23 de febrero de 2016

Antes y después de Berlín

Berlín me sorprendió. Por un lado, viniendo de otras ciudades europeas, me pareció enorme, ancha, monumental (un descanso de las tortuosas callecitas adoquinadas de Praga, pintorescas, pero tortuosas igualmente). Por el otro, me llamó la atención descubrir una ciudad tan moderna.

Esto tiene una explicación: no quedó mucho en pie en Berlín después de la Segunda Guerra Mundial, así que casi todo es nuevo. Hubo que reconstruir la ciudad entera puesto que solo quedaron unos pocos edificios que fueron testigos del antes y después de Berlín. Entre ellos está la Iglesia de Kaiser-Wilhelm (o Iglesia del Recuerdo), con un llamativo campanario trunco como recuerdo de un bombardeo; y el imponente Ministerio del Aire (hoy de Finanzas) que sobrevivió gracias a que se creía que ahí los Nazis estaban desarrollando nuevas armas (se temía que la bomba atómica) y por eso los Aliados, con la esperanza de rescatar los secretos de guerra, no destruyeron el edificio.

Del régimen Nazi y la Segunda Guerra Mundial queda bastante poco en Berlín así que, en ese sentido, decepciona un poco. Aunque creo que para los berlineses es motivo de orgullo que no quede nada para recordarles tan funesta época. Tanto es así que encima del búnker de Hitler (lugar famoso si los hay, donde se suicidó junto a Eva Braun), hoy en día hay un estacionamiento. Y ni siquiera uno lindo que se llame “Ex bunker parking”, uno de tierra y público frente a un edificio de departamentos poco llamativo. Si nadie le indicara el lugar, uno pasaría caminando sin apenas ver la placa que se puso en una de las esquinas con un poco de información y unos esquemas del búnker, con el único objetivo de evitar que los turistas incordiáramos a los berlineses preguntándoles dónde quedaba.

El hecho de evitar deliberadamente convertir este lugar en un sitio turístico tiene su mérito. Estando ahí no podía dejar de pensar que en otra parte del mundo sería un Disney Nazi con mini videos explicativos y maniquíes de Hitler pegándose un tiro. A una parte de mí le hubiera gustado ver eso, aunque solo sea por curiosidad histórica… pero bueno, ahí está el búnker relleno de cemento, tapialado y cubierto de un estacionamiento que no tiene ni siquiera pasto. Hitler no se merecía más acertado reconocimiento.

Rebobinando un poco, llegamos a Berlín agotados psicológicamente del hediondo departamento de Praga, pero con la felicidad de saber que nos esperaba un fantástico hotel (quizás no era para tanto, pero apareció en el momento justo para pasar a la historia como fantástico). Estábamos en las afueras, pero no importaba nada porque teníamos una habitación en las alturas y el auto estacionado gratis en la puerta del hotel. Alguna vez dije que la felicidad-alojamiento era una ducha caliente y una cama cómoda… Lo sostengo, pero sumémosle ahora el parking gratis y el trasporte público alemán: absoluto primer mundo (una se va volviendo más sofisticada con el tiempo).

Estábamos a unas pocas cuadras de la estación de Tiergarten, la que corresponde al principal parque de la ciudad, y en tren llegábamos hasta Haupbahnhof, un gigantesco edificio de vidrio que es la moderna Estación Central (se inauguró para el Mundial). ¿Para qué mentirles? El primer día tardamos como 40 minutos en salir de la estación; tomábamos ascensores para arriba y para abajo, pasillo para allá y para acá intentando dar con la combinación que queríamos hacer. Eventualmente nos dimos por vencidos, salimos al exterior y decidimos ir caminando.

Cruzamos el río Spree y entramos por un costado a la plaza del Parlamento que, siguiendo la misma línea arquitectónica, es enorme. Al final de una explanada de césped que se usa para los conciertos de verano y espectáculos, se alza el edificio del Parlamento o Reichstag. A un lado está el asombroso edificio de la Cancillería Federal que parece una construcción de la Guerra de las Galaxias. Uno se siente pequeño al caminar por ahí entre tanto gigante de hormigón.

Del Parlamento lo que hay que ver es la famosa cúpula de vidrio, desde donde se tiene una maravillosa vista de la ciudad. Las colas para sacar entradas son incluso más famosas que la cúpula, pero nosotros teníamos un as en la manga, un as gordito y babeante que nos facilitaría las entradas a muchas cosas durante nuestra estadía en Berlín: Matías. Si algo hay que destacar de los alemanes es que tienen más consideración que otros europeos para las familias con niños. Punto para ellos. Siguen en negativo por lo de los Nazis, pero van sumando (si contamos lo del transporte público, ya tienen dos puntos).

