8 de febrero de 2011

Crónicas españolas: Los bares españoles y yo

(Este artículo salió publicado en la revista Argentinos.es, en la edición Septiembre/Octubre de 2011)


Hace exactamente 7 años, la primera vez que vine a España, mi marido me llevó a Cáceres. Nos juntamos con unos amigos y a la noche salimos "de tapas". Experiencia nueva para mí.

Entramos en un bar. No era un bar moderno, de esos con luz tenue y propagandas de Isenbeck. Era un bar español: jamones colgando, mucha madera, una densa nube de humo cubriendonos cual efecto invernadero. Cubría el suelo por completo una capa de servilletas abolladas, carozos de aceitunas y alguna que otra rodaja de pan. Lo que, en criollo, sería una mugre. Pero acá la tradición indica que cuanto más mugre en el suelo, mejor el bar.

El camarero detrás de la barra nos saludo con un "eeeeh chavales!", y yo me zambullí en ese folclore tan ibérico. La gente parada al lado de la barra con una copa en la mano y en la otra un cigarrillo, o una tapa (bocadito de algo salado, en general, arriba de una rodaja de pan). Vozarrones y risas por todos lados, cañas (como le dicen a las cervezas) que iban y venían. Platos de croquetas y empanadillas de bonito. Todo un mundo de tradición española concentrado en un lugar tan chiquito.

No fue fácil. Sobre todo lo de la mugre en el piso, no se camina bien pisando carozos. Muchos se cayeron. Pensé que esta gente estaba loca. De hecho, sigo sintiendome rara en este tipo de lugares.

Pero me encanta la comida, la bebida y la compañía. No me gusta comer de parada ni que la gente tire basura al piso. Yo todavía no lo hago, siento que estoy dando alguna lección de decencia cavernícola, pero estos españoles no se dan por aludidos y entonces me guardo la servilleta arrugada en el bolsillo.

Les gustan sus tradiciones. Pero la modernidad va a arrasar con ellos también. Es una ley igual de dura que la gravedad. Y está cerca.

La otra vez fui de tapas en Ávila. Un mozo barría el piso cuando llegamos. No es que eso me parezca mucho mas higiénico, pero la cosa va cambiando.

La ley contra el tabaco también les impidió terminantemente seguir fumando adentro de los bares. Así que ahora se les enfrían las croquetas mientras fuman en la puerta. Los partidos de fútbol tienen parte de su público adentro del bar y la otra parte pega la ñata contra el vidrio para ver los goles.

La sociedad ha quedado dividida. No me preocupo porque sé que estoy del bando ganador: no fumadora y entusiasta de los pisos limpios.

Ahora los bares de tapas modernos están aseados, no tienen un cumulus nimbus de humo y preparan tapas con cebolla caramelizada. Son mejores? No lo sé.

12 de enero de 2011

Crónicas rusas: San Petersburgo en colores (sobre todo el blanco)

(Este artículo salió publicado en la revista Argentinos.es, en la edición Enero/Febrero de 2012)


El 29 de diciembre nos esperaba el vuelo a San Petersburgo con escala en Amsterdam. A las 3.30 am y casi totalmente despiertos nos dirigimos hacia Barajas. Dejamos el auto en un estacionamiento gratuito que descubrió mi cuñado cuando trabajaba en el aeropuerto. Solo teníamos valijas de manos (se había insistido repetidamente en que facilitaría el viaje) pero les gastamos las ruedas recorriendo los 2 km hasta llegar a la terminal que nos correspondía.

Ya en Barajas nos reunimos con el resto de la tropa: sumábamos 7 (suegros, cuñados, marido y yo). Check-in, migraciones, aduana… toda la parafernalia. Después de unos sándwiches holandeses muy extraños, llegamos a Amsterdam, donde nos aguardaban unas 4 hs de espera.

Nos adueñamos de 2 sillones y unas cuantas mesas de Starbucks y pedimos cuantiosos cafés para todos. En total armonía con el ambiente aeroportuario. Pero claro, 4 hs es mucho tiempo, así que después de terminar los cafés nos dimos cuenta que estábamos despiertos desde las 3.30 am y nos relajamos un poquito. Y nos dormimos, y nuestra sección empezó a parecerse a un asentamiento gitano. Finalmente, se hizo la hora y abandonamos el Starbucks, ante la mirada agradecida de los empleados holandeses, ávidos por recuperar el control de su negocio.

Dos sándwiches raros más (con “raros” me refiero a agridulces, mermelada y carne en un mismo sándwich) y llegamos a San Petersburgo. 11 grados bajo cero. El primer shock térmico fue bravo, pero nada que nuestras múltiples capas de ropa no pudieran soportar. Subestimamos la temperatura, que nos pasó factura cuando, de camino al hotel, se nos empezaron a congelar los dedos de los pies y las manos.

Lo primero que me llamó la atención de Rusia fue la cantidad de nieve. Yo conocía la nieve, la había visto y pisado; pero nunca había estado en un lugar con una capa de 1 metro de nieve recién caída, sobre todas las superficies quietas de la ciudad. Los techos de los autos, las plazas, los bulevares en medio de las avenidas. Todo blanco y acolchado de nieve.

Tomamos la Avenida Moscovita y entramos en San Petersburgo. Quedé gratamente sorprendida ante la belleza de la ciudad y también por el tamaño de todo. Inmensos edificios de colores bordeaban la avenida, cada tanto cruzábamos gigantescos parques, iglesias, plazas y monumentos. Todo descomunal, de proporciones formidables.

La ciudad me resultó mucho más linda y colorida de lo que esperaba. Se me hacía que Rusia era un país gris y taciturno. Habría de descubrir lo taciturno, pero de gris, nada. Los múltiples edificios de colores, decorados con balcones y todo tipo de ornamentos y la ciudad vestida de Navidad me hicieron cambiar de idea rápidamente. Toda la urbe parecía iluminada con luces navideñas, árboles decorados en cada esquina y encantadoras guirnaldas de luces que cruzaban las calles. San Petersburgo brillaba por la Navidad, sin recortes energéticos ni nada que se le parezca.

De a poco se fue instalando en mí la idea de lo que fue Rusia, un país de zares y zarinas que, cuando alcanzó records históricos con su economía y producción, se dedicó a crear ciudades impresionantes. