11 de mayo de 2012

Crónicas turcas: La flora y la fauna de Estambul


¡Buenas, mis queridísimos!

Nosotros seguimos en Estambul (no está de más recordarlo, con esta vida tan errática) y empezando la feliz estadía en departamento nuevo y zona nueva.

Estamos en un lugar hermoso, lleno de parques y de flora por todos lados. Nuestro barrio parece tener mucho amor por los árboles, los hay de todo tipo y color, las veredas y los jardines de los edificios están decorados con árboles de todas las especies. Y no solo eso, sino que también se respeta la ubicación de cada árbol, porque hemos visto restaurantes construidos con un árbol (probablemente más viejo que el restaurant mismo) en el medio del local. Y también calles asfaltadas en las que hay árboles que crecen en medio, con su cantero y todo. Los autos los esquivan y siguen su camino. Insólito, no me digan.

Tulipanes en Göztepe Park
Nuestro departamento queda solo a tres cuadras de la calle llamada Bagdat Caddesi, donde están los negocios y los restaurantes más lindos y de moda; y muy cerquita del paseo marítimo y del mar. Nos estamos dedicando a conocer los lugares de comida de la zona, pero hay tantos que la tarea se va a hacer eterna. Localizamos (eso sí) un muy buen sitio de “pide”, que son esas pizzas alargadas; una pastelería exquisita de una italiana; los supermercados cercanos (parece haber más costumbre de mercados chicos o almacenes que de grandes supermercados); una ferretería donde Ale compró una sierra (¡una sierra! Mi marido utilizó una sierra para cortar y luego colocar las cortinas de la habitación, me casé con Mc Gyver); una tintorería y, la última adquisición, una peluquería.

"Pide"
La comunicación con los turcos no es fácil ni fluida. Por estos lados, muy poca gente habla inglés y nosotros, con el merengue idiomático que tenemos, nos estamos empezando a olvidar el inglés y el castellano también. En la peluquería pedí un “color menu”, una palabra que creo que inventé yo. El peluquero, junto a  otros tres más que se acercaron a asistir, escribía frases en su teléfono y le daba a la función de traducir, y eso creaba las más insólitas oraciones jamás escuchadas. Finalmente, con un dedo señalé el color y con otro el centímetro que quería que me cortaran del pelo. El peluquero empezó a hacer las cosas y yo me dispuse a hojear una revista, actividad que corresponde, evidentemente, a todas las peluquerías de este mundo. Salí muy decente, incluso linda. Se puede decir que, aunque no conseguí comunicarme en turco ni una sola palabra, fue un éxito, capilarmente hablando.

…

Aunque vamos lento, nos estamos empezando a comunicar. Sabemos muchas palabras sueltas y armamos algunas oraciones reumáticas. Algunas palabras las tuvimos que aprender con rapidez, como nos sucedió al descubrir que es costumbre por estas latitudes no poner los famosos dibujitos de hombre y mujer en los baños de los restaurantes. En las puertas solo dice “Bay” o “Bayan”. Así que a la fuerza metimos esos conceptos en nuestro cerebro para no tener que pasar por una situación internacionalmente incómoda.

Con los nombres de los turcos Alejo está más canchero que yo, por el trabajo. Para mí hay dos o tres (que son los equivalentes al Juan y María nuestros) que los entiendo, y los otros son como una sucesión de vocales impronunciable. Por suerte es recíproco el sentimiento, me di cuenta cuando iba a Starbucks y le decía con toda claridad “C i n t i a” al señor que escribe las tazas, y me encontraba re bautizada como “Simge” u otras variaciones. O también, en el caso de la nueva tintorería (y eso que lo copió de un papel que escribí yo) que quedé registrada para la eternidad como “Cintina”.

