10 de marzo de 2014

Macao exprés

8:00 hs. 26.12.2013
Aeropuerto de Hong Kong.

A escasos 70 kilómetros de Hong Kong hacia el sur, en el delta del Río de las Perlas, se encuentra otra región administrativa especial: la curiosa población de Macao. Una isla hasta el siglo XVII, cuando se convirtió en península. Fue la primera base europea en el Extremo Oriente y la última zona en volver al control chino, en 1999, luego de ser durante 450 años colonia portuguesa.

Una curiosidad de este lugar es que, durante mucho tiempo, no tuvo moneda propia, así que usaba las que iban llegando del extranjero y les estampaba la palabra “Macao” en caracteres chinos. Debió haber sido sumamente práctico el cambio en esa época. Hoy en día es la Las Vegas del sudeste asiático, con una afluencia aún mayor que su melliza americana, ya que hay muchos más chinos de lo que uno pensaría, algunos tienen grandes fortunas y todos tienen prohibido los juegos de azar tanto en la China continental como en Hong Kong.

Desde Hong Kong tomamos un ferry muy veloz que en poco más de una hora nos dejaba en Macao. En realidad, perdimos el ferry que queríamos tomar porque no contamos con la terrible cola de migraciones que había para “entrar” oficialmente a China. Típico de este país asiático: trámites engorrosos, colas desordenadas y visas inesperadas que pagar (hubo un momento de pánico cuando el señor de migraciones me dijo “acompáñeme un momento” y me llevó a un cuartito en el fondo. Ale, que ya había pasado del lado de adentro de China, me miraba por el vidrio con cara de “Todo está perdido. No te resistas”. Por suerte, lo único que el señor chino quería de mí, eran 15 dólares para pagar la visa de entrada.).

Entre pitos y flautas, perdimos mucho más tiempo del que teníamos previsto y solo nos quedaban unas poquitas horas para recorrer la tierra de la perdición asiática (o, mejor dicho, para correr por la tierra de la perdición asiática).

Desde el embarcadero de Macao nos tomamos uno de los tantos colectivos de los casinos que son gratuitos y te llevan por la ciudad. Bajamos en el MGM y, cuando entramos (la entrada a todos los hoteles y casinos es gratuita), nos recibió el lobby más fabuloso que veríamos en Macao, ambientado como el fondo del mar: con corales creciendo como árboles desde el piso de mármol, cardúmenes de peces plateados flotando por la habitación y algas gigantes que llegaban hasta el cielorraso de vidrio, que imitaba la superficie. En el centro de la escena, una formidable pecera circular que iba desde el suelo al techo, llena de todo tipo de animalitos marinos nadando a varios metros por encima de nuestras cabezas.



La ostentosidad de Macao, sus dimensiones extraordinarias y su fijación por las peceras gigantes y el mar, nos cautivaron en un instante. Las avenidas de la zona de los casinos se asemejan a las de una ciudad de fantasía llenas jardines. Se suceden un casino detrás de otro… Imagínense creaciones extraordinarias sacadas de la fantasía de algún arquitecto: edificios colosales, decoraciones extravagantes, dorado enceguecedor en todos los rincones. Destaca principalmente el Grand Lisboa por ser el más enorme, totalmente dorado (al gusto local casi ofensivo), con una bola gigante estilo planetario en la entrada y un edificio que termina como la copa de una palmera. Descomunal, ostentoso y definitivamente ordinario para el gusto europeo. También está el Wynn, también dorado pero mucho más moderno, que detrás de la recepción tiene una pecera enorme llena de medusas que brillaban gracias a una luz ultravioleta en el agua. Y el Sands, con una araña de cristal como una cascada tan grande, que cubre los tres pisos del casino.


Las limitaciones de mi prosa esta vez se van a sentir más que nunca, porque no se podía sacar fotos dentro de los casinos (así que no hay documentación visual para acompañar estas crónicas) y además, todo parece menos impresionante en las fotos. Pero confíen en mí, lectores, era como estar en la película “Querida, encogí a los niños”, versión casinos.

Curiosidades del mundo de los casinos asiáticos: los jugadores no bebían alcohol. Fumaban y mucho, pero la camarera que repartía tragos por las mesas de juego, solo servía agua, jugos y leche… Algo insólito, no me digan.