El primer día llegamos a la entrada del Parlamento, donde se congregaba una larguísima cola de gente, y temerosos preguntamos por nuestro destino. Fue volver al día siguiente y con más determinación, y voilá: pasamos sin esperar ni un segundo por los controles para acceder al edificio (después de todo, es el Parlamento en funciones). La cúpula, hecha enteramente de vidrio, tiene una especie de rampa que va subiendo en espiral hasta lo más alto y vuelve a bajar, de manera que la afluencia de turistas (por muchos que haya) es muy dinámica. Unas audio guías nos iban contando curiosidades del edificio y del Parlamento mientras mirábamos hacia fuera la estupenda vista de la ciudad de Berlín. Es una visita curiosa, recomendable y muy diferente a lo que uno esperaría de un edificio gubernamental. El diseño de vidrio, tanto la cúpula como el techo de la sala de legisladores, fue elegido como sinónimo arquitectónico de la honestidad política. Así que tiene la curiosidad de que se puede ver para afuera hacia la ciudad y para adentro hacia la sala legislativa. Les doy otro punto por honestos, o al menos porque les quedó bonito el cuento. Una de las mejores cosas del edificio es la galería fotográfica que hay en la base de la cúpula, donde se ve el Parlamento a lo largo de los años y a los principales protagonistas de la historia alemana.


Dejando atrás la plaza, nos adentramos en el centro de Berlín y lo primero que apareció ante nuestros ojos fue la famosa Puerta de Brandeburgo, otro gran testigo de la historia de la ciudad, magullada durante las guerras y estrella de tantas fotos militares del régimen Nazi. Seguro la tienen vista, es una construcción que recuerda vagamente a la Acrópolis de Atenas, con enormes columnas redondas y, en la cima, una cuadriga de caballos que llevan a la diosa Victoria mientras entra a la ciudad (todo este conjunto fue llevado a París por Napoleón durante la ocupación de Berlín). En la época del Muro de Berlín, esta célebre puerta quedó en tierra de nadie, en el espacio que había entre los muros exterior e interior soviéticos que se conocía como la Franja de la Muerte. Muy poca gente podía acceder a ella.

Desde la Puerta de Brandeburgo para fuera se ve el enorme Tiergarten que adentro tiene el zoológico; y para el centro comienza una de las avenidas más tradicionales de la ciudad: Unter den Linden (bajo los tilos). Los primeros dos edificios que se ven al pasar debajo de la puerta son, a la derecha la embajada norteamericana y a la izquierda, la francesa; y en las cercanías están también la rusa y la británica. Las embajadas a ambos lados de esta avenida parecen ser las guardianas de la cordura alemana moderna, se levantan serias como advirtiéndole al país que por ahí no van a desfilar más petisos con complejo de pintor frustrado que intenten conquistar medio mundo.

A un lado de Unter den Linden, justo detrás de la embajada norteamericana se encuentra el Memorial a los Judíos de Europa Asesinados o el Memorial del Holocausto. Es casi una manzana cubierta por 2711 estructuras de piedra que parecen sepulcros. El conjunto es triste, apático y se presta a todo tipo de fotos bobas que no se pueden hacer porque está prohibido pararse en las pseudo-tumbas. El arquitecto expresó que estaba diseñado para producir una sensación de confusión y la idea era que cada visitante sintiera algo distinto. A mi me hizo sentir vértigo geométrico por segunda vez en mi vida (ver Érase una vez Roma) porque todo está en un ángulo horrible y el suelo parece ondularse. Por lo demás, es feo y no solo lo pienso yo, tuvo todo tipo de críticas no solo estéticas sino también morales, en parte porque solo recuerda a los judíos europeos asesinados y no a todas las víctimas del Holocausto. Quizás se merecían algo menos controvertido que se pareciera más a un memorial y menos a castigar a los berlineses usándoles una manzana en la mejor zona de Berlín para llenarla de sepulcros; pero la combinación entre espíritu alemán culposo y diseñador judío morboso dio este resultado. No sé ni siquiera si puedo decir eso… quedé muy confundida al respecto y un poco mareada. De cualquier manera, sí vale la pena verlo desde el Google Maps (versión tierra), la imagen aérea es asombrosa.

 
Volviendo a cosas más lindas que visitar, en algún lugar del mapa de Berlín se halla el barrio medieval de Nicholas Quarter, al que le da su nombre la iglesia medieval de San Nicolás. Aunque Berlín tiene una increíble Catedral (Berliner Dom) que es preciosa, la de San Nicolás se destaca por ser la más antigua de la ciudad, fue construida en 1220. El pequeño barrio es de ensueño, quizás como la Berlín antigua…  En un barrio tan pintoresco, en una calle encantadora frente a la iglesia, no podía faltar una tetería donde refugiarse del frío por un ratito y tomarse un rico té con torta. Fue como tomar el té en la casa de esa tía abuela que colecciona miles de adornos y tiene todos los juegos de porcelana intermezclados. Un lugar entrañable.


