19 de noviembre de 2013

Bienvenidos a la caótica Bangkok

Tailandia huele a cosas desconocidas, algo así como una mezcla de comida, especias y desechos. Y la ciudad de Bangkok no es ni de cerca tan moderna como me la imaginaba. Tal vez cuando yo decía “Bangkok”, mi cerebro pasaba imágenes de Hong Kong (ciudad que tampoco conozco, pero parece que la he asociado a la modernidad asiática). La verdad es que Bangkok me pareció un poco fea y oscura, muy caótica, olorosa y dispersa. Mis adjetivos no son muy alentadores, pero a medida que pasaban los días fue mejorando… o tal vez solo me dejé llevar por el caos. “Es vibrante” me repetía Alejo, una palabra casi publicitaria que no expresaba nada. Quizás mi marido quería decir “llena de vida”, y en eso no se equivocaba: todos encuentran su lugar en Bangkok, nada ni nadie se queda afuera.

(Bangkok, Ramada Hotel, 6 pm.)

Los colores de los taxis me encantaron: verdes y amarillos, naranjas, fuxias, muy llamativos. Me fui de Tailandia sin terminar de entender la diferencia entre ellos. Tomamos uno verde en el aeropuerto, después de hacer una larguísima cola para que nos sellaran el pasaporte y, antes de esa, una cola más corta pero muy lenta donde juré que no tenía fiebre amarilla ni malaria ante un mostrador, junto a residentes de los países africanos más pobres del planeta. Un recordatorio de en qué categoría estamos según la Organización Mundial de la Salud. A Ale, con su elegante pasaporte europeo, no lo cuestionaron, para variar. Parece que el hecho de haber sacado el pasaporte italiano gracias a algún lejano familiar que no tiene demasiado claro, hizo a mi marido automáticamente inmune a la fiebre amarilla. ¡Las cosas que obra la documentación correcta en nuestra salud!

El taxi nos llevó por una moderna autopista de muchos carriles hasta llegar a Bangkok. Bueno, realmente todavía no sabíamos bien dónde estábamos. Ni el punto que éramos en el GPS de Ale se ponía de acuerdo respecto a nuestra ubicación. Cuando el taxi tomó la famosa Avenida Sukhumvit, hogar de los hoteles más lujosos de la ciudad y el barrio más recomendado para alojarse, me dio la leve sensación de que mi criterio de “belleza” tradicional, no iba a aplicarse por estos lados. Con la propaganda que me había hecho Alejo (y las decenas de blogs que leyó al respecto), yo me había imaginado otro tipo de barrio o, mejor dicho, un barrio de otro color. El rasgo sobresaliente de la calle era sin duda, el gigantesco viaducto de hormigón que la cubría como un techo, por allí corría el BTS, una especie de tranvía muy moderno y cómodo, pero no del todo útil ya que no va al centro histórico.


La calle en sí, aunque grisácea, parecía sociable y vivaracha. Me intimidaban un poco los puestitos de comida en la calle, de brochetas de hígado de pollo o albóndigas de cerdo. La humareda que llenaba el ambiente y ese olor tan distinto a todo lo que había olido antes, no combinaban con la refinada entrada al hotel Sheraton, a escasos 2 metros. Un barrio de contrastes: con montones de restaurantes con mesitas en la calle, enormes centros comerciales (Bangkok es famosa por sus shoppings) y muchas casas de masajes, cuyas fotos eróticas de las masajistas como publicidad, me hicieron pensar que tal vez sean algo más. Seguramente volveré sobre el tema.

Ale me llevó a caminar por la Avenida Sukhumvit en busca de la plaza Siam, pero resultó que ni quedaba cerca, ni el camino era demasiado atractivo. Cuando íbamos por la séptima u octava calle oscura, de dudosa seguridad y despoblada (excepto por hombres solos en busca de vaya uno a saber y por alguna que otra parrillita con hígados de pollo), tuve suficiente y me negué a seguir caminando, por más vibrante que le parecieran a mi marido las calles que habíamos dejado atrás (con puestitos de porquerías que se cerraban tanto que formaban un túnel, por donde caminábamos de a uno). Si había un Bangkok lindo, habría que descubrirlo. Ese, desde luego, no lo parecía.

Esa noche, cenamos en un restaurante aceptable nuestra primera comida tailandesa, y caminamos las dos cuadras aterradoras que separaban a nuestro hotel de la calle Sukhumvit. Mientras miraba por la ventana de nuestra habitación la elegante vista de los rascacielos de noche (que poco tenía que ver con la ciudad al ras del suelo), traté de ponerle un adjetivo a Bangkok, “caótica” le iba bien y por más vueltas que le doy sigo pensando que es la palabra más adecuada para describirla. Por el lado positivo, como mi primera impresión de Bangkok fue tan descorazonadora, todo lo lindo que surgió después fue una agradable sorpresa. La ciudad fue sumando puntos a lo largo de mi estadía.

(Inciso aparte)

Yo creía que Myanmar no existía. Eso es lo que pasa cuando le andan cambiando los nombres a los países, que se me mezclan con los vecinos. Pensé “¿Birmania? Ya no es más. ¿Myanmar? No suena a nombre de país de la actualidad.” Así que asumí que ese territorio era hoy Laos o Camboya (dos intercambiables, por cierto).

Así que imaginen mi sorpresa cuando, al llegar a Bangkok, me encontré con cientos de propagandas de Myanmar. ¡Hasta había vuelos! Y ya me pareció demasiado que lo llevaran a uno en avión hasta un país inventado. Le dirían "Bienvenido a Myanmar" cuando en realidad aterrizó en la zona desconocida de Laos. Porque en realidad uno nunca sabe verdaderamente a dónde llega por primera vez. Solo confía en los mapas por donde vuela el dibujito de un avión y luego en el cartel de bienvenida del aeropuerto.

Pero esta vez me tuve que rendir ante la evidencia. No creo que se pueda inventar un país así nomás, con vuelos y todo. Parece (no lo confirmo 100%) que existe Myanmar y es un país que linda con Tailandia, Laos, China y alguna parte de la India. Su atractivo turístico, por lo poco que pude apreciar en las propagandas, es una campana dorada gigante. Suena a estafa, así que si alguien va a Myanmar, por favor, me confirma su veracidad. Como diría una amiga “les dejo la inquietud”.

