5 de junio de 2014

La reina de la selva: Cataratas del Iguazú

De las siete maravillas del mundo moderno tuve la inmensa suerte de conocer cuatro (el Coliseo, el Cristo Redentor, la Muralla China y Machu Picchu) Y aunque sea tan solo una lista, y en realidad haya muchas más (me encantaría incluir la increíble silueta de Nueva York o la vista aérea del Bósforo dividiendo continentes en Estambul), tiene cierta importancia decir que uno estuvo en una maravilla del mundo.
 
No sé si las maravillas humanas son mejores o peores que las naturales. Pienso en Machu Picchu, en la Muralla China o en el Coliseo de Roma, y uno no puede dejar de asombrarse ante lo que somos capaces de hacer. Pero también es verdad que resulta imaginable. No es tan descabellado hacerse una idea de los sueños arquitectónicos de una civilización antigua. Yo también, si hubiera sido Emperador todopoderoso hubiera mandado a construir una muralla, hubiera decorado la colina más alta o me hubiera hecho un castillo en la profundidad de la selva.

Con la naturaleza, en cambio, estamos en la oscuridad: nada nos prepara para lo que la naturaleza es capaz de crear. El mejor ejemplo que haya visto hasta ahora está en la provincia de Misiones, Argentina y se llama Cataratas del Iguazú. Una verdadera maravilla del mundo natural. Tal vez por ser la propia, la que considero nuestra, es que tardé tanto tiempo en visitarla. Quizás me vino bien darme una vuelta por el mundo antes, para apreciar sin dudas lo imponente que resulta.

Empecemos por el principio: en el límite noreste del país, donde la Argentina tiene frontera con sus vecinos Brasil y Paraguay, se encuentra el Parque Nacional Iguazú, cuyo nombre viene de la expresión guaraní “agua grande”. Las Cataratas del Iguazú fueron descubiertas en 1542 por el español Álvar Nuñez Cabeza de Vaca, alertado por el estruendo en la selva. Aunque las llamó Santa María, con los años volvieron a su nombre guaraní original. La mayor benefactora fue Victoria Aguirre cuya donación se considera la fundación de la ciudad en 1901. Las Cataratas consisten en 275 saltos de agua y pertenecen en un 80% a la Argentina y el resto son brasileñas. La expresión popular “en Brasil se ven, en Argentina se viven” es totalmente cierta, hay que estar en suelo brasileño para sacar la magnífica foto de los saltos, arcoíris incluido.

La perla de las Cataratas (nótese que me refiero a ellas con “C” mayúscula, todas las demás cataratas del mundo deberán arrodillarse ante ellas) es sin duda la Garganta del Diablo, un salto de 80 metros de altura y con el mayor caudal de agua del mundo, cuyas fumarolas de bruma pueden verse desde siete kilómetros de distancia.

Desde el avión divisamos la espesura de la selva misionera y aterrizamos en un pequeño aeropuerto desde el que nos repartimos entre combis y colectivos. Íbamos a la Ruta Nacional 12, que va desde el centro de Puerto Iguazú hasta la entrada al Parque Nacional (y hasta Buenos Aires), y donde se encuentran la mayor parte de los hoteles de la ciudad argentina. La ciudad del lado brasileño, es Foz do Iguaçú). Nuestro hotel con vegetación tropical fue una agradable sorpresa, y más aún lo fue la tierra roja de Misiones. Nunca había visto algo así, es realmente roja. Aunque aún no lo sabíamos, esa misma tierra iba a dar color al agua del río Iguazú que por esos días, llevaba tres veces más caudal del acostumbrado.

Todo está pensado en cuanto a visita turística se refiere. Te pasan a buscar, te llevan, te esperan, te explican. Esto puede ser molesto para algunos viajeros de espíritu indómito, pero para mí, estaba fantástico, sobre todo porque íbamos a estar pocos días. Así que, la primera excursión fue al lado brasileño. Cruzamos el puente sobre el río Iguazú y vimos como la bandera argentina pintada a los costados del puente, se convertía súbitamente en la brasileña. Bem-vindos! 