Y una de las visitas que más me gustó y para mi sorpresa, además, porque no me hacía demasiada ilusión, fue el Museo de Pergamon. De los muchos museos que hay en Berlín (y hay muchos, hasta existe una Isla de los Museos, donde se encuentra éste, entre otros), el de Pergamon es el más recomendado y con razón. Otra vez hicimos uso de nuestro as gordito y sin esperar un minuto pasamos la entrada al Museo (que, a decir verdad, está bastante escondido para ser tan famoso). La curiosidad de este museo es que se fue construyendo alrededor de los increíbles descubrimientos que se trajeron a Berlín durante las campañas arqueológicas alemanas del 1900. Hay reconstrucciones extraordinarias de varios  edificios de la antigüedad. Las más destacadas son la Puerta del Mercado de Miletus y sus pisos de mosaico; la Puerta de Istar de Babilonia, una de las entradas a la muralla de la ciudad; y la Fachada de Mushatta, con sus extraordinarios 30 metros de frisos decorados. Es impresionante.
 
Como dato anecdótico vale la pena destacar que durante la Batalla de Berlín, los soviéticos se llevaron algunas cositas del museo para protegerlas. Hoy en día pueden verlas en el Museo Pushkin de Moscú o en el Hermitage en San Petersburgo, todavía las protegen. Los alemanes, agradecidos.

El Muro de Berlín es uno de esos íconos históricos que producen mucha curiosidad, yo misma me sentía terriblemente cautivada por él aún sin saber bien la historia detrás. El muro se construyó la noche del 12 al 13 de Agosto de 1961 con el supuesto fin de proteger a la Alemania soviética de la Alemania de dominio aliado. La ciudad de Berlín había quedado del lado soviético pero al ser tan importante se la dividieron en dos mitades, una soviética y otra de control británico, francés y norteamericano. El lado aliado de Berlín quedaba como una isla en medio de un mar soviético, con lo cual, el fin práctico del muro fue evitar que se les siguieran escurriendo personas del lado soviético al vecino. Así fue que los berlineses amanecieron el 13 de Agosto con el muro separando la ciudad en dos, con todo lo que eso significa. El tren y el metro siguieron funcionando, pero pasaban de largo las estaciones del lado occidental que luego quedaron como estaciones fantasmas.

Quizás lo que más atraiga de la historia del muro sean todos aquellos intentos de cruzarlo, los exitosos y los fallidos. Se cree que 270 personas murieron tratando de atravesar el Muro. De los Check Points por los que se pasaba el control de pasaportes, el más famoso fue el Check Point Charlie. Por ahí era el paso de los extranjeros y allí estuvo a punto de desatarse la tercera guerra mundial en un episodio de extrema tensión en plena Guerra Fría. Hoy puede verse totalmente reconstruido y con dos soldados falsos (uno americano y otro ruso) haciendo tonterías para que la gente se saque una foto con ellos y la famosa garita (por la módica suma de 3 euros). Esto me chocó un poco, la verdad (no lo de los 3 euros, lo de los soldados falsos), me pareció un tanto ridículo y casi de mal gusto.

El Muro de Berlín cayó junto con el sistema que lo sostenía en 1989 y los restos se pintaron con enormes dibujos recordando la era soviética. Las infames paredes despertaron el genio creativo de talentosos artistas y luego de turistas menos talentosos pero con igual intención de inmortalizar su mensaje. La llamada East Side Gallery, una de las franjas del muro exterior que queda junto al río (en un barrio donde todavía se tienen en pie algunos pocos edificios decrépitos) se ha convertido en un lienzo donde los mensajes más inverosímiles compiten por un lugar con los dibujos originales.

"El hombre que nunca acababa las fra..."
"Para cuando vengas Nicolás te dejo un beso"
Como contrapartida de lo que representó el Muro, al otro lado de la ciudad existe uno de los lugares más modernos de Berlín: la zona de Potsdamer Platz. Algún día fue la plaza más concurrida de Europa y el escenario del crecimiento hotelero de Berlín, pero quedó abandonada tras la Segunda Guerra Mundial y durante la construcción del Muro permaneció en tierra de nadie, entre las franjas soviéticas y americanas. Hoy en día es un barrio de complejos edificios y zonas de ocio muy elegantes, entre ellas la que más destaca quizás sea el Sony Center por su insólito diseño circular y con un techo que parece una palmera gigantesca que se ilumina de colores. Es el lugar ideal para salir a cenar en la ciudad.


Así es Berlín: moderna y pujante, a la vanguardia de Europa en muchos aspectos, pero con una gran cicatriz histórica que todavía atraviesa sus calles. Es una ciudad que se esfuerza por redefinirse y dejar atrás su pasado. Para ello, recibe día a día a los turistas con mucho más que viejas historias del Nazismo, afortunadamente. La vida continúa y la historia se le acumula. Por suerte las paredes del Muro y el Memorial del Holocausto hoy solo son puntos turísticos y no más impresionantes que el Museo de Pergamon. El tiempo dirá, ustedes dirán.