…

El nuevo día en Bangkok me llenó de esperanzas y de desayuno continental (lo cual siempre predispone bien los ánimos) y partimos, una vez más, a la aventura. Caminando por las calles de esta ciudad a uno le parece que no va a ninguna parte, el problema es que la gente no camina mucho, va de un lado al otro en transportes. Y hay muchos: a parte del BTS están los coloridos taxis, las motos y los tuk-tuk (parecidos a los moto-taxis peruanos, son triciclos motorizados con un carro donde se sientan los pasajeros). El tránsito es, como se imaginarán, complicado y los tailandeses no suelen limitarse por las normas de tránsito. Pero los atractivos turísticos en Bangkok están esparcidos por todos lados, así que no se puede ir caminando a ninguna parte. Además, los transportes son muy baratos (el taxi desde el aeropuerto, a media hora de nuestro barrio, nos costó solo dos euros).

Un amable extraño (sería el primero de muchos) nos detuvo en una esquina, agarró nuestro mapa y se dedicó a darnos todo tipo de indicaciones (mientras nos contaba de su vida), luego paró un tuk-tuk, arregló precio y recorrido con el chofer y nos embarcó en su circuito de templos de la ciudad. No habíamos terminado de recuperarnos del shock inicial de que un completo extraño, desinteresadamente, nos hubiera ayudado con tanto empeño, que ya estábamos recorriendo las calles de Bangkok a toda velocidad. Lo que siguió fueron una sucesión de templos budistas que visitamos mientras el tuk-tuk nos esperaba afuera. “I wait” (yo espero) nos decía en cada lugar.

Era nuestra primera vez en un templo budista, así que no sabíamos ni por dónde se entraba, ni qué se podía pisar, ni cuál era la parte “importante” de estas iglesias. Cuando llegamos al Buda Afortunado, nuestra primera parada, pisoteamos todo el templo antes de que otro amable extraño se pusiera a hablarnos de nuevo. Es muy incómoda (sobre todo para nuestras mentes desconfiadas) la manera en la que se te acercan los tailandeses para ayudarte. Nos preguntaban cosas como en qué trabajábamos o en qué hotel nos quedábamos, algo que resulta muy chocante. Pero luego nos contaban cosas sobre ellos, su familia, su sueldo, tantas “intimidades” que parecía casi de mala educación no contestarles sobre las nuestras. Terminábamos recibiendo tanto recomendaciones turísticas como personales, nos decían que tengamos hijos o que invirtamos en zafiros tailandeses.

Si algo tengo que destacar de Tailandia es que los tailandeses resultaron ser gente tremendamente amable. Los de la calle, es decir, aquellos no relacionados al turismo, especialmente. Las sonrisas y esa forma suya de dar las gracias juntando las manos frente a la cara y bajando la cabeza (un poco parecida a nuestra forma de rezar o de pedir “por favor”) son gestos que están por todos lados. Tanto que uno también termina sonriendo para todo. Hasta cuando alguno te intenta poner encima un lagarto gigante para la foto. “Gracias, gracias” y muchas sonrisas. Pocos “no” y muy pocas caras de enojo. La gente dedicada al turismo sí que tiene una tendencia a aprovecharse de uno. Ya sea por los precios o por el hecho de que nadie entiende mucho de lo que sucede alrededor. Las cosas, de cualquier modo, suelen ser baratísimas, razón por la cual no siempre se junta la voluntad de pelear los precios, pero es la actitud engañosa lo que a veces molesta un poco. Y, sobre todo, el hecho de que uno carece absolutamente de criterio con el que comparar los precios de las cosas, con lo cual, es imposible saber cuál sería el precio “correcto” (por decirlo de algún modo). Prueba de ello fue cuando en el mercado flotante, Ale vio un pequeño Buda verde que pasó de costar 2.500 bahts (75 euros) a 200 bahts (5 euros) en el extremadamente corto tiempo en que mi marido dio tres pasos.

Después de ver el Buda Afortunado, que era negro y es al que hay que visitar cuando se emprenden nuevos negocios; fuimos al Buda Sentado, de un dorado furioso y cuyo templo está decorado tanto con cosas valiosas como con baratijas. Los templos budistas en cierto sentido, se parecen a las mezquitas, tienen todo el piso alfombrado y casi no hay muebles. La parte “importante” del templo es el altar con el buda, que puede ser de diferentes colores (hay budas negros, dorados y hasta uno verde en el Gran Palacio) y suele estar en tantas posiciones como se imaginen (el buda sentado, el buda parado, el recostado, etc.). El altar está generalmente decorado en exceso, con tantas cosas que no se terminan de distinguir, una combinación psicótica de cofres de oro, flores de plástico, urnas con dinero, adornos de colores… un caos visual.

El budismo es una religión no teísta, es decir, que no tienen un dios como las otras. Se creo a partir de las enseñanzas inspiradas en la vida de Buda Gautama, durante el siglo V a.C. en la India y luego se esparció por el mundo. Las sociedades predominantemente budistas, como la tailandesa, se diferencian de las demás… Tienen una mezcla entre calma, bondad e inocencia que es bastante difícil encontrar en el mundo occidental de hoy. Quizás sea por las llamadas “nobles verdades” en las que creen los budistas: la vida incluye sufrimiento, el origen del sufrimiento es el anhelo, el sufrimiento puede extinguirse si se extingue su causa y el “noble camino” para extinguir el sufrimiento es evitar los extremos, ni la satisfacción desmedida, ni la mortificación innecesaria. Suena lógico, al menos.


La joya turística de Bangkok (para quien no va de compras o detrás de la prostitución) es el Gran Palacio, en pleno centro histórico. Y allí nos dejó a continuación nuestro tuk-tuk, e hizo un ademán con el brazo como para señalarnos el palacio, que tampoco era tan difícil de distinguir. Fue la primera vez que nos encontramos con verdadero turismo, marañas de turistas con sus cámaras listas y las mismas caras de desorientación que nosotros. Tras pasar las enormes murallas rodean el recinto del palacio, nos indicaron (muy amablemente, como siempre) que teníamos que recubrir nuestro impúdico vestuario con  ropajes provistos por ellos. A mí me tocó una pollera larga hasta los pies y una camisa unisex (después me di cuenta que, aunque había muchos talles, yo la había elegido especialmente gigante); y las bermudas sensuales de mi marido fueron cubiertas por un pantalón. Más allá de lo que pueda afectarme la norma de cubrirme con ropas anti eróticas para visitar a esta deidad o a la que sea, hacía 40 grados y los ropajes bien podrían haber sido de plástico, de hecho ya estaban sudados por otra gente cuando nos los dieron. El calor era insoportable, creo que nunca tuve tanto calor en mi vida (y eso que estábamos en la temporada fresca).