La introducción fue breve, y sin demasiados preámbulos ya estábamos mirando el asombroso espectáculo de las Cataratas frente a nosotros. El orden sensorial es más o menos el siguiente: empezamos a sentir la bruma mientras caminábamos por un sendero en la selva, luego escuchamos el ruido del agua, mucha, quizás nunca escuchamos tanta agua junta. Y de pronto, sin más preparación que ajustar los ojos al sol, apareció una enorme olla de agua rojiza, en uno de cuyos extremos se encuentran decenas de cataratas, algunas gordas y otras estrechitas, casi todas en dos alturas, como si hubiera un gran escalón debajo, con el agua escurriéndose entre las piedras y la vegetación. Corona la visión un eterno arcoíris formado por el sol y la bruma, que volveríamos a ver en muchos otros saltos del parque. La medida de la altura que tienen las cataratas, la dan los minúsculos barquitos que pasean por el centro de la olla gigante.



El paseo del lado brasileño, por pasarelas de madera que rodean el río y que cada tanto se abren en terrazas, es casi totalmente contemplativo, al menos hasta el final. Hay que ir subiendo y bajando escalones, deteniéndose en las terrazas para sacar fotos y maravillarse de las vistas, cada una mejor que la anterior. Luego viene la parte entretenida y para la cual nos habían hecho comprar sendas capas plásticas con las que parecíamos (según mi Papá) el personal de un frigorífico. La pasarela de madera se despega de la pared de roca por la que íbamos bajando y se mete de lleno en el río, como una larga escollera que se acerca a las cataratas y queda engullida por la bruma. Allá fuimos, con nuestras capas, a caminar sobre el agua y a sentir la bruma en la cara, las fotos salieron llenas de gotitas. Eso fue nada.

Hay dos niveles de pasarelas, uno queda por encima del agua y el otro queda bastante más arriba, una especie de mirador desde la altura. Aquí las pasarelas mojadas son mallas trenzadas de hierro, por donde se puede ver perfectamente lo que hay debajo. Fuimos hasta el nivel superior, donde hay una terraza eternamente mojada que está suspendida por encima del río y a unos escasos metros de una de las cataratas. El agua ahí no se rige por las leyes de gravedad, viene desde arriba, desde abajo, y desde los costados. Poco pudieron hacer nuestras capas de empleados de frigorífico contra aquello. Fue una carnicería. Mi Papa, a cubierto de nuestras aventuras acuosas, sacó las fotos y se rió profusamente de nosotros. Mojados y felices volvimos por donde habíamos venido y nos pasamos la tarde tomando mates al lado de la pileta y mirando la inmensa variedad de árboles que hay por todos lados.

Uno de los beneficios de la zona fronteriza es que hay venta sin impuestos, el famoso Duty Free Shop que, en este caso, es un gigantesco shopping. Y (consejo útil) conviene aprovecharlo porque en el aeropuerto, con todo el sentido de la lógica, no hay.



La ciudad de Puerto Iguazú no pega con la dimensión del atractivo turístico que tiene, o tal vez esa sea mi visión contaminada por muchos otros lugares. La ciudad es bastante pobre y no luce como un destino turístico internacional. Pero la combinación entre la tierra roja y la vegetación es fantástica, la gente es muy amable y la coordinación de las excursiones es muy buena. Hay un curioso punto en la ciudad donde confluyen siete esquinas (el tránsito, maravillosamente, es normal), y es ahí donde fuimos a cenar porque está lleno de restaurantes lindos y tiendas de artesanías.

Al día siguiente nos esperaba el parque del lado argentino que es también la excursión más larga. El Parque Nacional se creó para proteger especies animales y vegetales de este trozo de selva, llamada “selva subtropical sin estación seca”, así como también para disfrutar de las Cataratas de la manera más natural posible. Un trencito nos dejó justo donde comienzan las pasarelas, y a través de ellas se puede ir recorriendo uno a uno los saltos hasta llegar a la fabulosa Garganta del Diablo. Estas pasarelas, aunque te dejan ir hasta el mismísimo punto en el que el agua cae hasta el vacío (algo impresionante), no son para nada invasivas, parecen no molestar en la selva. Se disfruta del paisaje casi sin interferencia humana, si bien (estando casada con un ingeniero) sé lo que costó hacer aquellas pasarelas, está muy bien logrado.