Pero la historia del éxito sucedió hace unos días cuando, volviendo de mi caminata marina, una señora se me acercó haciendo aspavientos con las manos. Me saqué mi auricular de la oreja con cara de “no hay chances que le entienda, señora”, pero formuló una pregunta de la que entendí lo suficiente como para saber qué responder. En mi mente se escuchó así “blablablá dónde blablablá banco blablablá?”. ¡Sí, señora, le entiendo! Le hice un ademan con el brazo, dije “300 metros, Bagdat Caddesi”, y se fue rápidamente, deshecha en agradecimientos. Guiar gente por la calle, eso tiene que ser el nivel 3, por lo menos, de la comunicación en turco.

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A veces, no saber el idioma es conveniente (como cuando fui a la peluquería y solo intercambié algunas oraciones dificultosas con el peluquero) y hasta gracioso, porque cuando uno no entiende, las cosas suceden como en una película muda, donde las expresiones y los gestos valen más que las palabras.

Un ejemplo: estaba en el shopping Capitol, al que iba mientras estaba en el hotel. Allí hay una hermosa fuente que a cada hora hace un espectáculo con música y luces. Esta fuente ejerce una atracción especial en los chicos, como que los hipnotiza y van tambaleándose directo hacia allá; pero el hombre de seguridad no les deja hacer casi nada, no pueden correr alrededor, ni meter las manos o los pies en el agua; actividades a las que, junto con los bailes frenéticos durante los espectáculos musicales, parecen naturalmente inclinados estos niños turcos. Era cuestión de tener paciencia nada más, para ver cómo uno se caía de cabeza en la fuente. Pero nunca me imaginé que fuera tan gracioso, ¡quedó con la cabeza sumergida y sacudiendo las patitas en el aire! Duró solo un segundo, después vino la madre y todo el personal de seguridad del Capitol, y se embarcaron en discusiones gesticulares. Van a tener que vallar la fuente, pienso yo.

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En cuanto a las cuestiones gastronómicas descubrí con sorpresa, entre los quesos del desayuno del hotel, uno que es muy especial porque se hace tiras, como hilos de queso, y viene armando una especie de ovillo. Solo lo había visto en México, se llamaba queso Oaxaca allá, y de pronto, me lo encuentro en el desayuno del hotel estambuleño. ¿Cómo llegó este producto lácteo hasta acá? ¿O hasta allá?

Uno de estos fines de semana fuimos con Ale a almorzar al “Surfer Crab”, un sitio pequeñito y decorado con todo tipo de adornos de surfing, donde pedimos (luego de estudiar la carta con ayuda del diccionario) un balde de cangrejo. Nunca había comido cangrejo así, entero sin diseccionar. Todo el fastidio que me causó tener que usar una pinza (como las de las nueces en navidad) para ir apretando y rompiendo todas las patas, o brazos, o pinzas del cangrejo, fue mitigado porque sabía riquísimo. Es una carne blanca y tierna, la inspiración del kani-kama, obviamente. Pero me supo a poco o, mejor dicho, me supo a mucho trabajo para poca alimentación. La próxima vez voy a querer lo mismo, pero ya desnudito.

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Un asunto que merece su consideración aparte y, además, no es la primera vez que lo nombro, es mi relación con los pájaros turcos. Ya dije que había muchos pájaros por todos lados, hay una especie de cuervos grises que me habían ido a ver a la habitación del hotel y ahora, cuando fuimos de pic-nic con Ale a la zona frente al mar, nos acechaban, moviendo la cabeza de un lado al otro (¿los pájaros no ven de frente?) y mirando con deseo la bolsa de las papas fritas. Claro que mi lucha por establecer el límite humano-avícola quedó totalmente anulada cuando mi marido, luego de despertar de su siesta en el pasto, se puso a alimentar a los cuervos. Le pregunté si sabía lo que decía el dicho popular, “Cría cuervos…”; pero me contestó cualquier cosa. Así que entendí que no sabía el dicho, y siguió alimentándolos con papas fritas sin miedo a que le saquen los ojos.