El Gran Palacio Real es un recinto formado por muchos edificios junto al río Chao Phraya, tiene más de 200.000 metros cuadrados protegidos por una enorme muralla. Fue la residencia del rey de Tailandia desde el siglo XVIII al XX, y se construyó cuando Rama I decidió trasladar la capital del reino desde la antigua ciudad de Thonburi (al otro lado del río) a la actual Bangkok.

La arquitectura de todos estos edificios es increíble y llena de colores, con miles de pinchos, picos y otros ornamentos puntiagudos que salen de los techos de los templos. El color predominante es el dorado (tan brillante al sol del mediodía que nos cegaba), todo es dorado o tiene detalles de ese color. Y el nivel de detalles en la decoración es impresionante, a medida que uno se va acercando a los edificios descubre flores, dibujos tallados y arabescos en cada una de las superficies. La vegetación también juega un papel muy importante, hay árboles y pequeños jardines por todos lados, muy cuidados pero sin una disposición en especial (eso es lo que lo diferencia de los europeos, en este palacio no predomina la simetría). Aún así, la armonía de todo el conjunto, el atractivo de los colores y las grandes estructuras doradas, los detalles esperándolo a uno en cada rincón, es lo que hacen de este palacio un lugar inolvidable y que vale la pena visitar, aunque nos estuviéramos asando.

Comimos en el caótico embarcadero junto al río Chao Phraya, luego de recorrer un mercadito, donde las mujeres tailandesas preparaban bolitas de masa y hacían tiras de una carne desconocida (todavía no nos animábamos a comer en esos lugares). Desde allí caminamos hasta el famoso Buda Reclinado (Wat Pho) que, como la palabra lo indica, es un gigantesco buda dorado recostado y que apoya la cabeza en una mano, tan grande que parece no caber en su propio templo, los pequeños rulitos en su cabeza tocan el techo. Todo el lugar es precioso, con jardines internos llenos de árboles y edificios coloridos. Además, tuvimos la oportunidad de oír a los monjes budistas cantado sus oraciones, era un grupo de todas las edades, desde niños de unos 5 o 6 años hasta ancianos, todos con sus vestimentas naranjas y las cabezas rapadas arrodillados sobre una plataforma elevada cantando.


Un tercer amable extraño (esta vez un profesor universitario que volvía a su casa) se nos acercaría mientras intentábamos sacarnos una auto-foto en el parque frente al Gran Palacio. Después de darnos otras instrucciones turísticas (además de contarnos y preguntarnos respectivamente varias cosas personales), nos habló sobre el fabuloso Buda Parado que todavía no habíamos visitado y se ofreció a acompañarnos en tuk-tuk hasta allí (puesto que él iba para el mismo lado). Aunque yo le hubiera agradecido muchas veces y luego habría salido corriendo, Ale dijo “¿Cómo no?” y allá fuimos, apretujados en el asiento del tuk-tuk hasta llegar a un barrio oscuro y de dudosa calidad. En uno de esos barrios donde uno esperaría que algo dorado no dure mucho tiempo, nuestro “guía” nos condujo a ver el refulgente Buda cubierto de oro, de 32 metros de altura y que parecía brillar en la oscuridad, y luego se despidió de nosotros saludándonos con la mano.

Las cosas que hay para ver en Bangkok se recorren en poco tiempo, con dos días alcanza, así que decidimos contratar una excursión para visitar el mercado flotante de Damnoen Saduak y el puente sobre el río Khwae. La experiencia en el mercado flotante fue, por ponerle algún adjetivo, insuperable.


Quizás me predispuso mal la excursión en sí. A las 7 am ya nos vimos envueltos en un enredo de tours y combis, con guías que nos decían que vayamos o vengamos en un inglés inentendible, nos pegaban etiquetas con la excursión que habíamos contratado y básicamente, nos arreaban por ahí. Pero el mercado flotante, predisposición aparte, es de locos. La fórmula es la siguiente: un gran canal de agua marrón y oleosa (por el aceite de los motores), con embarcaciones tipo canoas largas, miles de ellas llenas de turistas y unas quinientas llenas de mujeres tailandesas vendiendo cosas. A los costados: más puestitos, más cosas, más tailandesas… y por supuesto, más turistas.

Me tomó un rato orientarme y empezar a distinguir algo más que solo el caos que había por todos lados. Hay que admitir que el conjunto es muy pintoresco. Una vez que logramos el equilibrio de nuestra canoa (que consistió básicamente en que Alejo se quedara quieto, era como un gorila en kayak) y nos convencimos de que había que tener los brazos metidos adentro del barquito (para que no te lo arranquen las embarcaciones que pasaban por al lado, o no te lo quemes con el motor que viene detrás), digamos que disfrutamos del breve paseo. Había barquitas con todo tipo de productos flotantes y en cada una de ellas, mujeres tailandesas con sombreros pajizos enormes (que les flotan en la cabeza gracias a un armazón especial para mantenerla aireada) que estiraban las manos para arrastrar nuestro barquito hacia los suyos o hacia los puestos en las márgenes del canal. El sistema de estos mercados flotantes es el mismo que se usaba en la antigüedad, se venden frutas y comidas que preparan las mujeres en los barquitos, y también todo tipo de artesanía local, muy bonitas además.

Después del mercado visitamos el barrio de los canales, con casas muy pobres enmohecidas por el clima y el agua del canal, vimos un poco de selva y quizás el hospital menos confiable del mundo. De recuerdo me llevé algunas cositas con motivos de elefante (el animal nacional de Tailandia) y una patada en la cabeza de nuestro gondolieri tailandés (fue sin querer, pero me la llevé igual) que insistía en que Alejo se cambiara de lado para balancear el desequilibrio evidente de nuestro barco, que iba haciendo Willy.

El Museo del Puente sobre el Río Khwae o Kwai es una de esas maravillas desaprovechadas, como muchas cosas en Tailandia. La historia de este puente (que se hizo famoso por una película) se sitúa en la II Guerra Mundial, cuando los japoneses usaron sus prisioneros de guerra (en su mayoría británicos) para construir un puente sobre el río Kwai que les sirviera para aprovisionarse. Las condiciones de trabajo fueron inhumanas y terribles, tanto que 13.000 prisioneros murieron. Los aliados bombardearon finalmente el puente, que no se llegó a derrumbar del todo.


El museo tiene tantas cosas, entre ellas los barcos-hospitales, los vagones-cárcel para los prisioneros, cientos de cascos, dinero japonés, cartas de oficiales y miles de fotografías de la época. Es una verdadera maravilla para cualquier apasionado de la II Guerra Mundial, aunque el museo en sí resulta un poco tedioso y requiere paciencia para leer y ver todo lo que hay. Si hubiéramos estado en EEUU habría allí una ciudad interactiva, al menos eso lograría la atención de mucha más gente y la historia se daría a conocer.