3 de diciembre de 2015

Alguna vez irás a Praga

De todas las buenas razones que no se me ocurrían para visitar Bratislava, hubo dos que fueron imbatibles: estaba en el camino de Budapest a Praga y necesitábamos reabastecernos de pañales urgentemente (¿y qué mejor lugar que Bratislava?).

Probablemente mis queridos lectores tengan conocimientos más actualizados del planisferio que yo pero, la última vez que revisé a conciencia la zona, Checoslovaquia todavía era una sola. Así es que tenía poca idea de la existencia de Bratislava (me gustaría decir que la vi en una película pero no estoy segura), resultó ser la capital de un país: Eslovaquia. Y, aunque probablemente todavía no valga la pena el vuelo desde Argentina, puedo destacar dos cosas: Eslovaquia tiene una bandera fantástica y en Bratislava se consiguen pañales muy aceptables (y en euros, porque es Unión Europea y todo… mire usted).

No hace falta andar demasiado desde la plaza principal de Bratislava para encontrar los edificios derruidos y post-apocalípticos que me imaginaba que iba a haber. Aunque, a decir verdad, también me sorprendieron algunas calles con edificios muy pintorescos y las afueras de la ciudad con casitas en el bosque. Insisto, queridísimo lector, no hace falta que vaya hasta Bratislava… no es especialmente atractiva, solo quedaba de paso. Y necesitábamos pañales. El destino final era la ciudad de Praga, antiguo Reino de Bohemia y actual República Checa (la hermana famosa de Eslovaquia).

Malamente empezamos

Llegamos a Praga en nuestro autito alquilado y ya era de noche, no lográbamos dar con la calle que estábamos buscando y además Matías, que ya estaba empezando a cansarse del auto, lloraba desconsolado. Cuando al fin logramos encontrar la dirección correcta, allí nos esperaba un señor checo, dueño del departamento que sería nuestro hogar por unos días. Horrible. No el señor, el departamento, lo odié hasta el final: en una calle con dos (a falta de uno, ¡dos!) cabarets, con un ascensor temible en el que entraba el cochecito con el bebé pero no los progenitores, una cama ensortijada que te apuñalaba con sus resortes (seré una princesa moderna) y un bañito hediondo en el que el dueño, amablemente, nos había dejado 3 toallas de manos. Imagínense por un momento a toda una familia secándose con 3 toallas de manos…no es tan gracioso si te estás congelando en un departamento horripilante en el lado comunista de Europa. Malamente empezamos, Praga. Eso nos pasa por hacernos los cool e ir a departamentos. Que para algo se crearon los hoteles horribles pero con toallas grandes.

Con el nuevo día, intenté abrir mi mente (y mis ojos con sueño) a la nueva ciudad. La famosa Praga. ¿Qué hay que ver acá? No tuve que preguntarlo dos veces que ya tenía a mi queridísimo marido leyéndome una guía. Hemos avanzado mucho de todos modos, ya no son guías en papel (nos pasamos a las versiones digitales que son iguales pero en una pantalla táctil, irresistible para mi marido, que puede ir toqueteando el iPad mientras pasea por lugares históricamente relevantes) y ahora yo ya no escucho las partes que no me interesan. Y somos todos más felices.

Un invento histórico

Dice la historia que Praga fue fundada por un rey, Boiia, que llamó a la región Bohemia en honor a sí mismo (bien hecho, ya que va a fundar algo…). A partir de ahí se sucedieron los germánicos, los eslavos, los romanos, los protestantes, los Habsburgo, el imperio Astro-Húngaro, los Nazis, los Soviéticos y finalmente, luego de la Revolución del Terciopelo, quedaron los propios (o lo que quedó de ellos). Tanta invasión, tanta colonización, revueltas y revoluciones, dejaron huella en la sociedad que se volvió poco paciente y un poco extrema para mi gusto (o al menos, fácilmente irascible). No por nada los checos fueron los inventores oficiales de la muerte por defenestración, que es arrojar a alguien por la ventana (si lo piensa, querido lector, es un gesto a la vez iracundo y poco paciente). Aunque los primeros intentos desde el Antiguo Ayuntamiento no tuvieron demasiado éxito (quizás fuera porque los tiraron desde un primer piso), fueron perfeccionando su técnica a medida que se les acumulaba la gente para arrojar.

