17 de enero de 2014

Expatriación fácil para la mujer moderna

La expatriación no es fácil (a riesgo de contradecir mi propio título), no es una película de Hollywood donde la protagonista llena valijas Luis Vuitton y toma un avión privado hasta un destino exótico, donde la espera su marido con una cena romántica. De hecho eso está bastante alejado de la realidad, que suele estar más poblada de despedidas llorosas en los aeropuertos, mudanzas que no llegan cuando tienen que llegar y del aturdimiento de llegar a un lugar desconocido. La expatriación es básicamente tres grandes asuntos: supervivencia, adaptación e incertidumbre. Y en ese orden también.

La Torre de Leandro
Primero empieza la etapa de supervivencia. Esta es la etapa donde hacemos un verdadero esfuerzo mental y sensorial por orientarnos en una ciudad desconocida, quizás también por aprender un idioma. Sin importar qué circunstancias te hayan llevado hasta ese lugar, hay dos formas de tomarse esta etapa: con buena onda, intentando buscar cosas positivas en el nuevo destino o bien, con nostalgia por lo que dejamos atrás y creyendo que nuestro país es mejor.

Por suerte, en el caso de los argentinos, nosotros casi nunca consideramos que nuestro país sea mejor a ninguno. Lo tendemos a ubicar en un confortable punto medio, junto a lugares donde hay cosas buenas y también malas. Eso ya nos da una gran ventaja. En parte por eso será que hay tantos argentinos viviendo en el extranjero.

Pero luego, extrañar no responde a la razón, está íntimamente ligado a los asuntos del corazón y el corazón hace lo que quiere y extraña lo que quiere. Por más que vengas del peor país del mundo.

Otras nacionalidades lo tienen más difícil. Algunas tienen puntos más válidos para extrañar su país de origen...yo también me pregunto qué hacen algunas personas del primer mundo en ciertos lugares, cuando me las encuentro por ahí. Mis años de expatriación (que ya no son pocos) me enseñaron que la gente lo hace por la curiosidad o por el dinero, a veces por ambas.

La costanera de Caddebostan
La etapa de supervivencia es dura y divertida. Es cuando nos embarcamos en la aventura, nos perdemos, nos suceden cosas insólitas y malentendidos culturales. Tiene de malo que es un período bastante solitario porque generalmente uno no logró hacerse amigos todavía.

En la etapa que sigue, la adaptación, se empieza a disfrutar la ciudad nueva de verdad. Uno comieza a hacerse un lugarcito en destino (siempre como extranjero, a no confundirse, eso no se quita nunca). Es cuando caminás por la calle y te sentís parte de la ciudad, conocés los códigos, sabés los precios, te orientás, podés pasar por local si no hablás mucho... Es la época en la que vos te metés en el entramado de una ciudad y la ciudad te acepta como propio.

Ahora sí llegan los amigos, los lugares favoritos, hacer de guía para las visitas, ir de vacaciones a donde van los locales y, en mi caso, dejar de escribir crónicas porque la vida se volvió casi normal.

Estambul desde los techos del Gran Bazar
Cuando la ciudad ya se vuelve terreno conocido y la vida se desarrolla con la pasividad de las vidas normales en país extranjero, llega la última etapa: la incertidumbre.

Empieza como empiezan todas las cosas: con una idea. En este caso es el sutil presentimiento (o quizás la brutal decisión ajena) de que nos va quedando poco tiempo en esta ciudad, que pronto vendrá un nuevo destino.
...

El noviembre pasado, a Estambul se le empezaron a desdibujar los bordes como a aquella foto de Volver al Futuro… Teníamos que abandonar la ciudad bicontinental y partir para otra (mucho más continental, de hecho en pleno continente europeo), donde a mi marido lo requerían, lo necesitaban o lo podían ubicar. Vaya a saber uno cuál de las opciones sería. La cuestión es que Ale partió y yo me quedé en Estambul, a disfrutarla un ratito más y a dejarme mimar por mis amigas en múltiples despedidas con sabor navideño.

El día que fui vice-presidenta
Se sucedieron las últimas salidas de mi querido grupo Miércoles en Estambul (del que fui vicepresidenta durante una inolvidable salida), con las expatriadas más lindas que he conocido hasta ahora, las últimas cenas con mis amigas argentinas, los últimos ferries para cruzar al lado europeo, las últimas compras en la calle Bagdat… Todo me pareció poco porque esta vez, quizás la primera en mucho tiempo, no me quería ir.

Pero poco puede hacer una cuando ya es tiempo de cambiar y sobre todo, cuando un marido feliz llama por Skype para contar lo lindo que está Madrid y lo bien que se vive allá. Así que, aunque después lloráramos en el aeropuerto, seguí el lema de una de mis mejores amigas “¡Callate y seguí empacando!”. Es una fórmula que funciona siempre.

Por más que para Estambul yo haya sido una expatriada más, que anduvo de paso por sus calles y comió sus comidas, para mí la experiencia turca no se borra nunca más. Ahora Turquía significa mucho más que un país en el mapa (uno que tal vez intimide desde lejos), ahora entiendo, sé como es la vida allá. Y, aún con las dificultades del idioma, creo que nunca me sentí tan en casa como en Estambul. ¿Fui yo o fue la ciudad? No lo sé. Quizás un poco de las dos.

La ciudad ayudó mucho. No me voy a cansar de elogiar al Bósforo, esa cinta azul llena de vida que diseña los rincones más maravillosos a su paso, y que me hacía soñar despierta mientras cruzaba de Europa a Asia y de Asia a Europa. Como si uno, además de viajar entre continentes, lo hiciera entre mundos distintos.

El ferry de Eminönü a Kadiköy
Los puentes sobre el Bósforo: increíbles creaciones humanas que lograron embellecer aún más la ciudad. La mejor vista de Estambul está cuando uno cruza el primer puente (paradójicamente es el único lugar desde donde es imposible hacer una foto). La colina de Sultanahmet queda a un lado, con sus monumentos iluminados, la Torre de Leandro solitaria en medio del agua, el bosque de pinos en el que flamea la bandera turca y la salida al Mar de Mármara, donde esperan cientos de barcos cargueros. Del otro lado, se ve la curva que hace el Bósforo, el segundo puente iluminado de colores, más bosque de pinos y la escuela del ejército siempre brillando en la oscuridad.

El llamado a la oración (no forzaré la anécdota diciendo que voy a extrañarlo), los minaretes de las mezquitas iluminados de noche, las banderas turcas por todos lados en días festivos, la enorme cabeza de Kemal Atatürk en murales y afiches… no son detalles, forman parte de la identidad de la ciudad. Estambul parece gritar “¡Soy ésta, soy así!”, también desde la plaza de Sultanahmet en verano, repleta de turistas, desde los parques llenos de tulipanes en abril, desde los modernísimos centros comerciales que se inauguran de a montones, y desde los bordes del Bósforo con sus eternos pescadores.

Al çay (chai) sí que lo voy a extrañar. Ya tengo síndrome de abstinencia y despotrico contra cada té aguado y tibio que me sirven, espero que el saquito de Twinings produzca ese color oscuro que tanto aprendí a querer pero no pasa nada. Atrás quedaron los renegridos çays hirviendo, que me secaban la lengua por dentro.

Me va a costar superar también los traumas de vivir en Turquía: eso de pensar las oraciones en mi rudimentario turco antes de ir a cada lugar o contestar a las preguntas con “evet” (si) o “tamam” (de acuerdo) de manera automática.

El lema nacional "Que felicidad decir que uno es turco"
La gente turca, me gustó porque me sacó más sonrisas que enojos. Y eso ya es una buena estadística. Llevan a cuesta la contradicción eterna entre el Islam y el mundo occidental, se vuelcan para un lado o para el otro, pero nunca abandonan completamente sus raíces. Y eso es algo bueno, ellos son como son también porque son musulmanes y la religión, desde luego, no asegura buenas personas ni malas, pero sí que forja al carácter y la identidad… Estos son más buena gente que muchos, me trataron bien, me recibieron más como una rareza que como una molestia.