Después de dos intentos fallidos con las maquinitas: en una ganamos 10 patacas (la moneda local) que vaya a saber uno a qué equivalían; y en la otra nos jugamos el billete de 10 patacas y se lo tragó sin dar nada a cambio; nos dedicamos a seguir al verdadero jugador de la familia, Tadeo, que andaba en busca de una ruleta. Caímos en una electrónica (lo mejor que pudimos conseguir) en la que se podía apostar en dos ruletas a la vez. Siendo 25 de diciembre, apostamos al 25 en la ruleta roja. Salió pero en la verde. Luego a color y ganamos, así que nos envalentonamos un poco. Tomás dijo “el 4”, pero le jugamos a la verde y salió en la roja. Por último, Pedro dijo “el 1 en la verde”, pero nadie le hizo caso y jugamos en la roja. Salió el 1 en la verde.

Mis cuñados pasaron el resto del día haciendo cálculos sobre lo que pudimos haber ganado si hubiéramos apostado bien. Pero nos divertimos un rato y dejamos totalmente alterado al chino que teníamos apostando al lado nuestro, que no descifraba nuestra técnica (o más bien, la falta de ella) y, sobre todo, no entendía nuestras risas cada vez que perdíamos.

El centro histórico de Macao es completamente distinto. Es una maravillosa mezcla entre la cultura portuguesa y la china (fue declarado patrimonio histórico por la Unesco en 2005). Tiene ese aire colonial tan nuestro, de edificios pintados con colores claros, con recovas en la plaza principal e iglesias a cada paso. Seguimos a la multitud navideña (no se olviden que era 25 de diciembre y esto, una ex colonia católica) hasta la Plaza del Senado, rodeada por la Casa da Misericordia, la Iglesia de San Domingo y, por supuesto, el Leal Senado.  Todos edificios escritos con nombres tan castellanos y en alfabeto tan latino que casi se me cae una lágrima, después de cinco días de ver palitos y pinitos por todos lados.


Caminamos por las peatonales iluminadas por lucecitas navideñas y llegamos hasta una calle llena de restaurantes que ofrecían a cada turista un trocito de las especialidades locales: unas galletitas similares a polvorones o un fiambre raro, como cerdo prensado con distintos niveles de dulzura y picante. Alguno buenísimo, debo admitir… Así nos fuimos alimentando, de a trocitos de cerdo de procedencia extraña, hasta que llegamos a una plazoleta con una maravillosa escalinata que subía hasta las ruinas de la Iglesia de San Pablo. De esta iglesia construida en el 1600, solo queda la fachada que fue tallada por los cristianos japoneses exiliados (parece un chiste, pero es un grupo humano verídico). Es una belleza porque por las antiguas ventanas de la iglesia, desde el pie de la escalinata, se ve el cielo.



Macao de noche es aún más increíble, toda la ciudad se enciende de luces y colores extravagantes, como si uno estuviera dentro de un parque de diversiones. Quizás la comparación sea más acertada de lo que parece: es un gran parque de diversiones para adultos. Juegos, espectáculos, hoteles de lujo y los acompañamientos tradicionales para estas cosas: prostitución y drogas. Solo estuvimos unas horas recorriendo todo esto, pero valió la pena el viaje, las colas migratorias y las corridas por la ciudad (habíamos calculado que teníamos como máximo 15 minutos para ver cada casino)... Porque rincones del mundo como éste, llenos de casinos deslumbrantes, edificios dorados con decoraciones insólitas, peceras gigantes llenas de medusas, construcciones coloniales en Asia, iglesias jesuitas abandonadas y bocaditos de cerdo prensado, no se ven todos los días.



28 de febrero de 2014

Crónicas chinas: ¡Feliz Navidad desde Hong Kong!


Pasar la Navidad del otro lado del mundo (y sobre todo en un lugar que, supuestamente, no celebra la Navidad) puede parecer algo exótico, pero hasta en el lugar más lejano uno puede encontrarse con el cariño inesperado de alguien lleno de espíritu navideño. Hong Kong tenía toda la parafernalia que corresponde a la Navidad, así que esa parte no la extrañamos. Sí echamos de menos los fuegos artificiales porque, aunque estábamos en el país de la pólvora y todos reunidos en el muelle esperando la medianoche, cuando llegaron las 12, no pasó nada. Nada.

22 dic 2013 Hora desconocida. En el avión, sobrevolando algún lugar de la India.