En algún momento, mientras caminábamos sobre el río, vimos como el agua se empezaba a acelerar terriblemente. Divisamos la fumarola de bruma y antes de que me diera cuenta de lo que aquello significaba, nos encontramos con un gigantesco agujero en medio del río, como un remolino bíblico. Un poco más adelante, el agujero se convertía en la Garganta del Diablo, una abrupta caída de 80 metros de longitud que se cierra sobre si misma. El enorme volumen de agua produce tanta bruma que es imposible ver el final de la cascada. Ahí me hubiera quedado para siempre: parada sobre el vacío brumoso, con el vapor mojándome la cara cada vez que el viento soplaba para nuestro lado y mirando asombrada esa obra maestra de la naturaleza. La fuerza que tiene el agua, lo salvaje de la geografía, las dimensiones de todo… es algo tan increíble que resulta imposible de imaginar. No es una maravilla de la naturaleza, es un monstruo.



Después de recorrer las pasarelas por arriba (al ras de las cascadas) y por abajo (a un metro sobre el río), nos embarcamos en la Gran Aventura, un paseo en gomón por el río junto a las Cataratas y en 4x4 por la selva. Mamá y yo nos enfundamos en nuestras capas frigoríficas nuevamente, con la esperanza de salvar algo. Y hasta nos sentamos estratégicamente en la parte de atrás de la embarcación, pensando que tal vez ahí nos íbamos a mojar menos. Nunca vi venir la ola gigante que nos cubrió por completo. Ya un amigo me decía que pestañeo muy lento, y en una de esas, me perdí la ola. Mi Mama y Tommy sí la vieron, dijeron que fue impresionante. Se sintió como un tsunami y el agua llegó hasta los lugares más recónditos de mi cuerpo, y ahí se quedó, enfundadas como estábamos en nuestra capa, el agua no tenía a dónde ir. Nos reímos tanto que casi nos ahogamos. Después me dio que pensar que tal vez el agua del río Iguazú no era potable, pero ya había tomado como un litro entre la bruma y la ola. No me pasó nada, por si les daba curiosidad.

Durante el recorrido por la selva un guía nos fue contando aspectos interesantes del Parque Nacional. Por ejemplo, que casi no hay árboles de troncos grandes porque durante un tiempo, cuando el parque pertenecía a una familia, se lo utilizó para tala. Hay varias especies en peligro que viven en ese ecosistema (entre ellos el famoso yaguareté, el tapir y el yacaré overo) que gracias a la creación del parque se están reproduciendo nuevamente. Además, hay monos, miles de pájaros (como tucanes, buitres y águilas), especies vegetales famosas (el ceibo, el palmito y la yerba mate) e insólitas (como una planta que alucinó a mi hermano por sus hojas de triple nervadura), y millones de insectos (mariposas increíbles y espantosas arañas gigantes que nos acechaban debajo de las pasarelas).

Nada más entrando al Parque Nacional ya nos habían empezado a advertir sobre una especie de simpáticos animalitos que hay por todos lados: los coatíes. Por más que parecían lémures gordos de peluche, en realidad son animales bastante violentos que, atraídos por la comida, se lanzan al ataque con sus tremendas garras. A las permanentes advertencias de los guías se suman unos horrendos carteles que muestran fotos con brazos arañados por coatíes. Lastimosamente (haciéndome eco de esa expresión tan graciosa que usan los habitantes de la zona), la gente es tarada. Cuando una de las chicas de nuestro grupo empezó a tirarles galletitas y los coatíes comenzaron a acercarse peligrosamente a los demás, uno de ellos le gritó “¡¿Vos sos sorda o analfabeta?!” Lo cual, aunque muy violento, no dejó de ser acertado. Había que ser sorda para no escuchar a los guías o, en su defecto, analfabeta para no leer los carteles. Jamás se me hubiera ocurrido una contestación tan precisa. Todavía usamos la frase con mi hermano para todo tipo de situaciones, simplemente porque fue muy graciosa.

Todavía hay muchos grupos nativos (aborígenes) en esta provincia. En palabras de nuestro guía “son gente sencilla que no tiene nuestras preocupaciones”. Vimos uno de sus asentamientos y, si bien no eran demasiado parecidos a las ilustraciones de Billiken, sí vimos que viven de otra manera. La mezcla con la modernidad no les hace nada bien, no terminan de entender y no les interesa mucho de lo que les ofrece. El mejor ejemplo: hubo una campaña para que sus casitas tuvieran pisos de parqué (admito que la iniciativa no fue muy brillante) y, cuando llegaron las cajas con la madera, los nativos la usaron para hacer fuego. Creo que de algún modo saben que están en peligro de extinción también ellos. La supervivencia del más fuerte. Ojalá sus tradiciones y su riqueza cultural quede siempre entre los habitantes de la región, pero tampoco me gustaría vivir en un mundo que crea reservas para que los aborígenes se reproduzcan en cautiverio, como una curiosidad.