El último valiente
Hay también gaviotas, por todos lados. Es hermoso verlas planear en las corrientes de aire y después ir a posarse en los techos de los edificios. Desde las ventanas del departamento nuevo las veo ir y venir todo el día, a veces pasan tan cerquita que parece que se fueran a meter dentro. Entonces cierro la ventana. Pero, como mi experiencia con los pájaros turcos es bastante limitada, dejé una bolsa de basura en el balcón. A la mañana siguiente, tenía un agujero del tamaño de un puño  por el que salían cosas, y los restos de una servilleta con salsa de tomate estaban esparcidos por el suelo. O las gaviotas o los cuervos, vinieron a violentar mi bolsa de la basura. Yo me pregunto si los miles de gatos de mi barrio están gordos porque las señoras aburridas les dan comida, ¿quién se va a hacer cargo de la cadena alimenticia?

…

La playa de Caddebostan
Poco duró la primavera y está llegando el verano a Estambul. Empieza a hacer calor y la gente busca lugares donde tirarse a tomar sol y a hacer vida de veraneante. Al costado del paseo marítimo hay grandes extensiones de parque, ideales para empezar a broncearse, ir de pic-nic, o sentarse a la sombra a leer un libro. También hay pequeñas playitas con arena y piedras. Algunas personas ya se pusieron la malla y se asolean tiradas en la arena, disfrutando de la tranquilidad de los días de semana. Muchos de los chicos se meten al agua, tirándose de cabeza desde las escolleras, o juegan a la pelota en la arena. 

Y los infaltables: esos grupos de jubilados bronceados, bronceadísimos, que se agrupan durante el día, al rayo del sol, con gorritas marineras y ojotas que ya no se fabrican más. Toman sol como lagartos, algunos pescan y otros juegan al backgamon o a las cartas. Son los mismos que podés ver en Mar del Plata o en cualquier lado. ¡A esta gente sí que le gusta el verano! No tanto la arena, porque se aglomeran en las explanadas de cemento que hay junto al paseo, tiran la toalla sobre el borde y bajan al agua por los escalones de piedra que terminan en la orilla. Son hermosos, esos viejos lobos de mar, como diría mi papá.

21 de abril de 2012

Crónicas turcas: Una ciudad de agua


Cuando llegué me dijeron que el agua de la canilla no era potable. Y lo recalcaron. Pero una noche tuve sed. Y, un poco dormida, me serví un vaso y me lo tomé. No paso nada. Sigo acá y ahora me hago la despreocupada con respecto a las advertencias acuíferas. Yo tomé agua de la canilla y sobreviví, ¿ya soy turca? Y no solo eso, también reconozco a dos muecines diferentes que llaman a la oración, uno me daña los tímpanos más que el otro que, en principio pensé que era una mujer y luego decidí que se trataba de un chico joven.

Aunque por la ventana del hotel veo el cementerio y su mezquita, hay muchas cosas más. En el terreno descubrí un perro con las patas enyesadas y una casita verde con techo de chapa donde viven palomas. Un señor viene a sacarlas todas las tardes. Vuelan y después, a una señal del señor, bajan en un cuadradito en el pasto y comen, antes de volver a meterse en la casita. No sabía que quedara gente que criaba palomas, luego me enteré que es una costumbre muy musulmana.

Además de las palomas musulmanas, hay muchísimos pájaros. Hay cuervos, gaviotas y otros que no conozco. Hoy se paró un cuervo en la ventana de mi habitación (que estaba abierta), pegó un grito y casi me muero de un infarto. Me están tomando confianza los pajarracos, en cualquier momento me vienen a disputar el mate cocido.  Se aprenden muchas cosas del mundo cuando te condenan a una única ventana...

Este mes estamos en plena temporada de tulipanes. Se encuentran por todos lados: en la plazas, bulevares, macetas, en las veredas. Los hay de muchos colores y tamaños, y algunos que ni parecen tulipanes. Son increíblemente lindos y coloridos. Bueno, en general las flores de esta ciudad son hermosas, y parece que ocupan un lugar importante en el mercado local porque hay muchísimas florerías por la calle, me hace acordar un poco a mi barrio en México DF. “Çiçek” (chichec) es flor en turco, y esa palabra me tendrá que servir para todas las especies por ahora.