Turcos, musulmanes, tradicionales, Kemalistas, tapadas (como llamábamos a las mujeres con velo o abaia completa), modernos y occidentales, fumadores de nargile, olorosos a axila, valientes como para enfrentarse a su gobierno, brutos que te empujan en el ferry, pacientes para entender mi turco cavernícola y eternos callejeros çay-en-mano… Los turcos de hoy son todo eso y mucho más.

…

Atrás quedó Estambul y nuestra casa por casi dos años. Nos despedimos de la ciudad con más pena que en ninguna otra, creo que todavía no se nos pasa el enamoramiento. Cuando cruzamos el puente sobre el Bósforo, a la suave colina de Sultanahmet la cubría una capa de niebla. Estambul no nos quiso mostrar su cara más bonita esta vez, quizás también se enojó con nosotros por irnos. Pero ya volveremos.

Volviendo a casa 
Al portero amable de nuestro edificio le di todo cuanto quedaba en la casa… ropa, comida, elementos de baño. Hasta le abrí la heladera para que se llevara lo que quisiera y, aunque empezó por las cervezas (dando por tierra una vez más la leyenda de que los musulmanes no toman alcohol), luego se llevó hasta el hielo. Aceptó todo con una sonrisa. Mis plantas, en cambio, fueron reubicadas en lo de mi amiga y sobrevivieron a los 12 días de vacaciones navideñas.



Habré dejado un poco de mí en Estambul y en cada lugar, al menos eso espero, pero todos los países en los que estuve (México, Perú, España y Turquía) se me grabaron a fuego. Y me ayudan todos los días a entender a las personas y a sus tradiciones, a disfrutar lo que tengo a mi alrededor y a ver el mundo como un lugar lleno de ciudades parecidas a aquellas en las que tuve la suerte de vivir. Somos distintos, pero entendernos nos hace parecidos.

11 de diciembre de 2013

Los Ciudadanos del Mundo (Adriana T.)


Por Cintia Ana Morrow para Argentinos.es


Hay gente en este mundo que tiene las ideas claras…y después está Adriana Tilve, una argentina que siempre supo para dónde quería ir y no permitió que nada la detuviera. En el camino descubrió mucho más de lo que esperaba y construyó sueños nuevos.

Adriana llega a los lugares con resolución y con un cochecito desde donde su hijo pequeño ve pasar el mundo. No hay excusas que valgan para esta abogada, mamá y esposa cuando se trata de salir a recorrer la ciudad de Estambul. A su paso deja muy buenas ondas: optimismo, valentía, humor y sobre todo, ilusión por su futuro. Es una de esas personas que lo inspiran a uno a ponerse en movimiento…

Le robamos unos minutos mientras afuera nevaba y compartió con nosotros su historia, sus momentos de debilidad y sus anhelos. Nos contó cómo fueron encajando las piezas de su vida para convertirla en la persona que es hoy. Después de leerla, díganme si no les dan ganas de salir al mundo…

¿Dónde naciste, Adriana?
Soy de Buenos Aires, Argentina. Nací y me crié en Capital Federal.

¿Y cómo empezó todo para vos?
Desde muy chica tuve claro que quería estudiar abogacía y que, en la medida de lo posible, querría hacer un Master en Derecho Internacional en el exterior. Así fue como durante los últimos años de facultad empecé a aplicar a cuanta beca se me cruzaba por el camino, hasta que en Septiembre 2001 me comunicaron la aceptación de mi solicitud en la Universidad de Bologna, Italia. El 21 de octubre estaba arriba del avión y ese fue el comienzo.

Después de tu experiencia italiana, ¿a dónde fuiste?
Cuando termine el Master en Bologna debía hacer una pasantía. Yo había aplicado en la International Bar Association (que no es la Asociación Internacional de "Bares" sino de "Abogados") con sede en Londres, Reino Unido, y me tomaron. ¡Así que Londres fue mi casa por 1 año, hasta el 2003!

¿Qué dejaste atrás, además de la familia?
A mis amigas del alma y mi trabajo (hacia 2 años que ejercía en un Estudio Jurídico de Buenos Aires). ¡Los proyectos se estaban realizando así que subieron conmigo al avión!

Me imagino que habrás tenido muchas sorpresas tu expatriación…
Mmm... Muchas, seguramente, pero no soy buena para recordarlas... Tal vez, podría decir que -además de realizar un sueño desde el punto de vista profesional- no esperaba encontrarme en Italia al príncipe azul que siempre busqué. Tampoco formar una familia más que ideal con él ni seguir viviendo aventuras por el mundo a su lado. Hoy nos encontramos viviendo en Estambul debido a su trabajo...

¿En qué lugar te sentiste más cómoda?
Antes de vivir en Estambul, habría contestado Londres pero Estambul, el Bósforo, lo exótico de vivir con un pie en 2 continentes distintos ¡lo superan!
Excepto cuestiones burocráticas de visas y algún que otro problemilla económico al inicio (cuando se me estaban acabando los fondos traídos desde Argentina y aun no había conseguido un trabajo en Italia para pagarme los gastos de la vivienda), no hay nada que me haya costado particularmente tanto.

Se te ve muy feliz en estos países exóticos, ¿qué es lo que más te gusta?
De estar afuera me gusta todo: el sentirme turista en una ciudad en la que vivo, el desafío de volver a empezar en otro lado, incorporar nuevos idiomas, costumbres, vivencias En fin, ¡creo que es un privilegio para todos los curiosos!

La aventura de vivir en el extranjero suele cambiar un poco a las personas. ¿En qué sentís que te cambió a vos, Adriana?
¡Seguramente muchísimo en la alimentación! En Buenos Aires, donde ya vivía sola hacia un par de años, vivía a base de yogurt con cereales y latitas de verduras... Ahora no digo que como de todo, pero en Italia descubrí millones de alimentos que en Argentina ni se me hubiera ocurrido probar: zapallitos, calabazas, brócolis, apios... ¿Cómo resistirse a unas "fiori di zucca in pastella", a un "risotto", a unos “ravioles di zucca con amarettis” o a unas "orecchiette con cime di rapa"? Se me hace agua la boca y si me leyera mi mamá ¡no podria creerlo!

No tengo idea qué son esas cosas que acabás de nombrar, pero suenan deliciosas… Pasando a aspectos más nostálgicos: ¿Cómo llevás el hecho de estar lejos?
¡Pues no hay lugar para quejas cuando tanto hice y perseguí el sueño de vivir afuera! Seguramente sin la tecnología todo seria mas difícil... Recuerdo que al principio, no teniendo computadora personal, pasaba horas en la biblioteca pública de Bologna para comunicarme vía e-mail con Argentina. En cuanto a la melancolía, por suerte no la sufro... Sí, he tenido momentos duros (particularmente dos) en los que pensé en volverme (puntualmente: cuando me tuvieron que hacer una pequeña intervención en un ojo en Bologna y cuando, a la vuelta de Londres, después de tanta inversión en los estudios, me encontraba trabajando como secretaria, en un banco de Milán) pero al final "Dios aprieta pero no ahorca" y en ambos casos apareció esa mano que me hizo cambiar de idea...
 
Mudarse a otro país es una idea, para muchos, impensada. ¿Se lo recomendarías a nuestros lectores?
¡Siempre! Pienso que no hay experiencia mas formativa a nivel humano que vivir en el exterior haciendo lo que sea: estudiando, trabajando, haciendo voluntariado... A corto o plazo o para siempre, eso se decide sobre la marcha, si es que el destino no se impone. Pero sin dudas ¡recomiendo hacer la prueba! Claro está que es una aventura para el que tenga pasta de aventurero... “¡¿para que mandar al casero de turno al matadero?!” Personalmente, espero poder trasmitirles algo de la hormiguita viajera que hay en mi a mis dos pequeños para que el día de mañana se puedan mover libremente por el mundo.