El viaje empezó en Estambul en algún momento de ayer y ya es la tercera vez que me ofrecen “pollo o pescado” en menos de 24 horas. Pensé que en Qatar Airways iba a haber más variedad alimenticia, al menos para distinguir entre cena, desayuno y almuerzo. Pero todo es “pollo o pescado”. Ya comí el pollo (en lo que, asumo, fue la cena) y el pescado (en la segunda cena). De desayuno no pude ni con lo uno ni con lo otro, así que solo pedí agua y un jugo de ananá que sabía mucho más intenso de lo que debería.

Tal vez no sea una mala manera de empezar estas crónicas chinas: con desacuerdos alimenticios. Vaya uno a saber lo que me espera cuando lleguemos a nuestro primer destino: Hong Kong.

En la escala en Doha (Qatar) nos encontramos a mi familia política. Aunque era mi primera vez en Medio Oriente, de Doha vi poco más que las pistas de aterrizaje cuando pasábamos de ida y vuelta del avión en el colectivo aeroportuario (que me gusta tanto, por cierto). Alejo se me ofendió (con esa forma tan suya de defender lugares extraños) cuando le dije que, hasta ese momento, la famosa Doha se parecía a Lima.

Me impresionaron los yacimientos petrolíferos que vimos desde la ventanilla del avión. En medio del desierto de arena se veían como plantas eléctricas una detrás de la otra, con ese brillo inquieto del fuego, indicación de los productos petrolíferos en general. Y de la ciudad de Doha me quedó el recuerdo de un montoncito de rascacielos con iluminaciones de colores que se veían muy modernos a la distancia.

Quiero aclarar desde ya que no se nada, ni averigüé nada sobre las ciudades que vamos a visitar en China. Mis últimas tres semanas en Estambul las pase entre reuniones navideñas, almuerzos de despedida, cajas de la mudanza y otros trámites pertinentes antes de abandonar un país del todo. Además sola, puesto que mi marido me había abandonado por la comodidad lingüística de Madrid.

Mi única preocupación del viaje consistió en decidir si me pintaba las uñas de celeste o rojo. Lo consulté con mi marido (estos asuntos le fascinan y a mi me encanta escuchar sus respuestas). “Rojo comunista” fue su decisión y rojas quedaron las uñas.

Así que no sé qué me espera en Hong Kong ni en China en general. De hecho, sé tan poco que ni sé cuantas horas de vuelo faltan para llegar. Y esta cuestión del “pollo o pescado” me tiene confundida y no ayuda para nada en ubicarme cronológicamente. Quizás sea algo bueno no saber nada del lo que nos espera, sobre todo en esta época en que todo se sabe y se ve. Me hace sentir un poco como esos exploradores de tiempos remotos que tenían un mapa hecho a mano y desembarcaban en lugares desconocidos sorprendiéndose de lo que descubrían a cada paso.

Mi visión solo estará contaminada por mi escaso conocimiento de la comida china de delivery, mi amor por los noodles (espero que sean chinos) y el recuerdo de los chinos que conozco de los supermercados vecinos, un recuerdo amable y quizás también un poco antihigiénico. No los recuerdo en Estambul, ya que casi no vi chinos ni asiáticos en general. Para el caso tampoco hay negros, ahora que lo pienso. Curioso pero irrelevante a estas crónicas.

¡A ver qué hay de aquel lado del mundo!


23 dic 2013 0:06 horas
Harbour View Hotel, Hong Kong

Cuando llegamos al moderno aeropuerto de Hong Kong, nos tomamos un tren que nos dejó en el centro de la ciudad. En el camino me sorprendió la vegetación casi tropical y la geografía montañosa. De pronto empezaron a aparecer edificios de departamentos altísimos, de esos que hay que estirar el cuello para ver donde terminan. Gigantes, como colmenas descomunales que, con sus colores pasteles, resaltaban en medio de la vegetación. Se fue formando ante mis ojos la ciudad de Hong Kong. Terriblemente distinta a todo lo que había visto, con esos edificios enormes de colores y las grúas sobre los barcos del puerto. Una combinación realmente diferente. No del todo atractiva, pero desde luego, curiosa.

Otra cosa terriblemente curiosa, sobre todo teniendo en cuenta que hay dos ingenieros civiles en la familia, fueron los andamios de bambú que cubrían los gigantescos edificios como una telaraña y llegaban hasta sus pisos más altos. Algo increíble….y tal vez, ¿un poco peligroso?


