musulmán (Xi’an fue la
primer ciudad china en abrazar el Islam), con sus coloridas peatonales llenas
de puestitos que preparan la comida en la calle. Vimos revolear noodles por el
aire para hacerlos más y más finos, golpear un bodoque de caramelo hasta
hacerlo turrón y freír cosas inverosímiles en aceites de dudosa virginidad.
Esto sí que es China.