Aunque a nosotros sí que nos dio tiempo puesto que el guía nos abandonó allí por cuatro horas. Hasta tuvimos tiempo de ir a ver el monolito que pusieron los japoneses en honor a sus caídos en las batallas del río Kwai (hay que tener cara). Mientras tanto, la gente iba y venía por el famoso puente de hierro sobre un río marrón y anchísimo, y cada tanto pasaba también un trencito de colores que estropeaba un poco el ambiente histórico en el que estábamos imbuidos.

Hasta aquí la Bangkok turística de siempre. Bueno, también podría incluir la peatonal de Kao San Road, el corazón del barrio en el que se dice que se inventó el backpacking (¿“mochilerismo” será la traducción aceptada?). No es más que una pequeña zona de calles peatonales pero con muchísima vida: bares con la música a todo volumen, salones de masajes que se extienden hasta la vereda, lugares con peceras enormes donde unos extraños peces se comen la piel muerta de los pies, tiendas de ropa increíblemente barata y muchos puestitos del famoso “pad thai”. Es el plato más típico de Tailandia consiste en fideos (uno puede elegir cuales: de arroz, de huevo, cabellos de ángel), verduras, con o sin pollo, con o sin camarones y con o sin huevo. Como verán, es muy versátil, pero de algún modo logran que siempre sepa más o menos igual: a pad thai.



La versión top de las salidas nocturnas (no es que tenga nada contra el barrio de los mochileros) es ir a alguna de las increíbles terrazas de los hoteles por el barrio de Sukhumvit. Tienen una vista alucinante de la ciudad que se extiende sin fin, con ese halo de luz naranja que, aunque es una terrible contaminación visual, le queda precioso. Además, siendo todo tan barato, uno puede tomarse un trago por unos 12 euros (“tragos maricones” los llama Ale a esos que vienen con sombrillitas y rodajas de frutas), y sentirse como en las partes elegantes de la película “Hangover II”.



 (En el otro aeropuerto de Bangkok, 17.10.2013)

Ayer y hoy fueron días de lluvia en Bangkok. En realidad, ayer fue un día de lluvia y hoy uno de diluvios e inundación. Y, por una vez, les juro que no exagero. Ahora, desde la comodidad de mi asiento en el avión que saldrá rumbo a Phuket, ya no llueve y todo parece haber vuelto a la normalidad. Como evidencia de la inundación solo queda mi abrigo todavía húmedo y una impresión rara en los pies. Aunque me puse otras sandalias en el baño del aeropuerto, unas secas, todavía no logro sacarme la sensación pegajosa que me dejó el caminar por las calles de Bangkok, inundadas con medio metro de agua en la que morían ahogadas las cucarachas y las ratas huían subiéndose a las macetas. Algo fabuloso.

Ayer llovía cuando nos despertamos y no paró en todo el día, por algo se llama estación lluviosa. Salimos con el paraguas del hotel (nadie lleva paraguas de vacaciones) rumbo al templo de Watt Arun, del otro lado del río Chao Phraya en lo que era la antigua capital del Reino de Siam: Thon Buri (ahora parte de la ciudad de Bangkok). En un barquito cruzamos el río que, después de toda una noche lloviendo, era un torrente descontrolado que arrastraba troncos y otras cosas que no quise mirar con dedicación. Nuestra embarcación luchó contra la corriente hasta dejarnos del otro lado, donde nos esperaba el asombroso Templo del Amanecer.

Los cientos de escalones de piedra, de por sí altísimos y muy empinados, fueron todo un desafío debajo de la lluvia, pero valió la pena el esfuerzo por disfrutar de la vista maravillosa de la ciudad de Bangkok. A la bajada, casi empapados con paraguas o sin él, nos compramos un “reincó” (Ale lo tradujo como “rain coat” y aunque el nombre suene elegante no es más que una capa de nylon con capucha) y seguimos viaje en el barquito hasta el otro lado de la ciudad. Nos esperaba (a mí no, pero a Alejo parece que sí) el barrio chino, la población inmigratoria más grande de Bangkok.

Si hay que admirarles algo a los chinos es que poseen la capacidad de hacer suyo el barrio en que se instalan. De una calle a la otra parece que uno cambiara de país inesperadamente, todos los letreros son en chino, los mercados venden productos chinos y la gente, por supuesto, es china. Nuestro paseo consistió en meternos en las calles del mercado, cuyos puestitos atiborrados de cosas que se desbordaban sobre la vereda, vendían desde armas hasta comida. A parte de las armas y algún que otro producto de fontanería, éramos incapaces de nombrar lo que veíamos, sobre todo en los puestos de comestibles: comidas rosas, formas colgantes, ramas o algas, bolitas de cosas, aves decapitadas, cosas gelatinosas. El verdadero desafío era encontrar algo identificable y con nombre entre todas esas mercaderías que parecían sacadas de otro mundo. Mientras tanto seguía lloviendo y éramos los únicos valientes visitando el barrio chino de Bangkok.

Lo divertido vino la mañana siguiente cuando, luego de ir a un mega shopping de tecnología que me vi forzada a visitar por un rato, volvíamos al hotel en taxi. Llovía con globitos por las calles de la ciudad y se empezaban a formar charcos. A unas diez cuadras del hotel (y unas tres horas antes de que saliera nuestro vuelo a Phuket) nos bajamos del taxi que no avanzaba en el tránsito y decidimos caminar bajo la lluvia. Cuando doblamos en nuestra querida Avenida Sukhumvit, nos encontramos con la inundación (que a esta altura no me sorprendió en absoluto). El agua había empezado a subir, luego de llenar la calle se subió a la vereda y pretendió entrar a algunos de los negocios. La gente, muy tranquilamente, se sacaba los zapatos y seguía caminando con el agua hasta los talones, y  a nosotros no nos quedó más remedio que hacer lo mismo (excepto lo de sacarnos las zapatillas). Los tuk-tuk no andaban (el agua les llegaba hasta el motor) y los taxis se negaban a juntar gente. La dificultad estaba en las esquinas, por donde bajaban riachuelos de agua que nos llegaba hasta las pantorrillas. En las veredas donde el agua había retrocedido, la gente barría… ¡cucarachas! Montones de cucarachas ahogadas, ahora apiladas en montoncitos. Y desde las macetas con plantas nos miraban las ratas (una decena por maceta), con los pelitos mojados y cara de “odiamos la temporada de lluvias”.

Con un ataque de risa por la cara de las ratas y las pilas de cucarachas, no pude menos que coincidir con Alejo cuando describió la experiencia de viajar por Bangkok como “violencia sensorial”. Y así es, ningún sentido sale ileso de la cultura thai.