Hong Kong esta formada por una península y varias islas en el delta del Río Pearl, y es una región administrativa especial de la República Popular de China. Desconozco lo que eso signifique en términos legales, pero sí puedo afirmar que la diferencia a nivel práctico está en que entrar a Hong Kong es mucho más fácil que a China y que en la primera casi todo el mundo habla inglés, mientras que en la segunda no puedo afirmar ni negar que conozcan de la existencia de tal idioma.

Puede tener que ver con esto, el hecho significativo de que Hong Kong perteneció a la Corona Británica desde 1842, tras las Guerras del Opio en las que se enfrentaron Reino Unido y China. Durante la Segunda Guerra Mundial, Hong Kong fue ocupada por los japoneses, y luego, volvió a manos británicas hasta 1997, cuando se la incorporó nuevamente al territorio de China. Donde antes hubo un pequeño pueblo pesquero y productor de sal durante la dinastía Qin, hoy se alza esta moderna ciudad y centro financiero internacional.

Nuestro hotel estaba en la vera isla de Hong Kong pero la primera noche, tomamos un ferry para cruzar a Kowloon que es parte de la península. Allí se encuentran realmente muchos de los atractivos turísticos de la ciudad. Desde el Kowloon Pier (o muelle) vimos el Symphony of Lights, un espectáculo nocturno de luces y láseres que iluminan la magnífica silueta de Hong Kong junto al agua. Y que es mucho menos impresionante de lo que se imaginan. Es decir, el espectáculo en sí no le hace justicia a tan hermosa vista, se queda un poco corto. Pero, ahí sentada con una taza de chocolate caliente en la mano, para contrarrestar los poquitos grados de temperatura que hacían, junto a muchos otros turistas asiáticos cámara-en-mano, viendo la silueta edilicia de Hong Kong, que es verdaderamente maravillosa: con su reflejo en el agua, sus miles de luces navideñas decorando los edificios y los barcos que cruzan por la bahía; mucho no me podía quejar.


Después de las 600 fotos movidas de rigor y quizás unas pocas decentes, nos fuimos a pasear por el centro histórico de Kowloon. Cenamos en un restaurante chino, caminamos por la concurrida Canton Road, visitamos el increíble centro comercial Heritage 1881, con las tiendas más exclusivas y lleno de decoraciones navideñas, y nos sacamos fotos frente al famoso hotel The Peninsula, donde durante la llamada “Navidad negra” se firmó la rendición de Hong Kong frente a los japoneses el 25 de diciembre 1941.

El atractivo más famoso de Hong Kong es la Cumbre Victoria, la montaña más alta de la isla, también llamada simplemente “The Peak”, desde donde se tiene una increíble vista panorámica de toda la bahía.

Hicimos una cola muy enredada (luego nos acostumbraríamos a que todo es bastante enredado con los chinos) y tomamos el tranvía histórico que funciona desde 1926. Antiguamente lo tomaban los residentes europeos de la isla que construyeron sus casas en la Cumbre Victoria por sus hermosas vistas.

Desde lo alto, se ve toda la bahía en donde está emplazada la ciudad. La combinación entre la vegetación casi selvática que cubre la montaña, los altísimos edificios pastel con sus cientos de ventanitas minúsculas y las entradas del mar en el delta, son impresionantes… Me daban la sensación de estar en la cima del mundo.



Luego fuimos caminando hasta el Soho, un barrio que combina lo moderno y elegante, con cosas mucho más tradicionales como los mercados en la calle, llenos de todo tipo de alimentos y animales que nos resultaron imposibles de identificar, como corresponde a esta parte del mundo. Comimos nuestras primeras sopas de noodles en Mak’s Noodles, un restaurante minúsculo con mesas diminutas a compartir y un menú sencillo y plastificado. ¿La especialidad? Los noodles, por supuesto, en todas sus versiones. Yo entré en calor intentando comer con palitos y una cuchara (gracias a Dios) una sopa grasienta de dumplings de cerdo y noodles, y pasé del té aguado en vasos de dudosa higiene. El detalle emocionante: pegada en la vidriera, la entrevista a Anthony Bourdain de cuando pasó por ahí.