Misiones es como un parque de atracciones natural. Tiene aún mucho más para ofrecer y sinceramente, me quedé con ganas de seguir paseando, así que habrá que volver. Pero creo que nos llevamos la joya de la provincia, quizás hasta del país (aunque no conozco tantas cosas que sería imposible decirlo). Volvimos en un avión en el que nos permitieron tomar mate (con yerba misionera, por supuesto), algo que no sé cómo me hace sentir con respecto a la seguridad aeronáutica, pero que hizo muy feliz a mi hermano. Vi por la ventanilla como el paisaje selvático se convertía de a poco en la llanura pampeana y supe que estábamos llegando a casa. Ahora, desde las sequías madrileñas siento profunda nostalgia de toda esa agua rojiza cayendo a raudales hacia el vacío… me quedan las fotos de protector de pantalla, porque el agua de río que me tomé ya la debo haber hecho pis.

28 de mayo de 2014

Bem-vindos a Río!

Río de Janeiro y yo teníamos una historia en común aún antes de conocernos: mis papás estuvieron allí de Luna de Miel, afianzando las bases de lo que sería mi existencia aunque en ese momento solo fuera una idea lejana. Volver a Río, no ya como una idea, sino como la persona de carne y hueso que soy ahora (a veces más carne, a veces más hueso) fue una agradable sorpresa…en parte por la belleza de sus paisajes y en aún mayor medida, por la alegría de su gente.

Los pongo rápidamente en situación: agotado mi marido de tenerme dando vueltas por la casa de mis suegros con cara de “¿cuándo vamos a tener una casa propia?”, recurrió al as bajo la manga que siempre funciona y me mandó para la Argentina. Agradecidos mis padres, mis amigas y mi salud mental (sin ofender a mis anfitriones, todos sabemos que estamos viviendo momentos muy tensos, por suerte la casa es grande y el pueblo es precioso).

Da la casualidad…(admito que estuvo premeditado, no era una casualidad, pero Alejo fue el principal impulsor, así que no me juzguen) que mis amigas habían organizado el viaje de despedida de nuestra última soltera a Río de Janeiro. Y allá fui, sin más preludios. Y sin demasiadas cosas tampoco, puesto que todas mis pertenencias siguen en el container en un almacén frente al tambo de un pueblo campestre de Madrid.

A decir verdad, fuimos hasta el contenedor con toda la intención de sacar mis cosas de verano, pero cuando lo abrimos y vimos todo ahí, tan ordenado y tan empaquetado...nos asaltó una duda “¿Qué hay adentro de esas cajas?” Nos encogimos de hombros al unísono y atinamos a abrir dos o tres cajas pequeñas que, afortunadamente, contenían mis biquinis, algunas sandalias y vestidos veraniegos. “Con eso suficiente”, le dije a mi marido y dimos por finalizada la investigación. Ya volveremos con un estado de ánimo más explorador.

Tan solo tres días antes (y lo que podría explicar nuestra aparente falta de interés), estábamos en Hong Kong, viviendo casi como expatriados locales y felices como perro con dos colas, durante el mes y medio que Ale tuvo que trabajar allá. Con los antecedentes explicados y el contenido de la valija solucionado, podemos volver a la historia principal: volé a Brasil en Emirates, mientras mis amigas volaban por Aerolíneas Argentinas (no por snobismo aeronáutico, sino porque no encontré pasaje con ellas) y nos encontramos las cinco, afortunadamente, en el aeropuerto de Río de Janeiro.

Eran como las dos de la mañana y en el aeropuerto solo quedaba el personal de limpieza que inundaba de a secciones el suelo de las terminales. Conseguimos llegar hasta los taxis (entre charcos jabonosos que hacían olas) y ahí tomamos uno para cinco personas (algo inexistente, ahora lo sé, es un taxi común para cuatro donde caben cinco de manera asardinada).

Angie, la última soltera y a la vez guía oficial de Río (era la que ya conocía y hablaba escuetamente el idioma local), nos iba señalando atractivos turísticos como la laguna Rodrigo de Freitas, el Cristo Redentor y el cerro Pan de Azúcar. El taxista se desplazó a toda velocidad hasta llegar al barrio de Ipanema, donde nos esperaba un departamento alquilado y, con suerte, su dueño.