Las distancias en Estambul son largas. Por un lado, porque la ciudad es realmente grande, y por el otro, porque hay un caos de tránsito casi todo el tiempo. Cruzar en auto entre los lados europeo y asiático depende de dos puentes que suelen estar bastante atascados a las horas importantes.

Pero eso no nos impidió pasear un poco… al menos, en el tiempo que nos quedaba después de vagar por la ciudad en busca del próximo lugar donde vivir. Cosa que, por cierto, ya encontramos: un departamento hermoso en la zona de Göztepe Park (el que está lleno de tulipanes) y a unas cuadras del mar.

Estos fines de semana fuimos a un típico “brunch” de domingo a la mañana en el Café Cadde; también salimos a la noche por los bares del barrio europeo de Taksim; caminamos por la playa de Caddebostan, que no es una playa, sino un paseo por la costanera, con parques a los costados y curiosos asientos en forma de libro; y visitamos dos barrios en los que no había estado nunca.

El primero, del lado asiático y llamado Çengelköy, es un barrio de casas tradicionales otomanas que miran al Bósforo. Las casas otomanas son enteramente de madera, en general tienen dos o tres pisos y, cuando están bien conservadas, son bonitas. Tienen balcones y techos curiosos, se asemejan a casas de brujas. La mayoría de las que vi, en precario estado de conservación, parecían carecer también de estabilidad pero, aún así, están en pie desde vaya a saber uno cuándo.

El barrio de Çengelköy nos recibió con un caluroso atasco, pero una vez que lo atravesamos, empezamos a ver estas llamativas casas con sus ventanales orientados al agua. Llegamos hasta la Escuela de la Armada, un imponente edificio militar que reconocimos por su gran bandera turca y por haberlo visto desde los barquitos que viajan por el Bósforo.

Hay muchos restaurantes con vistas, mesitas en la calle donde la gente juega al backgamon o fuma las famosas “nargiles” (pipas de agua con tabaco aromatizado) que inundan las calles de olores frutales . Hay decenas de pequeños cafecitos donde sentarse a tomar “çay” (chai) y  quemarse los dedos con esos minúsculos vasitos de vidrio donde los turcos decidieron servir el té. También descubrimos un mirador de madera con bancos, donde la gente se sienta a contemplar el atardecer sobre el agua. Nos compramos unas bolitas pegoteadas (como buñuelos con miel), que parecían ser la especialidad local y también nos sentamos a mirar… ¿Qué mejor que fundirse en las actividades de los lugareños? Porque mirar el Bósforo y comer buñuelos se me antoja más fácil que aprender a jugar al backgamon.



Otro fin de semana nos llevaron a conocer, del lado europeo, la zona de Örtakoy. Luego de cruzar el puente del mismo nombre, bajamos hasta ese barrio que queda junto al Bósforo y mira, a través de la masa de agua, al lado asiático de la ciudad. Es famoso porque ahí están las discotecas de alto nivel y los lugares para salir por la noche.  Pero también tiene hermosos cafés y restaurantes, todos ubicados como en terrazas sobre el agua, lo cual es muy entretenido porque el Bósforo es un estrecho muy transitado. Se pueden ver pequeñas embarcaciones privadas, ferris, cruceros y gigantescos barcos llenos de contenedores.