Sinceramente lo que menos me gustó de Praga fueron los habitantes, pero no por su historia política, sino porque tienen esas típicas avivadas de ciudad turística que los viajeros tanto odiamos. Habrá checos amables, como aquella ex tenista profesional que, a la vez que le decía cosas en checo a Mati (parecían cosas lindas), nos contó la historia de su vida y su carrera profesional truncada por un padre que no pudo seguir pagando las competiciones. Por el resto, más o menos: medio vivos, medio cancheros, medio muy acostumbrados a vivir de la famosa ciudad a donde todos van a parar.

No sé si Praga es demasiado chica o tiene una superpoblación turística perenne porque también podría hablarles de las multitudes apiñadas en las callecitas de la Ciudad Vieja, que se movían con la fluidez de un rebaño de vacas reumáticas; o de las interminables calles de adoquines, ideales para pasear un cochecito con un bebé o sin el bebé (para el caso es igual de desquiciante); ambas cosas casi acaban con mi paciencia. Sobre todo lo de los adoquines, porque no hay duda que son modernos, no creo que estén ahí desde Boiia. Pero no hace falta ensañarse con ella porque Praga es famosa por algo: su enorme belleza. Y bella también es.

El peligro de llamarse Jan

Lo que nos quedaba más cerca (algo de bueno tenía nuestro departamento horrible: la ubicación) era la gigantesca Plaza de Wenceslao. Aunque más que una plaza es un gran boulevard con el Museo Nacional en un extremo y la entrada a la Ciudad Vieja en el otro. Esta plaza es famosa por ser un lugar de protestas masivas y eventos políticamente relevantes. Como la proclamación de la independencia de Checoslovaquia en 1918, los desfiles durante el régimen Nazi y uno de los episodios más famosos, que fue protagonizado por el estudiante Jan Palach quien se prendió fuego a sí mismo para protestar por la invasión soviética.

Luego de recorrer la plaza de Wenceslao, dejando atrás el enorme Museo Nacional, nos encontramos con un precioso mercado de otoño, una larga hilera de puestitos en forma de cabañas de troncos que vendían artesanías, flores, frutas y los deliciosos dulces típicos: el trdelník (lo sé, impronunciable, pero no se haga drama, mi querido lector, porque yo fui y vine de Praga, comí unos cuantos y recién me enteré de cómo se llamaba leyendo la Wikipedia en estos días). ¿Qué es? Bueno, es una especie de pan o factura en forma de cilindro hueco, que se cocina enrollándolo a un palo de madera y poniéndolo a las brasas, y luego se lo espolvorea con nueces y canela. ¡Es delicioso! Más cuando lo sirven recién hecho y calentito.

Más allá del mercado, comienza la parte peatonal de Praga (convenientemente adoquinada), y caminando unas pocas cuadras llenas de restaurantes y tiendas de suvenires, llegamos a una de las cosas más vistosas de la ciudad: la plaza principal, también llamada Plaza de la Ciudad Vieja. Lo primero que descubrimos, quizás por la aglomeración de gente que esperaba frente al Antiguo Ayuntamiento, fue el Reloj Astronómico, un antiquísimo reloj que data de 1410 y el más viejo del mundo todavía en funcionamiento. Mide las horas, los meses y los estadios del sol y de la luna en complicados mecanismos que se superponen; y tiene figuras animadas que aparecen a cada hora en punto. Yo, que a gatas puedo leer la hora en mi reloj, y si me apuran la digo mal, fui incapaz de leer nada en el increíble reloj astronómico. Los invito a intentarlo la próxima vez que visiten Praga.

A un costado del Antiguo Reloj Astronómico, se abre la pintoresca plaza de Praga, rodeada de preciosas casas con fachadas de colores, el edificio del Antiguo Ayuntamiento, la barroca Iglesia de San Nicolás y su vecina gótica, Nuestra Señora enfrente del Tyn. Todos estos estilos forman un conjunto muy pintoresco y uno de los lugares más famosos y fotografiados de Praga.

En el centro de la plaza se alza una estatua en memoria de Jan Hus, un filósofo y reformador religioso cuyas teorías dieron inicio a las Guerras Husitas. Él no llegó a verlas porque lo quemaron en la hoguera por hereje, pero ganó la República Checa, repudió a la Iglesia Católica y se volvió protestante.

Si estuvieron atentos hasta ahora, habrán notado la relación directamente proporcional que existe en esta zona entre llamarse Jan y morir quemado. Solo quería destacar ese detalle.

Delicias urbanas

Hasta aquí la parte histórica y arquitectónica de la plaza, porque lo que realmente me llamó la atención una vez que ya sacamos las fotos de rigor, fue la inmensa cantidad de gente. Una multitud. Y bandas de música repartidas por ahí, guías con sus tours, puestos de trdelnik y lo mejor de todo: enormes piezas de jamón de Parma asándose en un espiedo. Quizás si no hubiera tanta gente sería mi más sincera recomendación sentarse en un banquito con el menú checo completo: jamón de Parma, papas asadas y de postre trdelnik. Pero ni lo intenten, porque van a estar peleando por un pedazo de banco al sol y cuando lo consigan se van a dar cuenta de que se olvidaron de comprar agua y el jamón está saladísimo, y mientras uno de ustedes se levanta a buscar agua, el otro tendrá que luchar por conservar ese lugarcito que quedó libre frente a las multitudes. Inspirado en una historia real.