El dueño tardó unos minutos en llegar (durante los cuales nos dedicamos a entrar en pánico y a asustar al taxista) y muchos minutos más en irse, porque nos brindó una extensa explicación sobre todos los lugares turísticos de la ciudad, incluido el ascensor para subir a la favela y un mercado que comparó con el de Matadero (provincia de Buenos Aires), sitios a los que instantáneamente decidimos no ir. Visitar cosas lindas nos pareció más acorde a unas vacaciones de tres días.

Caminamos unas cuadras, luego de ponernos un atuendo más apropiado para la costa brasileña, hasta llegar a la playa. Nos recibió una combinación muy curiosa: una espesa bruma de mar, la playa llena de sombrillas de colores y al fondo, flotando entre las nubes, el morro verde llamado Pan de Azúcar. Recién en ese instante llegué a Río de Janeiro, o mejor dicho, mi mente me alcanzó.


Ya había estado en Brasil una vez anterior: tenía 8 años y la documentación en estado complicado (los lectores más fieles podrán recordarlo de crónicas anteriores). Me acuerdo de nuestras vacaciones brasileñas por los días de playa interminables, las lluvias pasajeras que mirábamos desde abajo de las sombrillas, los choclos que se nos caían en la arena y una lagartija que caminaba por la pared de mi cuarto, a la que el dueño del departamento (un personaje con olor a axila que respondía al nombre de Edemir) llamó “bichiño bueno”. De portugués solo se decir o brigado (gracias), camarao a palito (camarón en palito) y ovos com presunto (huevos con jamón)… suficiente vocabulario como para sobrevivir. Sobre todo porque los brasileños nos entienden, siempre. Es algo mágico. Lastimosamente, no funciona a la inversa.

La playa de Río es mucho menos glamorosa de lo que me esperaba. No hay modelos esbeltas ni guapos cariocas listos para conquistarte. Hay familias, grupos de amigos, gente haciendo deporte… una playa normal, tranquila, de relax. Sí sorprenden los atuendos brasileiros (¿se dice “brasileiros” o “brasileños”? Les dejo la inquietud). Mallas enteras se ven muy pocas; bermudas, casi ninguna. Todo son zungas de colores chillones, biquinis microscópicas y tangas que se enroscan según la necesidad de su dueña. Las mujeres, que tendrán inseguridades como todas, no tienen reparos en mostrar su cuerpo. Les diría más: parecen orgullosas de mostrarse, incluso con celulitis, rollos y demás aspectos de la biología humana que tanto nos espantan. Los hombres se aman tanto como las mujeres, se pavonean con sus zungas como reyes de la selva, alzando voluptuosas panzas o cabezas con pocos pelos, como si nada de eso importara. Están en Brasil, acá la cosa pasa por otro lado… No permitan que los engañe, hay mucho culto al cuerpo. Pero es un culto al cuerpo en general, no a un tipo de cuerpo pre-establecido. Digamos que en la playa de Río, definitivamente, se festeja la diversidad de formas. Un placer.

Así que nos dedicamos a las actividades de playa: caminamos por la orilla del mar, nos tiramos en las reposeras a tomar sol y tomamos cervezas mirando a la gente pasar (y, debo admitirlo, maravillándonos de los minúsculos atuendos de las locales). La bruma marina se fue por donde había venido y disfrutamos de un excelente atardecer playero en toda regla, especialmente relajado, ya que al día siguiente nos esperaba una jornada completa de paseo turístico.


Empezamos (no demasiado temprano, piensen en lo que pueden llegar a tardar cinco mujeres con un baño y medio en estar listas) por ir hasta el lugar en el que se asciende al Corcovado. Se supone que, al final de la interminable cola, estaba la boletería para comprar el pasaje de tren que nos hubiera subido al cerro. Nunca llegamos, eran las 10 de la mañana y el próximo tren con lugar salía 17:30. Pero no hubo tiempo para el pánico, enseguida se nos ofrecieron unas fabulosas combis que subían igualmente y por un módico precio. Con el coraje que dan las vacaciones en grupo, dijimos “Si, por supuesto!” y allá fuimos, arrastrando con nosotros una multitud de turistas que, cuando vieron que nosotras nos animábamos, también se sumaron.