Después de una breve parada en el centro comercial IFC para comprobar que los productos Apple sí eran más baratos en Hong Kong que en el resto del mundo (gracias, Ale, por sacarme esa terrible duda), nos fuimos hasta el Victoria Park, donde unos simpáticos señores de la tercera edad hacían tai-chi. Desde allí, recorrimos la calle Great George totalmente alucinados por la cantidad y el tamaño de los carteles luminosos a cada lado, verdaderas gigantografías resplandecientes que se tapaban unas con otras.

Para dar por terminado el día, tomamos un tranvía de madera, flaquito pero de doble piso, hasta el barrio de nuestro hotel (cerca del Convention Centre)… Más comida china y a descansar a nuestra habitación con vista a otras ventanas.

25 dic 2013 1:47 horas
Habitación del hotel.

Fuimos hoy al pueblo de Aberdeen, del otro lado del Cerro Victoria, llamado así en honor a un Primer Ministro británico y famoso por sus barquitos de madera y restaurantes flotantes. Aunque el nombre suena prometedor, no fue tan lindo como esperábamos. Solo encontramos más edificios colmena en colores pasteles y un río por el que cruzaban barcos de madera estilo antiguos llamados sampans.


De vuelta en Hong Kong, nos dirigimos al barrio de Mid-level, una zona moderna, con muchas peatonales, restaurantes, negocios y la escalera mecánica al aire libre más larga del mundo, con 800 metros de longitud. Otra vez, siento desilusionarlos pero no es tan impresionante como uno pensaría: quizás sea porque cada cierta cantidad de metros se corta, o tal vez porque no tiene escalones, es más bien una cinta, o quizás porque va realmente lento, tanto que la gente que subía por las escaleras fijas a unos pocos centímetros de nosotros, nos adelantaba fácilmente. En definitiva: suena mejor como record Guinness que como experiencia, aunque es muy práctica para la gente de la zona, como lo demuestran sus 55.000 usuarios por día.

Después del paseo en cinta mecánica (que no terminamos, por cierto), almorzamos en un restaurant nepalí, para hacerle honor a la fama de ciudad muy cosmopolita que tiene merecida Hong Kong.

De noche nos tocó un paseo por la calle de los mercados de porquerías… Toda ciudad tiene una. Ésta era increíblemente luminosa por la inmensa cantidad de carteles de neón que adornaban los edificios. Había tantos que se mezclaban unos con otros formando una visión psicodélica de rojos y naranjas. Estaba llena de puestitos con imitaciones de todo lo que se puedan imaginar, junto con productos más tradicionales chinos, como kimonos, abanicos de papel y el famoso gatito que mueve la mano. Aunque, ¿hay algo más tradicional que el omnipresente “Made in China” de casi todo lo que compramos? Bueno, ahí estábamos… en la China donde se “made” de todo.



Como era 24 de diciembre a la noche, mi suegro decidió hacer una reserva para cenar en algún lugar elegante y merecedor de nuestro festejo navideño. Se sintió muy ofendido cuando, tras llamar al hotel que tenía uno de los mejores restaurantes chinos de la ciudad, le ofrecieron el buffet internacional. Rectificó a quien le hablaba del otro lado rechazando el buffet para turistas y confirmó nuestra asistencia al restaurant chino puro y autóctono. Error número uno.

Ya cuando llegamos a la puerta del hotel, había una larga cola de turistas europeos y asiáticos que esperaban para entrar. El recepcionista nos guió a nosotros por otro lado, porque íbamos al restaurante chino, y pasamos por delante de la cola pavoneándonos por nuestra osadía y espíritu aventurero. Error número dos.

Aunque el hecho de que en el elegante restaurante había solo dos mesas ocupadas, nos debería haber indicado algo, no hicimos caso y nos sentamos en nuestra mesa para siete. Mi suegro insistió en que leyéramos el menú navideño pero nadie hizo caso. Recuerdo haber leído la palabra “gallina” y con eso lo consideré suficiente. Error número tres y además, el definitivo.

Se sucedieron, sin temor a exagerarles, los platos más extraños y desagradables que probé en mi vida. Me sentía, no Anthony Bourdain, pero sí el gordito que prueba cosas horribles en el canal Discovery (Andrew Zimmern). Hubo sopa de aletas de calamar, un líquido blancuzco y cartilaginoso; le siguió el pepino de mar, algo parecido a una gelatina salada con forma de pepino (nos quedó la duda si era del reino animal o vegetal, tal es el nivel de confusión que teníamos). Luego, ensalada de aguas vivas, hongos gigantes, una gallina grasienta y cortada de manera tan compleja que siempre masticabas algún hueso. Los postres, si bien pensamos que nadie sería capaz de hacer un postre desagradable, no mejoraron. Consistieron en unos ravioles crudos de mango, una sopa con gusto a harina y cuadrados de gelatina con pasas y chile.