5 de noviembre de 2013

Crónicas egipcias: Del otro lado del mundo

29 años y 4 meses después de llegar a este mundo, llegué a África: un continente de aventuras y libros de Wilbur Smith. Me llamó la atención el desierto. La cantidad interminable de arena. Esas palmeras diferentes, que me hicieron pensar en oasis (aunque, como dijo la madre de un amigo, son palmeras cuyas hojas no caen hacia abajo, de manera relajada como las del Caribe. Estas tienen las hojas altas, apuntando hacia arriba, como en actitud de huida). Y la sorprendente tonalidad del Cairo: color arena, con una capa de arena para reforzar.


Pero empecemos por el principio… Tomamos un taxi hasta el embarcadero de Kadiköy y ahí un ferry hasta el lado europeo, valija en mano. Todavía seguimos aprendiendo sobre los transportes en esta ciudad, ahora resulta que había un ferry que nos deja a solo 20 minutos del aeropuerto, algo sumamente conveniente en esta ciudad de atascos. ¡Con los nervios que daban el cruzar toda una ciudad, Bósforo incluido, antes de llegar al aeropuerto, antes de realmente empezar el viaje! Aunque, a decir verdad, comparto la teoría de mi Papá de que las vacaciones empiezan cuando uno se va de casa, quizás fuera porque nosotros también él vive a una hora larga del aeropuerto.

En nuestro caso, empezaron despidiéndonos del portero amable (hay otro portero mala onda y uno educadísimo) y dándole un tarro de aproximadamente 3 kg. de queso de granja que le habían regalado a Ale esta semana. El queso vino acompañado de un mega panal de miel de abejas, pero ese me lo quedé porque es no-perecedero y, para ser completamente sincera, menos intimidante que el tarro plástico con un 47 escrito en fibra (que vaya a saber uno lo que significa), de un saladísimo queso turco.

“Iyi bayramlar, iyi tatiller!” dijimos y también dijo el portero (nuestra conversaciones suelen ser un intercambio idéntico de oraciones complementarias, al menos en mi caso) y salimos de casa con nuestras habituales valijitas de mano.

Una vez en el ferry (uno de los lujosos ferries de la compañía IDO) nos deslizamos rápidamente por el Bósforo, rumbo al embarcadero de Bakirköy, mucho más allá del centro histórico de Estambul y, afortunadamente, muy cerca del aeropuerto Atatürk.

(Ya en el avión yendo al Cairo)

Digamos que a uno no le produce la mejor de las primeras impresiones que, luego de la señal de abrocharse los cinturones, en el avión suenen en árabe los cantos del Corán. Puede que haya puesto cara de pánico. Lo siento, mis queridos amigos islámicos, pero como dice el dicho “Hazte fama…”. Y qué necesidad tiene Egyptair de asustar a sus pasajeros occidentales, me pregunté… y ahí me di cuenta que, junto a un matrimonio de la tercera edad presumiblemente ingleses, éramos los únicos occidentales del avión. ¡Los únicos! Ale no comprendió el motivo de mi alteración pero solo fue que me sentí muy lejos de casa (entendiendo “casa” en su concepto más amplio: el mundo occidental).

Las dificultades de viajar con Alejo incluyen, invariablemente, el exceso tecnológico (sea cual sea el medio de transporte) y las teorías conspiratorias sobre el mundo aeronáutico. Cuando viajo sola y con libertad para hacer el check-in a mi gusto, imprimo los boarding pass… Mi adaptación a la tecnología tiene sus límites y mis escasos 29 son demasiados años en la era del papel como para confiar ciegamente en los boarding pass virtuales que lleva Ale en el iPad. Algunas cosas todavía necesito que sean de papel, materializa el compromiso de viajar para mí y me gustaría creer que también para la aerolínea. Y, gracias a las descoordinación con que evolucionan los países, Egipto y Tailandia me darían la razón a través de las caras de desconcierto que ponían los empleados de la aerolínea cuando le mostrábamos, como único comprobante de nuestro estatus de pasajeros, la pantalla del iPad con unos cuadraditos blancos y negros (el código de barras de tickets electrónicos).

Por el otro lado, hace un tiempo, Alejo descubrió (vaya uno a saber cómo) que los asientos sobre el ala del avión son los más seguros (o algo igualmente irrelevante). Desde aquel momento, no veo más que alas blancas por la ventanilla del avión. Y, de vez en cuando, cuando alguna maniobra obliga al piloto a ladear el avión, alcanzo a ver una escasa porción de la geografía que cruzamos desde lo alto. Antes veía ciudades, aeropuertos, campos trazados con líneas rectas. Ahora veo un ala, y una que no parece ni demasiado nueva, ni demasiado limpia. Veo como se levantan partes y se alargan durante el aterrizaje, y todo eso me hace desesperar aún más. Con silenciosa indignación, me recuesto en mi asiento del medio entre un egipcio que lee un diario lleno de jeroglíficos y un marido que, aunque lucha encarnizadamente por sentarse del lado de la ventanilla, ahora duerme.

A lo lejos, más allá del ala, veo una nube gorda y, casi a la vez, me arrepiento de mi decisión de sostener la lapicera con la boca mientras guardaba la cartera debajo del asiento, me acabo de acordar que hace un rato se la presté al egipcio. Gérmenes desconocidos del África islámica: bienvenidos, tened piedad.

(Escala en El Cairo)

Presumiblemente por una tormenta de arena que hizo cerrar el aeropuerto (por qué le hago caso a mi marido en sus teorías conspiratorias, es algo que todavía no sé), se atrasó nuestro vuelo desde Estambul. Luego de haber echado un vistazo corto (e interrumpido por el ala) a la ciudad de color de todas las tonalidades de la arena, aterrizamos en el Cairo, en medio del verdadero desierto, que parece interminable.

Contratamos un tour express para lo que duraba nuestra escala en Egipto. En ese momento no lo sabíamos pero era un tour por los extramuros del Cairo. Atravesamos con nuestras valijitas y quizás un poco de cara de pánico el repletísimo estacionamiento del aeropuerto, lleno de gente poniendo maletas y bultos en los techos de los autos. Recorrimos durante un largo rato una autopista circular rodeada de enormes edificios en diferentes estados de construcción (algunos muy nuevos) y también en diferente estado de ocupación, que es lo que realmente me llamó la atención, que por cada inmenso bloque de departamentos, solo había dos o tres luces encendidas.