Cola para la combi. Ascenso tambaleante y a toda velocidad, al mejor estilo brasileño. Llegamos hasta un punto intermedio en el recorrido, donde nos dejaron para comprar las entradas al predio del Parque Nacional de la Tijuca, a partir de ahí ya nos llevarían las combis oficiales y gratuitas del parque. La cola era tan larga que no veíamos el final, se perdía en la espesura de la selva. Fue ahí cuando la integrante del grupo que venía con regalito (todavía de sexo desconocido, al que llamábamos Porotito), trazó la línea entre los simples mortales y las simples mortales embarazadas. “¿Hay preferencia pra grávidas?”, preguntó como si hablara portugués fluido (desde ya les aclaro que no, solo inventaba caraduramente) e hicimos una cola reducida de ahí en más. Y fue una suerte enorme, porque sino les estaría escribiendo esta crónica desde el Pan de Azúcar.

Cuando llegamos hasta lo alto del cerro del Corcovado, desde donde ya empezamos a ver los brazos del Cristo Redentor, nos esperaba otra cola (preferencial, afortunadamente). Tras los molinetes de entrada, subimos unos escalones con la multitud de turistas que estaban visitando Río esa Semana Santa, y nos encontramos con la gigantesca espalda del Cristo: una magnífica estatua blanca de 38 metros que observa desde lo alto la bahía de Río de Janeiro. Está considerada la estatua art decó más grande del mundo y ostenta el logro de que nadie murió durante su construcción, algo inusual a principios del 1900. El Cristo blanco, el cerro lleno de vegetación, la ciudad con sus bahías y la playa a lo lejos… todo Río en un instante.


¿Lo mejor del Corcovado? El restaurante. No por las delicias gastronómicas (comimos hamburguesas), ni por su atención cinco estrellas (se olvidaron de un plato), pero quise destacarlo porque está en una terraza magnífica con la mejor vista de la ciudad y, a contrario de lo que uno pensaría cuando llega a esos lugares, los precios son…normales. No te estafan, las cosas salen lo mismo que en la playa. Así que es un placer sentarse ahí a contemplar (como diría mi marido), ¿y qué mejor contemplación que la que viene acompañada de comida?

De por sí es difícil sacarte una foto con el Cristo, puesto que está demasiado cerca y es demasiado alto, así que hay que adoptar la poco glamorosa posición de arrodillarse en el piso para sacar, indefectiblemente, la foto de una cabeza flotante visitando el Corcovado. Agréguenle a esto que estaba lleno de gente, lo cual significa muchos potenciales fotógrafos y también muchos brazos y codos en las fotos. Sin embargo, la vista desde allá arriba es increíble. Las nubes quedan ligeramente por debajo, así que a veces tapan la ciudad y la playa, y dejan entrever las puntas de los morros.


El más llamativo de los morros es el llamado Pan de Azúcar. Tomamos una combinación de colectivos hasta llegar al teleférico. Cola. “Ponele unas tres horas y media”, nos dijo el policía (imagínenselo en español aportuguesado y con la jerga local). Allá fuimos con la embarazada presidiendo el grupo a la cola prioritaria para grávidas (y sus amigas). Los vagones del teleférico iban llenos de gente, como el subte, y se balanceaban peligrosamente sobre la ciudad. Paran en dos tramos pero nuestra idea inicial, que era subir hasta lo más alto, se vio fatalmente truncada cuando vimos la longitud de la cola (si, lo sé, estaba denso el tema). Así que nos quedamos en la altura intermedia (que ya era suficientemente alta) y nos dedicamos a admirar el paisaje de la bahía iluminada y los barquitos brillando sobre el la ensenada de Botafogo. Precioso, una ciudad increíble.

A la noche, el barrio de Lapa, una zona de edificios coloniales a unos veinte minutos de la costa, famosa por su movida nocturna, sus bares y sus lugares de zamba. El viaje en taxi de ida lo hicimos dos veces porque a mitad de camino nos entró la duda de si habíamos dejado la planchita enchufada y, por miedo a quemar el departamento y de paso medio barrio de Ipanema (el miedo era que nos cobraran el depósito de 300 dólares, entiéndannos), fuimos y volvimos dos veces.

Solo nos quedaba por conocer la famosa playa de Copacabana. Fuimos después de desayunar, caminando por esa vereda junto a la playa con diseño de baldosas blancas y negras tan típico de Río. La costanera estaba repleta de gente en distintos estados de semi-desnudez (aunque nunca topless, está prohibido) corriendo, patinando, andando en bici. Disfrutando del domingo, del sol y de la vida costera. La famosa playa de Copacabana es como casi todas las playas atlánticas: amplia, llena de colores y el mar con olas, aunque tiene un aspecto más caribeño por el color del agua (mucho más celeste que en La Bristol) y por las palmeras en la costanera. Es una mezcla entre Mar del Plata y Miami Beach, con más ritmo.