¿Se te ocurre algún consejo para aquellos que están considerando la posibilidad de salir al extranjero?
Bueno, yo siempre digo que irse al extranjero, por lindo que suene, no es soplar y hacer botellas pero cuando uno lo hace convencido, todos los esfuerzos son recompensados ¡y con creces! Y para las familias, a mí a veces me preguntan si mis padres no me extrañan...la respuesta es obvia (yo también extrañaría a mis hijos si el día de mañana vivieran en otro país). Pero ellos fueron artífices y testigos de todo lo que hice para lograr mi objetivo así que, viendo los logros, no les restaba mas que compartir mi felicidad... 


En pocas palabras:

Viajás con el pasaporte… ahora con el italiano para unificar ya que marido y niños también viajan con ese.
¿Amás u odiás los aeropuertos? Los amo, adoro conocer nuevos y pasear por adentro (¡y por los Duty Free!)
¿Pasta o pollo? jaja ¡Pollo!
La comida argentina que más extrañás… ¡alfajores y palitos de la selva!
Un lugar de vacaciones… cualquiera, ¡basta que no sea repetido!
¿Qué elemento viaja con vos siempre? Mmm...solo las cosas personales y algún libro (no soy una chica tecnológica así que -además del celular- no me llevo nada más)
¿Y qué te olvidás? Nada que no pueda comprar... ¡en el Duty Free del aeropuerto!
Cuando tenés tiempo lo dedicás a… ¡leer!
¿Qué pedís que te lleven los que van a visitarte? ¡Alfajores y palitos de la selva!
Un sueño cumplido… (¡ver arriba!)
Y uno por cumplir… Mmm... ¡Seguir descubriendo metas en familia!


6 de diciembre de 2013

Phuket no apto para cardíacos

Phuket es un paraíso creado a medida, pero va un paso más allá que el Caribe en cuanto al entretenimiento. De entrada, les podría decir que es el paraíso masculino: los tragos son baratos, las prostitutas amables y la oferta cultural nula; pero entonces me criticarían por ser injusta (con acotaciones como “A mi novio le encantan los museos”) y también por discriminar a la comunidad homosexual que seguramente no se ajuste a estos simpáticos estereotipos masculinos. Aún así, nada de lo que dije es mentira: la cantidad y diversidad de prostitutas (y de “lady boys”, su versión travesti) es insólita, los tragos son baratos (al menos para los estándares europeos) y se sirven en bares donde las chicas bailan en los caños; y la oferta cultural se limita a algún que otro show de fantasía, donde los animales hacen piruetas en un escenario (se ve que la protección animal solo llegó hasta las ratas bangkokenses, los elefantes phuketianos se quedaron afuera).

Para el público femenino quedan las excursiones a lugares donde alguna vez se filmaron películas como “James Bond” y “La Playa”, con Leonardo Di Caprio (no seamos anti-estereotípicas tampoco, debemos admitir que el solo hecho de nombrar estas cosas nos atrae como moscas). También se pueden visitar otras islas, como a la de los Monos (que distan mucho de ser tiernos, pero se ven lindos en las fotos) y hacer snorquel, una actividad familiar, desligada a cualquier inclinación sexual y respetuosa con la naturaleza.


Volábamos en avión rumbo a Phuket y por la ventanilla (después del ala, por supuesto) se aparecieron decenas de islitas que sobresalían en medio del mar. Todo se veía azul y paradisíaco. Ya en el hotel nos recibieron dos mujeres con el saludo tradicional tai. Nos dieron te y toallas húmedas para refrescarnos, y una de ellas fue a dar un “gong” de bienvenida, al estilo de las películas. Casi la atajamos cuando vimos lo que se proponía (hubiera creído que el gong era para huéspedes más ilustres), pero después pensé “nosotros somos huéspedes ilustres” y “goooooong!”, molestamos a todo el hotel con nuestra llegada.