Este barrio también tiene casas otomanas pintadas de colores. Y por las pequeñas callecitas que separaban las casas, había un mercado de alhajas y cosas similares que le agregaba un atractivo especial. Desayunamos el domingo de Pascua en un café muy top, mirando al puente de Örtakoy. Y sí, la Pascua pasó por acá sin pena ni gloria… Esta vez no nos tocó festejo familiar ni huevos de chocolate, hubo que conformarse con el desayuno turco… tampoco estuvo tan mal. Lo más rico fue algo dulce (los turcos se lucen con sus postres), pero esta vez mucho más sencillo: ricota con miel. Ricota que no es ricota, estrictamente hablando, es más cremosa; y miel del panal. Cortábamos trocitos de panal y lo untábamos junto con la ricota en un pan. ¡Algo delicioso!

Como última excursión gastronómica, fuimos a comer a un restaurant con horno de barro (donde, después me vine a enterar, comieron Bill y Hillary Clinton en su visita a Estambul). Un sitio muy lindo, elegante pero no demasiado pretencioso; frente al parque Göztepe, en medio de lo que será nuestro próximo barrio. Comimos las riquísimas “pide” que son como pizzas dobladas en los costados haciendo una especie de barquito. Exquisitas, con queso, carne de cordero y vegetales. Gastronómicamente hablando (y en muchos sentidos más), todo es diferente por acá, pero creo que vamos a poder sobrevivir… al menos, de hambre, no moriremos.


12 de abril de 2012

Invitados (con la continuación)


 No sé. Es lo que veo por la ventana. Al principio pensaba que iba a haber casas, puertas, autos. Pero solo hay un espacio vacío y luego los árboles esos que forman un bosque. ¡Un bosque! Es que es insólito. No lo puedo creer.

Ahí miré bien el bosque. No es un bosque, es un cementerio. Y, entremedio de las tumbas y los sarcófagos, hay árboles. Me pregunto si las raíces le hacen algo a los muertos ahí enterrados. Se deben estar metiendo en los cajones, abriendo las tapas.

El espacio vacío sigue vacío. Pero ahora hay unos camiones y ayer, cuando se ponía el sol,  distinguí una casita de chapas. Hasta me parece ver gente. ¿Serán los dueños de los camiones o los cuidadores del cementerio?

El hombre que está en la puerta de la casucha me está mirando. No sé como puede verme si estoy detrás de estos vidrios oscuros. Se quedó ahí parado mirándome y después se metió dentro de la casa. Bueno, casa, lo que se dice casa, no es… Es un cuadrado de chapas, no puede tener más de dos metros de alto.

Los camiones no se mueven. Llevo días mirándolos pero no se han movido ni un ápice. Están cubiertos de tierra como si no se hubieran movido en mucho tiempo. Sin embargo, estoy segura que el primer día no los vi. Estaba el espacio vacío sin los camiones ni la casucha.

Estaré loco, porque me parece que cada vez hay menos árboles. Al principio era un bosque. Ahora casi los puedo contar. Son ciento diecinueve, más o menos. Las tumbas no las puedo contar, deben ser miles. Y hay gatos entre las tumbas que, de noche, duermen en los camiones. No los veo, porque cuando oscurece, no se ve nada por la ventana. Pero sé que duermen en los camiones. Hay marcas en la capa de tierra que los cubre.

Hoy no vi ni gatos ni al señor de la casucha. Solo había un hombre que caminaba por el espacio vacío con bolsas. Una blanca y una negra. Y arrastraba los pies, así que se le formaban nubes de tierra alrededor mientras caminaba. Iba caminando lentamente hasta el final del espacio. Cuando llegó al marco de mi ventana, desapareció.

Mientras dormía, me tocaron la puerta. Escuché el ruido entre sueños y, cuando me desperté, ya no escuchaba nada. Se habían ido. Pero yo sé quienes son. Son los que viven en la casucha, vienen a verme de cerca porque saben que los miro y que escribo sobre ellos. Menos mal que dormía porque no se me ocurre qué decirles.

Creo que los gatos vienen del cementerio. Cruzan el espacio vacío para dormir en los camiones, pero vienen del cementerio y de los árboles. Salen de adentro de las tumbas. Trepan por las raíces de los árboles y llegan a la superficie. Me parece que la gente de la casucha les tiene miedo. Cuando hay gatos no hay gente.