Todavía sedientos, continuamos camino por Praga y dejamos atrás la plaza para ir a ver la segunda cosa más linda de la ciudad: el Puente de Carlos. Es un maravilloso puente de piedra, protegido por tres torres (una de ellas es la espectacular Torre de la Pólvora) y decorado con decenas de estatuas ennegrecidas por el paso del tiempo. Antiguamente era el único puente que cruzaba el río Vltava, conectando la Ciudad Vieja con el Castillo de Praga y actuando como una importante vía comercial. Hoy es casi una galería de artistas, lleno de pequeños puestitos de pintores y artesanos que ofrecen a los turistas sus manualidades exageradamente caras… aunque a mi me gustó mucho una hebilla de madera en forma de hoja y mi marido me la compró. Dejo constancia por todas las veces que me quejo de él en las crónicas.

Praga, la bella

Del otro lado del río Vltava (que fácil parece el checo, ¿no?) se encuentra el barrio de Malá Strana que se originó como barrio real en 1247 cuando se asentaron ahí las personas que ejercían los oficios para el Castillo de Praga, donde vivía el Rey de Bohemia. Aunque también estaba lleno de gente, me pareció aún más lindo que la Ciudad Vieja, no en vano llaman a este barrio “la perla del barroco”. Después de entrar en calor con otra de las especialidades locales, la sopa de gulasch (además servida en un maravilloso pan hueco), subimos por callecitas empinadas dejando atrás el puente, hasta llegar a una plaza desde la que se tiene una hermosa vista de la ciudad con sus techos color ladrillo y las torres en pico de algunos edificios.

Por supuesto que la estrella del barrio es el Castillo y allá fuimos. Un enorme complejo de edificios de casi todos los estilos arquitectónicos del milenio forman el denominado castillo, incluyendo iglesias, varios museos, palacios, jardines, etcétera. Sinceramente no logro recordar demasiado del recorrido, quizás estaba un poco podrida a esta altura; o tal vez Pepinito lloraba… en fin, me quedaron pocos recuerdos y pocas fotos (¿se podría sacar fotos?). Lo que sí puedo asegurar haber visto y que además me encantó fue un callejón junto a la antigua muralla del castillo donde estaban los talleres de los artesanos que trabajaban para el rey. Es una bonita sucesión de pequeñísimas casitas de madera que hoy tienen a modo de exhibición algunas de las herramientas y del mobiliario de la época. Es precioso, muy medieval y muy de cuentos de hadas.

Tal vez sea una de las ciudades más lindas del mundo, es definitivamente pintoresca y tiene cosas preciosas, pero todavía tengo que quitarme esa sensación de agobio permanente entre la cantidad de gente y los benditos adoquines. A pesar de mis quejas, ninguna crónica puede eclipsar la belleza de Praga, aunque lo que más me gustó de visitar esta ciudad fueron momentos y no lugares: el olor de los cochinillos asándose en los restaurantes de la Ciudad Vieja, el atardecer desde el Puente de Carlos, con el castillo a un lado del río y la Torre de la Pólvora al otro, los trdelnik calentitos que comimos viendo la gente pasar en Malá Strana y las historias turbulentas de la ciudad que nos relataba el guía bajo las famosas ventanas en las que se inventó la defenestración. Es uno de esos destinos inevitables: por famosa, por bella, por ser Praga. 

Álbum

Bratislava
Trdelnik

Plaza de la Ciudad Vieja
Puente de Carlos
Malá Strana
Sopa de goulash
Calle de oficios en el Castillo
Praga desde lo alto




4 de noviembre de 2015

Buda y Pest eran dos



"Vamos a Budapest" dijo Alejo y yo dije que sí, pero como si me dijera que íbamos a San Andrés de Giles. Sin menospreciar Giles, por supuesto, lo digo porque de Budapest no esperaba mucho... Era una cuidad que tenía ahí en el tintero de las ciudades anónimas a las que no les pongo cara. En realidad, hay una foto en la casa de mis suegros, de mi marido con unos 13 años sosteniendo una boa constrictora, que siempre pensé que se había tomado en Budapest. Pero resultó que era en Praga. Así que eso: Budapest era para mí una foto de Alejo sosteniendo un reptil en la ciudad incorrecta.

Pero no hay nada mejor al viajar que dejarse sorprender por los lugares (es mi frase elegante para justificar que soy una viajera ignorante pero con buena predisposición), sobre todo en esta era de las comunicaciones donde uno casi siempre ve mil veces las ciudades antes de estar realmente ahí (sueno vieja, querido lector, pero tengo 31 años, es solo que soy muy sabia).