Pasando a cuestiones más gastronómicas (para mis lectores de ojos gordos) probamos unas cuantas delicias locales. El plato más típico es la feijoada, una especie de guiso cremoso de porotos negros; también está el rodizio, el equivalente brasileño a nuestro asado, que son diversos cortes de carne hechos en una brochette gigante. Además, comimos rabas de calamar en la playa, camaraos en sus distintas formas, miles de batatas fritas (papas fritas), tomamos suco de abacaxi (jugo de ananá) y alguna que otra caipirinha (que sabrán lo que es).

Nos despedimos de Río con un poco de melancolía, nos hubiéramos quedado las cinco a vivir en ese departamentito caluroso, decorado con todo tipo de objetos obscenos, donde la que suscribe dormía en un colchón en el piso y la humedad era tal que nunca se terminaban de secar las biquinis. Imagínense la cantidad de pelos que había que barrer por día. Aún así, fuimos inmensamente felices festejando nuestros 12 años de amistad que empezaron en un aula de la UCA (cuando ni Alejo existía) y la despedida de soltera de nuestra última amiga libre (otra más que cambia libertad por amor, sabia decisión)… Pero todas teníamos vidas a las que volver, maridos a los que abrazar, casamientos que planear y hasta bebés que gestar. Así que, vuelta al aeropuerto y vuelta a Buenos Aires, que es más linda que Río porque es donde empezó todo.


4 de abril de 2014

Los guerreros inmortales de Xi'an

En este país siempre sorprende llegar a los lugares porque todas sus estructuras delatan la cantidad de gente para las que están hechas. Aterrizamos en Xi’an, una ciudad que, en mi radar, iba a ser un pueblo chino… Pues no: terrible aeropuerto de varios pisos que hace que la terminal nueva de Ezeiza parezca un kiosco. Hay mucho dinero en China, desde luego, pero sobre todo, hay mucha gente.

31 de diciembre de 2013 12:30 hs.
En el avión rumbo a Beijing.
  
Xi’an es una de las ciudades más antiguas de China, con más de 3.100 años de historia. Es el punto donde comenzaba la famosa Ruta de la Seda (que conectaba Asia con el Mar Mediterráneo a través de 6.400 kilómetros) y el hogar del llamado Ejército de Terracota, un ejemplo de la realidad superando, una vez más, todas las leyendas.



El territorio de la China moderna comenzó a formarse de la mano del ligeramente psicótico Qin Shi Huang, quien fue el responsable de unificar los distintos reinos que había hasta ese momento. Tras las guerras de unificación, en 221 a.C., se erigió como el primer emperador de China y el creador de la dinastía Qin (que se pronuncia “chin” y da nombre a China).

El joven emperador, que heredó el trono a sus escasos 13 años, también fue quien ordenó construir una muralla para proteger su reino de los nómades del norte. Esta impresionante obra, que empleó miles de personas, era más bien una unión de las murallas pre-existentes en cada estado, y fue la precursora de la Gran Muralla China.

Quizás debido a su fama de tirano y a los varios intentos de asesinato que sufrió, la gran obsesión del emperador fue alcanzar la inmortalidad. Se pasó los 10 años que duró su reinado intentando encontrar un elixir que le otorgara vida eterna. Hay grandes historias sobre las expediciones que envió en busca de aquella pócima, muchas de las cuales nunca volvieron. Probablemente no los motivara demasiado el hecho de que el emperador decidía matar a aquellos que regresaban sin el elixir.

Como toda persona supersticiosa, el joven Qin era muy susceptible a los engaños, tanto fue así que murió durante una travesía, bebiendo una de esas pócimas que debieran haberlo hecho inmortal. Por miedo a que el nuevo imperio se desmoronara, el Primer Ministro y algunos de sus eunucos, ocultaron su muerte durante el viaje de vuelta a la ciudad de Xi’an. Enmascaraban el olor del cuerpo en descomposición, le cambiaban la ropa todos los días, e incluso tenían largas conversaciones con el difunto para aparentar que seguía rigiendo su imperio.

A pesar de sus incansables esfuerzos por hallar el secreto de la vida eterna (y tal vez por culpa de ello), el emperador Qin Shi Huang se murió y fue a parar a la tumba y mausoleo que él mismo había mandado a construir.