Ahora sé lo que llevaba el hombre en las bolsas. Eran gatos. Uno blanco y uno negro. A veces los gatos se mueren durante la noche y las personas los encuentran como dormidos, arriba de los camiones.

El señor de la casucha me estaba mirando de nuevo. Lo saludé con la mano, sabiendo que era imposible que me viera a través de los vidrios oscuros. Pero levantó la mano. Me asusté y cerré la cortina. Porque de noche, ellos me ven a mí.

Cuando abrí las cortinas esta mañana no estaban los camiones. Alguien me tocó la puerta y me di vuelta sin pensar en la gente de la casucha. Puse la oreja en la puerta y escuché una respiración. No abrí.

Pasaron una cuantas horas y no pude con la curiosidad. Detrás de la puerta había una bolsa. No me hizo falta mirar para saber lo que había adentro. Malditas personas de la casucha. Maldito el hombre que levantaba tierra con los pies. Él llevaba dos bolsas, ¿dónde está la otra?

Hoy salí de la habitación. Agarré la bolsa y caminé por los pasillos, bajé las escaleras, llegué a la puerta principal. El espacio vacío era más grande desde abajo, y no se veía el cementerio. Caminé por la tierra, entre los camiones, y vi las marcas que dejan los gatos. Llegué a la casucha y golpeé la puerta de chapa. El señor me abrió. “Al fin”, dijo y me estiró la mano.

Le di la bolsa y me hizo señas de que entrara. Nos paramos junto a una ventana que tenía la casucha, era mucho más chica que la mía, la de la habitación. Miramos juntos hacia el cementerio. “Son ciento diecinueve árboles”, me comentó. Y vimos como los gatos empezaban a salir de las tumbas.

…

Llevo unos meses viviendo en la casucha con el señor. No sé que pensarán de mí los del hotel porque, aunque los primeros días me sonaba el teléfono todo el tiempo, después ya no sonó más. A veces cuento las ventanas hasta dar con la que es mi habitación, creo ver mis cosas y a la gente de la limpieza, de vez en cuando.

El señor prepara té todo el tiempo. Tiene una estufa a gas donde calienta el agua, también hace arroz y sopas. No sé si come eso porque no tiene dientes, o es al revés. De cualquier manera, su dieta también me está afectando a mí porque los pantalones me empiezan a quedar holgados y siento los dientes flojos. Me los toco con la lengua constantemente mientras él revuelve el arroz. Tengo ganas de gritarle “¡quiero carne!” pero sé que no me contestaría.

Un día me habló, me contó sobre los gatos. Me dijo “Vení que te cuento una historia” y empezó.

-Una vez había un gato salvaje que venía viajando desde lejos. Se le hizo de noche mientras cruzaba un monte y, como no sabía bien dónde estaba, se quedó a dormir ahí. Por la mañana vio que estaba cerca de un pueblo. Entonces le dio curiosidad y se acercó, miró a la gente, olió sus ollas y recibió sus caricias. Se quedó a vivir allí, en la comodidad.
Pero su espíritu salvaje lo traicionó, no pudo entender que el gato dejara de cazar, que no arañara cuando los niños tiraban de sus bigotes, que no le mostrara los dientes ni a los ratones. Y una noche, mientras dormía, lo atrapó en un sueño turbulento.
El gato se sacudía con los ojos cerrados, sin poder despertarse. Movía la cola que se acercaba peligrosamente a la chimenea. Se le prendió fuego. Corrió por la casa y por el pueblo intentando apagarla, sin darse cuenta que, a su camino, iba incendiando todo lo que tocaba. El pueblo era de cañas, así que se quemó y, puesto que era muy tarde y todos dormían, también se quemaron sus habitantes.
El gato aulló de pena cuando vio lo que había hecho. Y no volvió a moverse, se murió sentado sobre las cenizas del pueblo que lo había acogido. Los seres humanos hicieron un cementerio en ese lugar y nunca más recibieron gatos en sus casas. En cambio, los gatos salvajes del mundo vienen al cementerio cada día. Bajan a las tumbas a lamerle la cara a los muertos con la esperanza de reconciliarse.