Aunque en la recepción nos dieron todo tipo de indicaciones y de horarios (yo nunca logro prestar atención al horario ni al lugar donde se sirve el desayuno), lo único que grabó en su memoria mi marido fue que de 5 a 6 de la tarde servían frutas gratis. ¿Para qué?, me pregunto yo. Si tengo que hacer un escándalo para que se coma una mandarina… Allá fue él a conseguirse un plato de frutas tailandesas y me lo trajo con tal entusiasmo que no pude rechazarlo. Por supuesto que al segundo mordisco mi marido se aburrió y se puso a explorar la playa, y me dejó a mí con las poco apetecibles frutas tailandesas, una de las cuales me desconcertó tanto (parecía una cabeza de ajo) que empecé por la cáscara. Alejo, haciéndose el nativo conocedor, me reeducó sobre las partes comestibles.

El hotel, en la bahía de Andaman, se abría lugar a duras penas entre la espesa vegetación tropical que bajaba hasta la playa. Parecía como si en cualquier momento se fuera a tragar una de las habitaciones. Eso es parte del encanto de Tailandia, todavía tiene bahías y rincones que parecen “vírgenes”.



 Creo que realmente me sentí en Phuket cuando por fin llegué a la playa del hotel. Pisé la arena, que se me escurrió entre los dedos de los pies, y me olvidé por un momento de los riachuelos con ratas y cucarachas en Bangkok. Al fin la playa, una reposera, la puesta de sol maravillosa y palmeras apuntando en la dirección correcta. Aunque entre mis pies de nuevo corrían animalitos…esta vez unos cangrejos blancos muy difíciles de ver, pero que huían a cada paso que dábamos. Es otra de las cosas que tienen las playas casi vírgenes además de flora: fauna. Del mar pudimos disfrutar poco, ya que estaba especialmente bravo (revolcón por el lecho marino-bravo). Pero al final del día nos sentamos a tomar el té en nuestro increíble balcón con vista al mar. ¿Qué más se puede pedir?

Según Alejo, una moto. Así que alquilamos una moto. ¿Por qué no? Si nos encanta hacer el tonto en países extranjeros… Con cascos y todo, aunque el mío era mucho más cool porque era negro. Primero hubo que llenarle el tanque y cuando ya llevábamos unos cuantos kilómetros sin ver estaciones de servicio occidentales, nos convencimos de que el sistema local aprovisionamiento de nafta eran esos surtidores que veíamos en los patios de las casas, con un cartelito que decía “Gasoline”, escrito en aerosol. Una señora nos bombeó 200 bahts de nafta mientras yo sacaba una foto, los vecinos rieron un rato de nosotros y seguimos camino.

Bordeamos la isla por la carretera que va junto a la costa. La primera parada fue Surin Beach, una playa gigante con reposeras y sombrillas para alquilar, y el mar tranquilo como una laguna. La mayoría de las playas en Phuket son así, digamos públicas. Hay muy pocos hoteles que tengan su bajada a la playa, o inclusive su playa privada. Es el viejo sistema veraniego estilo argentino: caminás unas calles y estás en la playa, accesorios aparte. Por ponerles un ejemplo, el Novotel que está en plena construcción tiene un cartel de propaganda que dice “Build a hotel at the beach, they said” (“Construye un hotel en la playa, dijeron”) y aún así, ¡no está en la playa! Como para que no haya sorpresas…

Con la panza llena de bananas fritas, seguimos camino hasta la famosa Patong Beach, el lugar donde está todo en Phuket. Y con “todo” me refiero a los inofensivos entretenimientos locales como restaurantes tai, hoteles, agencias de viajes donde contratar excursiones y cientos de salas de masajes; y también, por supuesto a los otros: prostitutas, “lady boys”, bares donde ver bailes del caño (o “pole dance”) por el precio de una consumición y shows eróticos de todo tipo (incluyendo uno muy perturbador donde las chicas expulsan pelotitas de ping-pong por lugares donde no debería haber pelotitas de ping-pong).