Cuenta la historia que se eligió el Monte Li para construir su tumba, porque era un lugar propicio geológicamente (tengan en cuenta que las creencias de la época daban mucha importancia a los elementos). Y, aunque la Wikipedia dice que se emplearon 700.000 trabajadores en su construcción, nuestra guía en Xi’an nos dijo que habían sido millones. La tumba principal de Qin (debajo de un monte piramidal) todavía no ha sido excavada, principalmente porque no se sabe cómo conservar las reliquias que esperan encontrar en su interior, así como también los coloridos pigmentos con que están recubiertas algunas figuras.

Rodean la tumba, cuatro pozos principales (y se cree que muchos otros más pequeños) con los Guerreros de Terracota: la recreación de un ejército completo que debía proteger al emperador luego de su muerte. El pozo principal tiene una profundidad de 7 metros y contiene 6.000 figuras, entre guerreros de diferentes rangos, caballos e impresionantes carrozas. Es como ver un hangar de aeropuerto solo que, en vez de un avión, hay miles de soldados de arcilla formados en filas, como un ejército listo para marchar.



El Ejército de Terracota fue descubierto en 1974 por unos granjeros que perforaban la tierra en busca de agua. Cuando los arqueólogos comenzaron a excavar la zona hallaron más y más pozos con guerreros, todos parecían estar rodeando la tumba del emperador Qin, protegiéndolo del este (que era donde estaban los territorios conquistados). Las mayor parte de las figuras, a pesar de haber pasado casi 2000 años desde su construcción, estaban en muy buen estado, incluso conservaban las armas afiladas gracias a una aleación metálica especial. Los colores con que estaban pintadas, al entrar en contacto con el aire, pronto comenzaron a desprenderse y a desaparecer, así que los guerreros que pueden verse hoy en día son de color terracota (nunca mejor dicho).

Pero lo verdaderamente impresionante de estos guerreros, una vez que uno logra superar la majestuosa visión del ejército por completo, es que cada uno de ellos es único, no hay dos iguales. Cuenta la leyenda que se reprodujo en terracota a un ejército real: uno por uno, todos los guerreros fueron imitados con sus ropas, sus armas, sus expresiones e incluso la forma de sus dedos. Es algo increíble.



Lo gracioso es que cuando los arqueólogos los desenterraron, algunos de ellos estaban desarmados y, para volver a armarlos, no valía ni cualquier brazo, ni cualquier cabeza. Cada figura es única. Un verdadero rompecabezas de lujo.

Cuando uno descubre el nivel de detalle de los guerreros, tiene la inclinación de ir mirándolos uno por uno, como si, de no hacerlo, nos estuviéramos perdiendo algo o, mejor dicho, a alguien. ¡Tarea imposible, si las hay! Puesto que son miles, y los miles que quedarán por desenterrar todavía…

El lado oscuro de la historia es el que vino después de la creación del Ejército de Terracota, cuando lo importante era guardar en secreto la ubicación del mausoleo del emperador (probablemente lleno de reliquias invaluables y lujosas armas). Y qué mejor forma de guardar un secreto que… llevándoselo a la tumba. Así que el señor emperador Qin, básicamente, se dedicó a matar a un montón de personas; incluidos, presumiblemente, los propios guerreros que mandó a reproducir. Murieron artesanos, obreros, guerreros e incluso granjeros que pasaban por ahí y veían las obras de construcción del mausoleo. Murieron tantos que es imposible hacer el cálculo (además no quedó registro de ello, por supuesto), pero nuestra arriesgada guía nos dio un número tentativo: dos millones de personas. Y las demás, calculo que captaron la idea.


Xi’an tiene aún mucho más para ver, algo que evidentemente, no sabíamos al organizar el viaje. Pero sí pudimos dar una vuelta por la ciudad y sorprendernos con la maravillosa Pagoda del Ganso Salvaje Gigante, que contiene figuras de Buda traídas desde la India; la Torre de la Campana, ubicada en un lugar privilegiado y brillando de luces; la antigua muralla de la ciudad y también caminamos por el simpático barrio musulmán (Xi’an fue la primer ciudad china en abrazar el Islam), con sus coloridas peatonales llenas de puestitos que preparan la comida en la calle. Vimos revolear noodles por el aire para hacerlos más y más finos, golpear un bodoque de caramelo hasta hacerlo turrón y freír cosas inverosímiles en aceites de dudosa virginidad. Esto sí que es China.