Era el primer viaje oficial con Pepinito (nuestro bebé de 5 meses) y estábamos decididos a no enloquecer y a no trasladarnos con seis millones de pertenencias tampoco. Es más, estábamos decididos a no despachar equipaje. 12 días, una valija de mano por persona. Incluido Pepinito que se armó su bolsito de viaje (debo admitir que yo ayudé, su trabajo consistió fundamentalmente en chupar una manta), más cochecito y huevito. Listo. Viajar con pocas cosas no es tan complejo, para los adultos consiste principalmente en reconciliarse con la idea de aparecer en todas las fotos del viaje igual. Para los bebés es aún mejor: no enloquecer y llevar una manta enorme con la que envolverse si la previsión meteorológica falla. Preferiblemente una no chupada.

***

El vuelo estuvo bastante bien... Pepinito se prendió a la teta y se durmió escuchando una canción que le cantaba Papá antes de despegar. Después se despertaría y se aburriría y pasearía por el pasillo upa de Papá, y los demás viajeros le harían morisquetas. 

Puesto que nunca pasamos por el control de pasaportes, asumimos que Hungría formaba parte de la Unión Europea. No estábamos demasiado informados y de mí no me sorprende pero sí de mi marido.   A Alejo la paternidad le ha provocado desconexión del mundo terrenal. Budapest, capital de Hungría, Unión Europea. Ok. ¿Euros? Pagamos el auto que nos iba a buscar al aeropuerto y el impuesto de la ciudad en euros. 

¿Entonces euros o no euros? No euros. Moneda local inoportuna. ¿De qué me sirve viajar dentro de la Unión Europea si voy a tener que estar haciendo cálculos mentales para saber cuánto sale cada cosa y, cuando tenga más o menos controlado el cambio, ya me voy a ir? De nada, querido lector. Lo mismo hubiera dado estar en Birmania, si todavía existiera.

Una señora taxista nos condujo por Budapest y nos dejó en una hermosa calle frente a la Ópera, donde nos esperaba nuestro departamento de vacaciones. Oh sorpresa: también nos esperaban dos tramos de escaleras sin ascensor. Allá fuimos con Pepinito y los bártulos para arriba (menos mal que habíamos traído pocas cosas). El departamento hermoso y muy cómodo, en un edificio histórico de esos que tienen un patio interior como los antiguos conventillos. Pero imagínenselo lindo, no empecemos mal. Nos fundimos tan bien con nuestro nuevo hogar que hasta nos tocó timbre una encuestadora. Otra vez para abajo con Pepinito y menos bártulos que antes. Debo admitir que este viaje pondría a prueba nuestra paciencia para viajar con un cochecito y además desarrollaríamos un nuevo respeto por los discapacitados.

***

Hungría, como casi todos los países de Europa, sufrió un permanente desfile de gobernantes propios y ajenos a lo largo de su historia. Budapest comenzó siendo un asentamiento celta, luego llegaron los romanos, después la conquistaron los turcos otomanos y la reconquistaron los cristianos; más tarde se alió a Austria, formando el Imperio Austro-húngaro, perdió dos tercios de su territorio en la Primera Guerra Mundial, y en la Segunda Guerra Mundial la destruyeron y la ocuparon los comunistas rusos hasta la Revolución Húngara de 1956. Como resumen, me quedó muy lindo. Ahora imagínense lo que produce toda esa historia en una población: un merengue cultural.

La propia ciudad de Budapest es una sola desde no hace tanto tiempo, recién en 1873 se unificaron las poblaciones de Buda, Obuda y Pest a través del Puente de las Cadenas, formando así una gran ciudad a ambas orillas del río Danubio y una de las capitales más lindas de Europa (la frase la leí en algún lado pero me gustó y me parece acertada). 

A pesar de no tener casi ninguna referencia turística de Budapest, o quizás justamente por eso, la ciudad me encantó. Si tuviera que definirla en pocas palabras diría que es vistosa, imperial y fácil. Y además se come maravillosamente. ¿Qué más se puede pedir?

Ubicados en nuestro departamento frente a la Ópera, estábamos a unos pocos metros de la Avenida Andrássy que es uno de los lugares a visitar y además uno de los 4 sitios de la ciudad que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad. La Avenida Andrássy, llamada así por su principal promotor, es una ancha calle arbolada, flanqueada por casas y palacios edificados a finales de 1800 por los más destacados arquitectos de la época. Allí vivían aristócratas y gente por el estilo, y ahora están las tiendas más exclusivas. Por debajo de esta avenida, se construyó la línea 1 del subte de Budapest, que es el primer metro en la Europa Continental y otro Patrimonio de la Humanidad. Pepinito y yo no lo conocimos, en parte porque no nos alcanzó el tiempo, pero también porque estábamos podridos de subir y bajar el cochecito por las escaleras y, siendo el metro más antiguo del continente, era de esperar que no tuviera ascensor. Alejo, que sí lo usó para ir a buscar el auto de alquiler (hizo 2x1, muy eficiente mi marido), dijo que era muy hermoso pero en antigüedad no tenía nada que envidiarle la línea 1 de subte de Buenos Aires, con sus increíbles vagones de madera que no sé si seguirán circulando...