Lo miré cuando terminó de contar la historia. “Eso es absurdo”, le dije. Pero no le interesó demasiado mi respuesta. Se puso a comer arroz. Pensé en aquella vez en que me mandó un gato a la habitación, en una bolsa. De repente no entendía nada. Me desesperé. “¿Por qué me mandó un gato?”, le pregunté casi gritando.

Al principio pensé que no me hablaba porque no era conversador. Y después me fui dando cuenta que, en realidad, me usa de oyente. No tiene conversaciones conmigo, son monólogos. No me responde las preguntas que hago. Le pregunté lo del gato en la bolsa muchas veces, también lo del arroz. Nada. Un día lo sacudí, tomándolo violentamente de los hombros. Pero me miró como si no me viera. Sonrió su sonrisa sin dientes y tuve que soltarlo. Es como un niño este señor.

Algunas noches dormimos, cuando hay pocos gatos. Porque al señor le gusta mirar a los gatos por la ventana, no sé si los aprecia o, simplemente, los controla Y los camiones aparecen y desaparecen sin que yo vea a nadie que los maneje. Esto es todo muy raro.

Hoy no me pude acordar por qué vine hasta acá. Miro la ventana de mi habitación con un poco de nostalgia ahora. Tengo ganas de decirle al señor que lo abandono, con sus gatos y su arroz. Con mis preguntas y sus respuestas que no existen.

Me armé de coraje y volví a la habitación de hotel. No dije nada, solo me alejé cuando el señor de la casucha salió con las bolsas, a buscar a los gatos. Atravesé la puerta giratoria y el hombre de la recepción estiró el cuello como para preguntarme algo. Yo saqué de mi bolsillo la llave magnética y se la mostré, ofendido por su desconfianza. Tomé el ascensor y caminé por los pasillos.

La habitación estaba igual. Lo primero que hice fue ir al baño, me quería ver en el espejo. Me encontré flaco, peludo y de tonalidad grisácea. Una inusual cantidad de champús y jabones se acumulaban en una hilera al costado de las canillas. Como si la gente de la limpieza los hubiera seguido poniendo día tras día. Pero nadie los usó.

Tenía 422 correos electrónicos que no abrí. Fui hasta la ventana para mirar de nuevo al espacio vacío y a los camiones. No encontré la casucha, me di cuenta de que ya no me era tan fácil orientarme desde acá arriba. Un camión me vio y me pareció que se escondía detrás de los otros. Fue yendo marcha atrás, lentamente, hasta quedar tapado.  Detrás de los camiones, volví a ver el cementerio. No había nada más.

Estoy pensando que todo esto parece una locura. Ahora que estoy limpio, afeitado y que hace días que solo como carne, me entró la duda de lo que estuve contando. El terreno vacío, los camiones y la casucha (sí, la volví a encontrar) me parecen tan lejanos desde la habitación.

Hoy vi al señor, parado junto a los camiones. Miró hacia donde estaba yo, pero no saludó con la mano ni hizo señas. No hay nada que me indique si lo que conté fue cierto.  Ahora que volví a la habitación no sé si alguna vez fui hasta esa casucha o no. ¿Y cómo explico lo de los champús y los jabones? Ojalá me hubiera quedado esa maldita bolsa, me indicaría que no estuve alucinando.

Estoy mirando el cementerio por la ventana. Ya conté los árboles dos veces, y sí, son ciento diecinueve. Voy a esperar a que se haga de noche, para ver a los gatos saliendo de entre las tumbas. Tiene que ser verdad.

6 de abril de 2012

Los diferentes


Alba entró y se sentó en una de las sillas de plástico del fondo. No había demasiada gente todavía. Algunos estaban sentados y leían el diario o miraban al vacío. Otros tomaban café junto a la máquina que estaba en un rincón. Nadie hablaba con nadie.