Cruzamos un puente, donde el amable conductor (aunque su amabilidad resultó que tenía precio) nos indicó el río Nilo, que en la oscuridad reinante solo se veía ancho, calmo y negro. Y, luego de juntar a nuestro guía al costado de la autopista (lugar confiable, si los hay), nos metimos en un barrio de casas a medio construir, calles de tierra (o cubiertas de tierra) y camellos y burros por todos lados. Junto a la reja por donde se accede al predio histórico (que hubiera estado abierta de no ser las 7 pm y de noche) el guía nos mostró las pirámides y nos explicó un poco de historia mientras se hurgaba la nariz con un dedo. Aquello me distrajo un poco, así que tuve que leerme la historia en Wikipedia, como siempre.


Las pirámides son inmensas tumbas (quizás las más originales del mundo) y hay más de 100 en todo Egipto, aunque las más famosas, sin lugar a dudas, son las de Giza, una pequeña población en las afueras de El Cairo. Allí hay tres pirámides principales: la de Keops, la de Kefrén y la de Micerino, tres generaciones de faraones, abuelo, padre e hijo de la Dinastía IV (año 2500 a.C.). Tal vez como respeto a su antecesor, cada uno de ellos construyó su pirámide un poquito más chica que la anterior. La de Keops, la más grande y conocida (con una altura de 138 metros), está considerada la única Maravilla del Mundo Antiguo todavía en pie.

Existen muchas teorías sobre cómo se construyeron y quiénes las levantaron, la más difundida (me veo obligada a contar versiones aburridas que no incluyen extraterrestres) es que se creaban rampas de arena húmeda por donde millones de esclavos (o quizás obreros felices, los egiptólogos no se ponen de acuerdo) empujaban inmensos bloques de piedra que luego formarían las siluetas escalonadas de las pirámides. Algo que no me esperaba es que esos bloques fueran tan grandes, pesan dos toneladas y media, y son casi tan altos como yo (aunque no es mérito, sigue siendo impresionante), imposible “subirlos” sin la ayuda de los escalones tallados en la misma piedra.


La Esfinge, el otro gran monumento que acompaña a las pirámides, tiene una historia curiosa: cuando se estaba construyendo la pirámide de Kefrén apareció una enorme piedra que le tapaba la vista desde uno de los lados, el faraón quiso destruirla pero sus arquitectos decidieron en cambio, tallarla hasta convertirla en una escultura: un formidable león con la cabeza del faraón Kefrén, que a esta altura no se pudo quejar, así quedaron esfinge y pirámide en pie. Dos monumentos por el precio de uno.

Las pirámides son todo lo impresionantes que deberían ser. Quizás lo sean más aún de cerca, pero eso vendría en otro momento, una semana después. La vista a todo color la tuvimos desde la terraza del Pizza Hut que está en frente, a donde nos llevó nuestro guía entre repartidores de pizza y el personal de limpieza (les adelanté que no era un tour de lujo). Y nos volvimos contentos al aeropuerto, con unas cuantas fotos de las pirámides iluminadas con luces de colores, una sorprendente explicación sobre cómo se hace el papel de papiro y un papiro de imitación en el cual un egipcio original escribió nuestros nombres en jeroglíficos.



Al Cairo volveríamos una semana después, en otra escala con otra excursión. La ruinosa ciudad logró superarse a sí misma y parecerme aún más ruinosa y sucia, con bolsas de basura apiladas por todos lados. Pero las pirámides también se superaron y lucieron todo su esplendor al sol y mucho más cerca. Anduvimos por los caminos que conectan a las pirámides entre sí (todo el lugar es mucho más grande de lo que imaginaba), trepamos por las paredes escalonadas de Keops y entramos al complejo donde se practicaba la momificación de los faraones.

Toda la zona donde se encuentran las pirámides, con el desierto alrededor y la desvencijada población de Giza, lo dejan a uno con cierto desasosiego (aumentado quizás por el poquísimo turismo que visita El Cairo en estos tiempos). Es como si el esplendor de las pirámides no consiguiera aplacar la soledad que transmite el océano de arena. Después de todo, son tumbas en el desierto, nada menos festivo.

Aún así, gracias a la habilidosa práctica del guía y de los tres chicos que nos seguían por el predio intentando que compráramos baratijas, logramos unas fotos increíbles que captaron lo impresionante que es estar ahí parado, junto a lo que fueron las estructuras más grandes creadas por el hombre durante miles de años. Tal vez lo que las haga tan maravillosas sea el emplazamiento: el desierto de arena que no parece terminar nunca y algunas caravanas de camellos (que, aunque ahora estaban cargados de turistas, traté de imaginármelos llevando mercaderes y bolsas de arpillera llenas de incienso y mirra.)

El Nilo es una auténtica fuente de vida en esta inhóspita región, tanto que su diseño determinó los contornos de un imperio y hoy de la ciudad. Está bordeado de plantas y palmeras, un oasis de verdad, aunque menos elegante de lo que uno pensaría. Hay que reconciliar las bellas historias de Las Mil y Una Noches con este tipo de ciudades arenosas y caóticas, llenas de basura, de gente por la calle y animales de carga… Cuesta bastante, aunque también bastante ha cambiado El Cairo desde las épocas de las pirámides, o quizás no. De cualquier modo, la Pampa tiene el ombú y El Cairo tiene las pirámides, es imposible concebir uno sin el otro, y lleva siendo así tantos miles de años que tal vez las pirámides sean el ícono turístico más antiguo del mundo.


27 de agosto de 2013

Bozcaada, isla con doble nacionalidad

Viajar por Estambul siempre lo pone a uno un poco nervioso. Puede que sea el tránsito o las horas pico… pero sobre todo es el hecho de que la ciudad esté dividida en dos partes tan significativas que son continentes distintos. A uno lo pone en un aprieto la geografía de Estambul porque siempre hay que tener en mente los puentes que cruzan el Bósforo o bien los ferries. Como los autos todavía no vuelan, uno es esclavo de esta acuática separación entre Europa y Asia al momento de viajar.

Y “para más inri” (como dirían los españoles haciendo referencia a la cruz de Cristo) el trazado de la costa oeste de Turquía es bastante complejo, con decenas de bahías y penínsulas en el Mar de Mármara y luego el Egeo. Tanto es así que resultó que para ir a la Isla de Bozcaada, a escasos 7,5 kilómetros de la costa asiática, era más rápido ir por el lado europeo y luego cruzar en barco por el Estrecho de los Dardanelos hasta la ciudad de Çanakkale.