La misma confusión que tenía mi marido con respecto a Hungría, la Unión Europea y el euro o no euro (ojo al piojo que si él tenía confusión, yo directamente tenía ignorancia absoluta, no hubiera podido marcar Hungría en un mapa con división política, geográfica y husos horarios); se hizo presente una vez más con el tema de Buda, Pest y Budapest. Al principio pensamos que estábamos en Buda, y al llegar caminando al Parlamento, un edificio maravilloso junto al río, Alejo dijo "Mirá Pest del otro lado del Danubio" y yo miré. Y vi Pest. Pero resultó que era Buda. Nos enteramos de ello al día siguiente, cuando nuestros cerebros ya habían procesado y guardado la información, y a partir de ahí fue todo confusión permanente. Nadie sabía si estábamos en Buda, en Pest o en Praga.

Reflexionándolo ahora, el lado de Buda debería haber sido fácil de recordar porque en él está el Castillo de Buda, uno de los lugares más turísticos de Budapest y, en mi humilde opinión, el más lindo. Se halla en lo alto de una colina y tiene las vistas más maravillosas de la ciudad y el río. Todo el barrio medieval en los alrededores del castillo es precioso. Allí también visitamos la curiosa iglesia de San Matías y fuera nos encontramos con un señor argentino que venía recorriendo Europa con su mujer pero ya estaba hinchado los quinotos (Europa tiene esa capacidad si se visita demasiado en poco tiempo). Nos divertimos un rato escuchando su fantástica teoría de los "lugares inventados" (lugares a donde mandan a los turistas pero en realidad no hay nada turístico que ver) y de las cosas que descubrió "de carambola" que fueron más lindas. Uno de esos personajes hermosos.

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Caminar por las calles de Budapest es realmente agradable: todo es ancho, grande, imperial. Es especialmente magnífica la costanera del Danubio, a un lado del Parlamento, y del otro lado del río en lo alto de una colina: el Castillo de Buda. Las avenidas son arboladas, las veredas están llenas de mesitas al aire libre y por algunas calles circulan todavía los tranvías. Queda poco de los años comunistas en la arquitectura y en el carácter de la gente (por suerte) y la ciudad recuerda más a los lugares por los que paseaba Sisi Emperatriz que a la Guerra Fría.

Aunque de las guerras, sobre todo de la Segunda Guerra Mundial, todavía quedan recordatorios. El menos simpático quizás sea un controvertido monumento que apareció de la noche a la mañana en la Plaza de la Libertad, en el que una enorme águila (Alemania) ataca al arcángel Gabriel (Hungría), aunque las malas lenguas dicen que Hungría colaboraba con el gobierno alemán. De cualquier manera, en esa misma plaza (Szabadság ter) hay otro monumento que recuerda la liberación de Hungría de la ocupación alemana por parte del ejército soviético y una estatua de Ronald Reagan...así que están complicados.

Otro elemento reciclado de la guerra son los llamados ruin bars, edificios semi-destruidos decorados con todo tipo de porquerías abandonadas luego de la guerra, que se convirtieron en bares muy de moda en la ciudad. Fuimos a ver el más famoso de ellos a la tarde. ¿Qué les puedo decir? Algo muy curioso... y seguro que el ambiente nocturno es muy divertido, pero con un bebé de 5 meses, nosotros ya teníamos suficiente diversión nocturna.


El último lugar Patrimonio de la Humanidad es la Plaza de los Héroes, un monumento gigantesco, aunque no demasiado pintoresco, que representa a los líderes de las tribus magiares que fundaron Hungría. Lo que sí vale la pena visitar es el Parque de la Ciudad que queda justo al lado, donde están los famosos baños termales de Széchenyi y una increíble réplica del castillo de Transilvania, presunta residencia del Conde Drácula. Es un edificio alucinante, aunque hoy en día alberga el Museo de Agricultura. ¿Qué tendrá que ver? Nada. Pero así es Buda y Pest: una ciudad con miles de historias para contar (no todas bonitas), con una de las mejores vistas de Europa y con algunos lugares inventados también.

Álbum

Edificio de nuestro departamento
Plaza del Parlamento
El Danubio
Iglesia de San Esteban
Paseo de la costanera
Vista desde el Castillo de Buda
El Puente de las Cadenas
Ruin bar
Castillo de Drácula