De a poco todos fueron sentándose y se llenó la sala. Una mujer gorda con el pelo rojo furioso subió a la pequeña tarima que había frente a las sillas. Suspiró un momento y empezó a hablar.

Llevaba un buen rato en la reunión cuando se puso a mirar al resto de asistentes. Los había jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Era un grupo que no recordaba a nada, todos diferentes. Miró al chico que tenía sentado al lado, parecía un adolescente con el pelo sucio. Vestía de calle, jeans y un abrigo. A Alba le sorprendió que no se hubiera sacado la campera porque hacía bastante calor en la sala. El chico tenía cara de fastidio y, con el abrigo puesto, parecía a punto de irse.

-¿Qué mira, señora?- dijo, de repente. La miró solo de reojo.

-Nada, querido, disculpame. No te miraba por nada en particular.

Alba se encogió de hombros y volvió la vista al frente, a la señora gorda que seguía hablando.

A la tercera o cuarta reunión, vio que el chico se sacaba la campera y la ponía a un lado. Pareció que ya no quería salir huyendo. Una y otra vez volvía a encontrarse con él en las reuniones, pero no se sentaban cerca. Un día coincidieron en la máquina del café, antes de empezar la sesión, y Alba quiso hablarle.

-Venís siempre, ¿no? –empezó, -la primera vez te sentaste al lado mío.

-Sí, me acuerdo -dijo él con poco interés, sin mirarla.

-¿Cuántos años tenés? Me hacés acordar a mi hijo, que vive en New York -insistió Alba, y luego pensó que había metido la pata, por la cara que puso él. Pero después el chico se rió y unas arrugas le aparecieron en los costados de los ojos. A Alba le pareció un poco más viejo. También vio que le faltaban algunos dientes. Deseó que él no notara la repulsión que eso le produjo.

-Bueno, usté no se parece en nada a mi vieja- siguió sonriendo- pero si le viera los collares y los anillos, se los afana. De una.

Alba se asustó un poco. El chico la miraba sonriente, después se dio vuelta y fue a sentarse.

Siguieron viéndose en las reuniones durante muchos meses. Alba se acostumbró a su forma de hablar, a los huecos de los dientes desaparecidos y a la misma campera, siempre la misma. Cuando ya casi terminaba el año, él vino a sentarse al lado de ella. Le preguntó “¿Cómo anda, doña?”. Pero ella tenía un mal día y no le contestó. Él se dio cuenta, y se quedó ahí en silencio durante toda la reunión. De camino al auto, se le acercó y le dio un papelito doblado.

-Tome. Si alguna vez necesita algo, mándeme un mensaje. No le prometo nada, porque nunca tengo guita en el celular. Pero si ando con suerte, me invita a tomar un café.

Y se alejó sonriendo, con sus huecos. Alba se quedó mirando el papelito, había un número anotado en letra minúscula y, abajo, un nombre: Javier.

Javier y ella no se hicieron amigos, no podían serlo. Pero una vez que ella tenía otro mal día lo llamó desde la barra de un bar. Y él la fue a buscar y tomaron café en Mc Donald’s.

Las reuniones duraron mucho tiempo más. Y ellos iban y venían, a veces desaparecía alguno por un tiempo. Y luego regresaba, abatido, y se sentaba al fondo del salón. Pareció que se pasaban la vida entre reuniones.

La vez que operaron a la hija de Javier, ella fue al hospital. Le dio un sobre con dinero y él lo aceptó. Después le mandó un mensaje que decía “La piba está bien, la salvamo”.

Y así fue, se hicieron compañía a lo lejos. Se entendían en las reuniones y también las otras veces, los días malos.

La tarde que enterraron a Alba, Javier lloró. Le dejó de recuerdo la campera, pero después volvió a buscarla, porque era la única que tenía.