Como mis instintos orientativos a gran escala son bastante pobres, dejé en manos de mi señor marido el trayecto. Me juró que eran como máximo cinco horas y media, y yo, un poco deprimida por haber vuelto de la Argentina hacía unos días y otro poco resignada cuando se trata de éste tipo de aventuras: en ruta y en países extraños, confié en él. No me defraudó, eran cinco horas (al menos de ida), punto para Alejo.

La salida de la ciudad de Estambul es abrupta, de pronto se termina la urbanización y empieza la Turquía agrícola de la que tanto oí hablar pero nunca había visto hasta ahora. Grandes campos de maíz, girasol y olivos se extienden en suaves colinas hasta que alcanza la vista. Cada tanto nos cruzábamos algún pueblito cuyo monumento central y motivo de orgullo era la mezquita local; algunas decoradas de manera muy curiosa, con cúpulas plateadas que reflejaban los rayos del sol o pintadas de verde y rosa al mejor estilo del Duomo de Florencia.

Antes de llegar al Estrecho de los Dardanelos pasamos por un enorme cementerio que conmemora la heroica batalla de Galípoli, donde los turcos repelieron la invasión aliada durante la Primera Guerra Mundial. Por si se lo estaban preguntando, los turcos se alinearon con los alemanes en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial (*) ...punto para los aliados. Pero no hay que dejar de reconocerles esta gran victoria en el estrecho que comunica el Mar de Mármara con el Mar Negro y que es el único paso marítimo para llegar desde Europa hasta la antigua Constantinopla y, desde ahí, hasta los países del este. Las tropas aliadas querían llegar a Rusia para ayudar a sus ejércitos a luchar contra los Imperios Centrales, pero el Imperio Otomano, desde las impresionantes fortalezas a ambos lados del estrecho (que en esa zona tiene solo 1,6 km. de ancho) impidió el paso y, aunque con casi la misma cantidad de bajas, ganó la batalla. Al mando de una de las divisiones turcas se destacó una figura que comenzó su leyenda de héroe nacional: Mustafa Kemal, luego conocido como Atatürk o “padre de los turcos”.


El ferry para personas y autos (aquí se llama feribot) que cruza el estrecho nos dejó en la costa de la ciudad de Canakkale, famosa porque en sus inmediaciones se encuentra Troya. Poco sabía yo de Troya más que lo del caballo y retazos de la película con Brad Pitt, que resulta que está muy bien y ajustada a la historia. Sigo sabiendo más o menos la misma escasa cantidad de cosas: Paris robó a Helena de Esparta, guerra entre troyanos y los aqueos, Aquiles héroe de guerra, caballo con sorpresa, destrucción de la ciudad de Troya; a las que le agregué la triste teoría de que tal vez la batalla (caballo incluido) haya sido solo un invento, una licencia literaria que se tomó el señor Homero.

La verdad es que Alejo me leía los artículos de la Wikipedia bajo un sol calcinante mientras recorríamos los caminos y pasarelas de Troya. Si la comparación es con la antigua ciudad de Éfeso, Troya sale muy mal parada, pero no por falta de ruinas (hay unas 9 ciudades apiladas una encima de la otra) sino más bien por su pobre estado de conservación y desenterramiento (“excavación” sería la palabra correcta pero “desenterramiento” va perfecto con mi ignorancia en temas arqueológicos). También sufrió colosales robos por parte del cuestionado arqueólogo Heinrich Schliemann, acusado del traslado ilegal de objetos y joyas de oro a Grecia.

Pero vale la pena visitarla si uno anda por esa zona, al menos para decir “¡Estuve en Troya!” y sacarse una foto con el fantástico caballo de madera que hay en la entrada. Es, por otro lado, una suerte que hayan puesto ese enorme caballo alegórico, porque sino las fotos serían una frustración. Es lo menos auténtico, quizás lo más fotografiado y lo único que le hace a uno hacer la conexión mental con ese lugar de leyendas.


Dejamos Troya y anduvimos un poco más por las modernísimas autopistas que cruzan esta zona. Bajamos abruptamente la velocidad cuando divisamos a lo lejos un auto de policía al costado de la autopista, todos los autos hicieron lo mismo… ¡Solo para descubrir que era una gigantografía de cartón y en muy buena calidad de un auto de policía! Una idea excelente: barato y efectivo (porque cuando uno se da cuenta de que, en realidad, es un cartón, ya disminuyó la velocidad).

Desde un pequeño embarcadero, a unos kilómetros de Çanakkale, salió el ferry que cruza a la Isla de Bozcaada. A las 10 de la mañana la cola de autos era pequeña, esperamos tan solo dos idas y vueltas del ferry (tarda una media hora en cruzar), pero son famosas las colas de varias horas en las temporadas altas, tanto para ir como para volver de la isla. Pero todo ese embrollo nos esperaba recién el domingo.

No sé si alguna vez tomaron un ferry para personas y autos pero es algo curioso. Uno entra a la panza del ferry con el auto, lo estaciona donde le dicen (en general ponen los vehículos pesados, como colectivos en el centro), pone el freno de manos (importante) y después puede abandonar el auto para subir por las escaleras al primer o segundo piso. Es de esas cosas que una vez que las hiciste ya te parecen fáciles, pero fue toda una aventura la primera vez.

La pequeña isla de Bozcaada, llamada en griego Tenedos, tiene solo 36 kilómetros cuadrados y 2.500 habitantes. Está mencionada en la Ilíada de Homero y perteneció al Imperio Bizantino, luego al Veneciano y más tarde al Otomano. Aunque originariamente su población era griega pasó a manos de los turcos en 1923, y se convirtió en una de las pocas islas turcas del Mar Egeo. Su único pueblo comparte el mismo nombre: Bozcaada y tiene un inconfundible aire griego, con callecitas de adoquines repletas de mesas a cuadros, edificaciones en blanco y azul, y balcones desbordados de flores.

El ferry atracó en el embarcadero de Bozcaada, lleno de pequeños barquitos de pescadores y algunos de paseo. Al costado derecho se alza el imponente castillo medieval estilo veneciano. La gente con cara de vacaciones comenzó a esparcirse por el centro y se volvió a armar una cola de los autos que iban saliendo del ferry por la calle principal. El pueblito se recorre muy rápidamente, unas calles para cada lado y se termina, así que no fue difícil encontrar nuestro adorable hotel. Una vez instalados, dimos una vuelta por el simpático mercado de artesanías y de dulces locales mientras esperábamos a unos amigos.


La ciudad de Bozcaada se acaba pronto, dando paso a las áridas colinas repletas de viñedos que tiene la isla en su interior. El producto principal de la isla es el vino de Tenedos, famoso desde hace siglos. Si, leyeron bien y no es una exageración: siglos… no sería descabellado pensar que en la mesa del domingo las familias troyanas se excedían con el vino de Tenedos y después criticaban a Paris por enamorarse de Helena. Otro producto local muy apreciado son los dulces caseros. Es el primer lugar en Turquía donde descubro el dulce de tomate, que me hace acordar automáticamente a mi Abuela.