No comimos mucho pero eso sí, nos divertimos un rato. A cada plato que aparecía, y aunque al principio intentamos poner cara de que estaba todo bien y que nos esperábamos las delicatesen que nos traían, después directamente nos largábamos a reír de nuestra desgracia culinaria.

Después de la cena, nos unimos a la multitud de personas que caminaba por las calles del centro histórico de Kowloon rumbo al muelle. Todo era una fiesta, la gente estaba imbuida del espíritu navideño aunque no correspondiera a sus propias tradiciones, las calles estaban decoradas con adornos y no había una sola persona sin gorro de Papá Noel, cuernos luminosos como los de los renos o alguna otra decoración.



Había cientos, miles, millones de personas en la zona del muelle… Nos apretujamos entre ellos hasta encontrar un lugar estratégico que mirara a la silueta de Hong Kong frente al río, esperando las 12. No dieron ni campanadas, ni sirena de los bomberos, ni nada. No hubo fuegos artificiales ni brindis descontrolados. Se mantuvo estable el contagioso espíritu festivo y como a las 12:05, cuando vimos que ya no era una cuestión de los relojes, gritamos “Feliz Navidad!” y nos saludamos con efusividad como si no estuviéramos del otro lado del mundo intentando hacer lo mismo que en todas las reuniones familiares de fin de año.

En medio del extraño festejo, llamé a mi familia que, por supuesto, siendo las 12 del mediodía en Argentina, estaba preparando el almuerzo y intentando sobrevivir a los 35ºC de temperatura. Les dije que les estaba mandando la Navidad.

La gente siguió ahí, divirtiéndose, haciéndose fotos y paseando. Y nosotros nos sentamos a comer un merecido helado de McDonald’s para mitigar un poco el hambre. De pronto, se nos acercó un grupo de chicos jóvenes y nos pidieron sacarse una foto con nosotros. Nos extrañó un poco pero era Navidad… y todo el mundo estaba feliz. Después nos contaron que para ellos es tradición intercambiar fotos con extraños. Y son bastante rigurosos con ello también. Saqué la foto grupal y luego se me acercaron tres chicas a pedir que me sacara fotos con ellas, porque yo las había fotografiado y ellas a mí no. Lógica pura, ¿no? Me desearon “Mery Christmas” con timidez y luego me preguntaron “Can I get a hug?” (Puedes darme un abrazo?). ¡¿Pero cómo no?! ¡Sale un abrazo a las chicas chinas!

Como les dije: por muy lejos que estuviera para festejar la Navidad, no me faltó el cariño navideño… aunque haya venido del lugar menos pensado.

17 de enero de 2014

Expatriación fácil para la mujer moderna

La expatriación no es fácil (a riesgo de contradecir mi propio título), no es una película de Hollywood donde la protagonista llena valijas Luis Vuitton y toma un avión privado hasta un destino exótico, donde la espera su marido con una cena romántica. De hecho eso está bastante alejado de la realidad, que suele estar más poblada de despedidas llorosas en los aeropuertos, mudanzas que no llegan cuando tienen que llegar y del aturdimiento de llegar a un lugar desconocido. La expatriación es básicamente tres grandes asuntos: supervivencia, adaptación e incertidumbre. Y en ese orden también.

La Torre de Leandro
Primero empieza la etapa de supervivencia. Esta es la etapa donde hacemos un verdadero esfuerzo mental y sensorial por orientarnos en una ciudad desconocida, quizás también por aprender un idioma. Sin importar qué circunstancias te hayan llevado hasta ese lugar, hay dos formas de tomarse esta etapa: con buena onda, intentando buscar cosas positivas en el nuevo destino o bien, con nostalgia por lo que dejamos atrás y creyendo que nuestro país es mejor.

Por suerte, en el caso de los argentinos, nosotros casi nunca consideramos que nuestro país sea mejor a ninguno. Lo tendemos a ubicar en un confortable punto medio, junto a lugares donde hay cosas buenas y también malas. Eso ya nos da una gran ventaja. En parte por eso será que hay tantos argentinos viviendo en el extranjero.