La peatonal de Patong Beach de noche se convierte en una gran góndola de productos sexuales… casi todos para el público masculino (y las consabidas lesbianas y/o demás colectivos sociales que pueda estar dejando de lado con mis categorías simplistas de “femenino” y “masculino”). Pero eso no quiere decir que solo haya hombres, para nada, hay gente como si paseáramos por la peatonal de Mar del Plata. Esa es otra parte del atractivo local: lograr que todos vayamos a sentirnos incómodos a la misma peatonal. La gente se distribuye entre los bares, los shows o simplemente pasea por ahí, deteniéndose para mirar los “lady boys” alucinantemente vestidos de cabaret o para quitarse de encima al lémur que te enchufan constantemente para que te saques una foto. Con amabilidad rechacé unas quince mil veces el show de ping-pong (prefería volver al campo de concentración en Dachau) y al pobre lémur. Pero tuve que ceder con lo del bar (a riesgo de que Ale decidiera volver por su cuenta hasta Patong Beach).

A pocos centímetros de mi trago tenía un zapato de taco y plataforma. La dueña, una rubia vestida de guardia-cárceles sexy (después de todo estábamos en la barra del bar llamado Pussy’s Penitentiary), se movía lánguidamente agarrada al caño que bajaba desde el techo. Dejando de lado lo insólito de la situación, yo me preguntaba sinceramente si no patean los tragos de los clientes de vez en cuando… A nadie más parecía preocuparle esta cuestión. Todo el mundo tenía los ojos puestos en otra barra, más allá, donde una habilidosa tailandesa subía y bajaba por el caño con unos malabares dignos de un circo. Definitivamente poco sexys para mi gusto, pero asombrosos (esa mezcla entre sexy y desagradable que logran allí con tanta facilidad).

Se nos hizo más tarde de lo que queríamos y emprendimos el largo regreso al hotel (a unos 20 kilómetros de Patong Beach) en nuestra motito justo cuando empezaba a llover. Por suerte, teníamos nuestras capas plásticas del diluvio anterior, así que le agregamos a la vuelta en moto, de por sí bastante ridícula por la ruta, de noche y bajo la lluvia, unas túnicas de colores que flameaban con la velocidad. Por supuesto que nos perdimos. El GPS del teléfono de Ale solo nos confirmaba que estábamos en algún lado de Phuket, lo cual era bastante tranquilizador, pero no ayudaba mucho. Así que, mapa en mano, nos detuvimos a pedir direcciones al primero que vimos: un amable “lady boy” entrado en años que, cuando le dijimos a dónde queríamos ir, gritó “uuoooiiii! Very far!” (muy lejos) y nos indicó el camino. Ale desconfió y agarró para otro lado, y nos volvimos a perder, pero eventualmente llegamos.

Al otro día, más de lo mismo: vuelta a Patong Beach en moto para tomar la excursión a Phi Phi Islands. Ya llovía cuando salimos del hotel así que una hora después, cuando entramos en el pueblito de Patong, estaba todo inundado. Era difícil distinguir el río en el que se había convertido la peatonal, del mar. Cuando el nivel del agua empezó a subir peligrosamente y había que frenar sumergiendo las patas en el río amarronado, Alejo decidió (en una arriesgada maniobra del tercer mundo) subirse a la vereda y continuar por ahí, siguiendo a un local que se había decidido por la misma maniobra.

Cientos de combis llenas de blanquitos extranjeros como nosotros, formaban un atasco que se trasladó hasta los embarcaderos desde donde salían las excursiones. Luego de un discurso sobre la necesidad de comprar las patas de rana debido a los erizos asesinos que poblaban el lecho marino en los alrededores (no las compramos, no teníamos ni un baht) y también de comprar maníes para los monos y pan para que los peces vinieran a nosotros mientras hacíamos snorquel (no lo compramos, decidimos ver los peces desde lejos o bien, acercarnos a algún turista poco despabilado que hubiera comprado pan); salimos en una lancha rápida que daba saltos entre las olas rumbo a Maya Beach.

Maya Beach es donde se filmó la película “La Playa”, con Leonardo Di Caprio, que trata de cómo dos amigos huyen de la vida consumista, capitalista y muchos “istas” más y se instalan en una isla desierta donde cultivan sus propios alimentos y, más importante, marihuana. Todo termina muy mal y la idílica sociedad salvaje se va a la miércoles. En nuestra excursión, caímos en la secuela de la película (“La Playa II”, vendría a ser) donde una aglomeración de turistas desembarca Maya Beach e intenta tomar la foto imposible: la de la playa desierta. Miles de personas van y vienen por esta playita paradisíaca y cada tanto las olas se llevan a algunos, que van a dar contra la infranqueable hilera de lanchas paradas en la orilla.