El atractivo de la isla, además del vino y el pintoresco pueblito de Bozcaada, son sus playas. La mayor parte de ellas son pequeñas calitas de arena, rodeadas de colinas rocosas o acantilados. Algunas son “salvajes”, es decir que no tienen ningún tipo de servicios, en otras pueden alquilarse reposeras y sombrillas, y también hay los llamados “beach clubs” que son complejos con restaurantes, bares, sombrillas y todas esas paqueterías que hacen que valga la pena ir a la playa.

El primer día visitamos la playa salvaje de Aquarium, donde descubrimos que el mar, además de ser de un maravilloso azul-turquesa, estaba helado… Con más bravura que ganas nadamos un rato en ese mar cristalino y sin olas, después de todo se supone que el agua helada es buena para la circulación, ¿no? El segundo día nos castigamos en el Beach Club Pelagos, retozamos en inmensos almohadones sobre un deck de madera, pedimos tragos y disfrutamos de la hermosa bahía. Y el tercero, alquilamos un barquito solo para nosotros (que éramos ocho: 4 turcos, 2 españoles, 2 argentinos) con el que recorrimos la costa este y sur de la isla, parando cerca de algunas playas para nadar un rato y hacer snorquel. Hay algo en mi organismo que adora el mar, aún habiendo tenido poco y nada que ver con él. En otra vida debo haber sido marinera o pirata (bueno, quizás pirata no, parecen estar siempre sucios), porque me encanta el balanceo del barco en las olas y el viento salado; el mar me parece extraordinario…


El capitán nos preparó una pequeña parrilla sobre las piedras debajo de un acantilado y fue tarea de los argentinos, cómo no, asar presas de pollo, salchichas y köftes. El viento y la cantidad de leña que le echó el capitán, convirtieron a la parrilla en una gran llamarada, además estábamos parados en un borde irregular de acantilado, con el sol del mediodía y, como únicas herramientas, un cuchillo y un tenedor. Alguien capaz de asar en estas condiciones… ¡merece ser familiar mío!

Por las noches, cenábamos en alguno de los encantadores restaurantes de la isla en los que, gracias a las chicas turcas, teníamos una reserva para cada noche. Las mesas de manteles a cuadros llenaban las callecitas, por encima de ellas, parras de uvas y decenas de farolitos encendidos que se balanceaban con la brisa del atardecer. Nos acompañaban el bullicio de aquellos lugares a donde va todo el mundo y la felicidad de las cenas en vacaciones, después de un largo día de sol y de mar.

El menú era simple: los mezzes (entradas frías y calientes turcas) para elegir de entrada, como ensalada de berenjenas, nueces y pasas, humus, yogurt con espinaca y zapallitos, tomates locales con aceite de oliva; y luego pescado a elección asado o frito (salmonetes, róbalo, lenguado), siempre con guarnición de rúcula y rodajas de limón. Cuando digo “elegir” me refiero a que alguien de nosotros iba hasta la cocina y elegía efectivamente mezzes y pescados (de poco hubiera servido que fuera yo, que soy incapaz de reconocer una merluza antes de ser filete, así que me abstuve). Es muy típico en Bozcaada también el pulpo, que se prepara a las brasas y con tomates asados.

La última cosa que nos quedaba por hacer es ir a ver la puesta de sol. Aprovechamos el paseo (siempre falta más de lo que uno piensa para que efectivamente se ponga el sol) para recorrer la isla por la ruta costera. Fuera de los viñedos y las playas que se abren paso entre las rocas, se ven solo algunas casas elegantes y poco más, toda la población se concentra en la ciudad de Bozcaada, en el extremo oeste de la isla.



Seguimos los carteles que indicaban la central eólica junto a muchos otros autos que iban evidentemente para el mismo lugar, y cuando se terminó la ruta tradicional, todo el mundo se desvió por un camino de tierra. Los seguimos para llegar a un estacionamiento improvisado al aire libre que se empezaba a llenar. La gente se iba sentando al borde del inmenso acantilado, la mayoría traía su botella de vino, vasos de plástico y tuppers con quesitos. ¡Una paquetería! Nosotros que, ni sabíamos de la tradición local ni solemos tomar vino, simplemente nos sentamos a ver el mar, la hilera de molinos de viento y el gigantesco sol naranja que, ahora si, empezaba a ponerse. Un grupo de turcos, que querían nuestro lugar, nos indicaron que nos paráramos por un momento, extendieron una lona y luego nos invitaron una copa de vino y a sentarnos con ellos, cosa que declinamos amablemente. Después, se despidieron de nosotros con un “Iyi aksamlar, yabanci” (Buenas tardes, extranjero) y nos dimos cuenta que, probablemente, fuéramos los únicos argentinos en decenas de kilómetros a la redonda.


Aún nos faltaba otra noche en Bozcaada, un desayuno típico con dulces caseros y el camino de vuelta, pero ya empezábamos a despedirnos de esta bellísima isla.

Al otro día sí que nos tocó esperar en la larga cola de autos para subir al feribot, que se había formado a lo largo de la calle principal. Mientras Ale tomaba Fanta y jugaba al Candy Crush en el auto, yo paseaba por el mercado de artesanías comprando imanes con peces para la heladera de mi casa. Una hora después, cruzamos en el ferry y nos preparamos para una lenta vuelta a casa (era fin de semana largo). Las colas para cruzar al lado europeo, en los embarcaderos de las ciudades que pasábamos, sumaban varios kilómetros de largo. Veíamos la larga cola de autos y seguíamos hasta la ciudad siguiente. En el último intento en Bandirma (ya habíamos decidido ir por el lado asiático, por el que se tarda unas 8 horas), Ale preguntó en la cabina de seguridad y, aunque los pasajes estaban todos vendidos, nos dijeron que esperáramos… y esperamos. Unos minutos después, estacionábamos el auto en la enorme panza del feribot  y cerraban las puertas para zarpar.


¡A veces uno tiene suerte! Y hay que aprovecharla, así que nos acomodamos en el inmenso y lujoso ferry (parecido a nuestros Buquebus), cenamos y un rato después desembarcábamos en Yenikapi, en el corazón de Estambul y a solo unos minutos de casita.

(*) Parecería ser que, oficialmente, Turquía no participó de la Segunda Guerra Mundial. 
"Herrar es umano". Mis disculpas, queridos lectores.