Pero luego, extrañar no responde a la razón, está íntimamente ligado a los asuntos del corazón y el corazón hace lo que quiere y extraña lo que quiere. Por más que vengas del peor país del mundo.

Otras nacionalidades lo tienen más difícil. Algunas tienen puntos más válidos para extrañar su país de origen...yo también me pregunto qué hacen algunas personas del primer mundo en ciertos lugares, cuando me las encuentro por ahí. Mis años de expatriación (que ya no son pocos) me enseñaron que la gente lo hace por la curiosidad o por el dinero, a veces por ambas.

La costanera de Caddebostan
La etapa de supervivencia es dura y divertida. Es cuando nos embarcamos en la aventura, nos perdemos, nos suceden cosas insólitas y malentendidos culturales. Tiene de malo que es un período bastante solitario porque generalmente uno no logró hacerse amigos todavía.

En la etapa que sigue, la adaptación, se empieza a disfrutar la ciudad nueva de verdad. Uno comieza a hacerse un lugarcito en destino (siempre como extranjero, a no confundirse, eso no se quita nunca). Es cuando caminás por la calle y te sentís parte de la ciudad, conocés los códigos, sabés los precios, te orientás, podés pasar por local si no hablás mucho... Es la época en la que vos te metés en el entramado de una ciudad y la ciudad te acepta como propio.

Ahora sí llegan los amigos, los lugares favoritos, hacer de guía para las visitas, ir de vacaciones a donde van los locales y, en mi caso, dejar de escribir crónicas porque la vida se volvió casi normal.

Estambul desde los techos del Gran Bazar
Cuando la ciudad ya se vuelve terreno conocido y la vida se desarrolla con la pasividad de las vidas normales en país extranjero, llega la última etapa: la incertidumbre.

Empieza como empiezan todas las cosas: con una idea. En este caso es el sutil presentimiento (o quizás la brutal decisión ajena) de que nos va quedando poco tiempo en esta ciudad, que pronto vendrá un nuevo destino.
...

El noviembre pasado, a Estambul se le empezaron a desdibujar los bordes como a aquella foto de Volver al Futuro… Teníamos que abandonar la ciudad bicontinental y partir para otra (mucho más continental, de hecho en pleno continente europeo), donde a mi marido lo requerían, lo necesitaban o lo podían ubicar. Vaya a saber uno cuál de las opciones sería. La cuestión es que Ale partió y yo me quedé en Estambul, a disfrutarla un ratito más y a dejarme mimar por mis amigas en múltiples despedidas con sabor navideño.

El día que fui vice-presidenta
Se sucedieron las últimas salidas de mi querido grupo Miércoles en Estambul (del que fui vicepresidenta durante una inolvidable salida), con las expatriadas más lindas que he conocido hasta ahora, las últimas cenas con mis amigas argentinas, los últimos ferries para cruzar al lado europeo, las últimas compras en la calle Bagdat… Todo me pareció poco porque esta vez, quizás la primera en mucho tiempo, no me quería ir.

Pero poco puede hacer una cuando ya es tiempo de cambiar y sobre todo, cuando un marido feliz llama por Skype para contar lo lindo que está Madrid y lo bien que se vive allá. Así que, aunque después lloráramos en el aeropuerto, seguí el lema de una de mis mejores amigas “¡Callate y seguí empacando!”. Es una fórmula que funciona siempre.

Por más que para Estambul yo haya sido una expatriada más, que anduvo de paso por sus calles y comió sus comidas, para mí la experiencia turca no se borra nunca más. Ahora Turquía significa mucho más que un país en el mapa (uno que tal vez intimide desde lejos), ahora entiendo, sé como es la vida allá. Y, aún con las dificultades del idioma, creo que nunca me sentí tan en casa como en Estambul. ¿Fui yo o fue la ciudad? No lo sé. Quizás un poco de las dos.

La ciudad ayudó mucho. No me voy a cansar de elogiar al Bósforo, esa cinta azul llena de vida que diseña los rincones más maravillosos a su paso, y que me hacía soñar despierta mientras cruzaba de Europa a Asia y de Asia a Europa. Como si uno, además de viajar entre continentes, lo hiciera entre mundos distintos.