El color del agua en ese rincón del mundo es absolutamente increíble, turquesa. Y en medio de este océano turquesa, se alzan formaciones enormes: las islas, con sus gigantescas paredes cubiertas de vegetación. La combinación crea un emplazamiento de ensueño, de películas de náufragos y sociedades idílicas. Esto sí que era mi idea de Tailandia.

La siguiente parada fue Monkey Island. Los monos violentos se hallaban en una pequeñísima playa al final de un acantilado. Se subían y bajaban de los árboles observándonos y sobre todo, mirando si teníamos comida. Los entusiastas que habían llevado bolsas con maníes pronto descubrieron que los monos no iban a quedarse esperando que los alimentaran de a dos o tres maníes por vez y, mientras le sacaban la foto con un simpático monito que pelaba un maní, los otros se dedicaron a robarle las bolsas. Así son los monos: rápidos y prácticos (hasta ponen un monito de señuelo). También se robaron un agua mineral, parece que estaban atorados de tanto maní, y huyeron por los árboles. No sin antes aterrorizar a los adultos con unos alaridos llenos de colmillos. Los niños ya estaban escondidos en la comodidad del barco luego de que la guía exclamara "They don't like children!" (no les gustan los chicos) y un mono gritara para confirmarlo. Las fotos, de cualquier manera, salieron maravillosas. Divinos, los monitos.

La siguiente parada fue una isla cuyo nombre ya no recuerdo pero se parecía mucho a la de Jurasic Park, con una enorme explanada de pasto verde y la selva alrededor. Casi podía imaginarme a los brontosaurios caminando con lentitud por ahí.


El snorquel fue increíble (aún sin patas de rana que nos protegieran de los erizos asesinos que estaban confortablemente ubicados a unos 10 metros de profundidad). Los peces de colores nadaban alrededor nuestro y cuanto más quietos nos quedábamos, más se acercaban a vernos y hasta nos tocaban. Y enormes ostras de color violeta se cerraban violentamente cuando les pasábamos cerca. Una escena oceánica en alta definición y en vivo.

Cuando una nube enorme que anunciaba la tormenta se empezó a acercar por el horizonte, fue hora de volver, ya habíamos explorado unas cuantas islas en nuestra aventura de naufragio multitudinario. Aunque la cantidad del gente al ras del suelo provoque confusión, lo salvaje de estas islas sigue estando ahí: basta mirar hacia el interior de la selva, con sus sonidos misteriosos y sus oscuridades, o imaginarse en la punta de esos acantilados de piedra donde no debe haber ni un signo de civilización, para que un escalofrío te corra por la espalda.


Nuestra cena de despedida fue lejos del bullicio y los zapatos con plataforma de Patong Beach, la tuvimos en el restaurante de la playa, comiendo delicias locales exageradamente caras y disfrutando del reflejo de la luna en el mar. Hay cosas que el dinero sí puede comprar y para eso está. Después de tantas aventuras insólitas y viajes en moto bajo la lluvia, nos merecíamos una cena romántica y a unos pasos de nuestra habitación.

Cairo, aeropuerto, 14:05 21/10

Todo indicaba que íbamos a salir tarde mientras esperábamos en el aeropuerto del Cairo junto a media población africana y media árabe. La vuelta a casa se iba a hacer aún más larga… ¿Aunque cómo puede ser más larga una vuelta que incluye un taxi al aeropuerto de Phuket, un avión a Bangkok, colectivo al otro aeropuerto de Bangkok, avión a Cairo (escala de siete horas y excursión incluida), avión a Estambul y un taxi a casita (que, por supuesto, está de nuevo del lado asiático)? Asia, África, Europa y Asia nuevamente: tres continentes en 30 horas. De pronto el mundo no parece tan grande, todo está a unos aviones de distancia…