El ferry de Eminönü a Kadiköy
Los puentes sobre el Bósforo: increíbles creaciones humanas que lograron embellecer aún más la ciudad. La mejor vista de Estambul está cuando uno cruza el primer puente (paradójicamente es el único lugar desde donde es imposible hacer una foto). La colina de Sultanahmet queda a un lado, con sus monumentos iluminados, la Torre de Leandro solitaria en medio del agua, el bosque de pinos en el que flamea la bandera turca y la salida al Mar de Mármara, donde esperan cientos de barcos cargueros. Del otro lado, se ve la curva que hace el Bósforo, el segundo puente iluminado de colores, más bosque de pinos y la escuela del ejército siempre brillando en la oscuridad.

El llamado a la oración (no forzaré la anécdota diciendo que voy a extrañarlo), los minaretes de las mezquitas iluminados de noche, las banderas turcas por todos lados en días festivos, la enorme cabeza de Kemal Atatürk en murales y afiches… no son detalles, forman parte de la identidad de la ciudad. Estambul parece gritar “¡Soy ésta, soy así!”, también desde la plaza de Sultanahmet en verano, repleta de turistas, desde los parques llenos de tulipanes en abril, desde los modernísimos centros comerciales que se inauguran de a montones, y desde los bordes del Bósforo con sus eternos pescadores.

Al çay (chai) sí que lo voy a extrañar. Ya tengo síndrome de abstinencia y despotrico contra cada té aguado y tibio que me sirven, espero que el saquito de Twinings produzca ese color oscuro que tanto aprendí a querer pero no pasa nada. Atrás quedaron los renegridos çays hirviendo, que me secaban la lengua por dentro.

Me va a costar superar también los traumas de vivir en Turquía: eso de pensar las oraciones en mi rudimentario turco antes de ir a cada lugar o contestar a las preguntas con “evet” (si) o “tamam” (de acuerdo) de manera automática.

El lema nacional "Que felicidad decir que uno es turco"
La gente turca, me gustó porque me sacó más sonrisas que enojos. Y eso ya es una buena estadística. Llevan a cuesta la contradicción eterna entre el Islam y el mundo occidental, se vuelcan para un lado o para el otro, pero nunca abandonan completamente sus raíces. Y eso es algo bueno, ellos son como son también porque son musulmanes y la religión, desde luego, no asegura buenas personas ni malas, pero sí que forja al carácter y la identidad… Estos son más buena gente que muchos, me trataron bien, me recibieron más como una rareza que como una molestia.

Turcos, musulmanes, tradicionales, Kemalistas, tapadas (como llamábamos a las mujeres con velo o abaia completa), modernos y occidentales, fumadores de nargile, olorosos a axila, valientes como para enfrentarse a su gobierno, brutos que te empujan en el ferry, pacientes para entender mi turco cavernícola y eternos callejeros çay-en-mano… Los turcos de hoy son todo eso y mucho más.

…

Atrás quedó Estambul y nuestra casa por casi dos años. Nos despedimos de la ciudad con más pena que en ninguna otra, creo que todavía no se nos pasa el enamoramiento. Cuando cruzamos el puente sobre el Bósforo, a la suave colina de Sultanahmet la cubría una capa de niebla. Estambul no nos quiso mostrar su cara más bonita esta vez, quizás también se enojó con nosotros por irnos. Pero ya volveremos.

Volviendo a casa 
Al portero amable de nuestro edificio le di todo cuanto quedaba en la casa… ropa, comida, elementos de baño. Hasta le abrí la heladera para que se llevara lo que quisiera y, aunque empezó por las cervezas (dando por tierra una vez más la leyenda de que los musulmanes no toman alcohol), luego se llevó hasta el hielo. Aceptó todo con una sonrisa. Mis plantas, en cambio, fueron reubicadas en lo de mi amiga y sobrevivieron a los 12 días de vacaciones navideñas.



Habré dejado un poco de mí en Estambul y en cada lugar, al menos eso espero, pero todos los países en los que estuve (México, Perú, España y Turquía) se me grabaron a fuego. Y me ayudan todos los días a entender a las personas y a sus tradiciones, a disfrutar lo que tengo a mi alrededor y a ver el mundo como un lugar lleno de ciudades parecidas a aquellas en las que tuve la suerte de vivir. Somos distintos, pero entendernos nos hace parecidos.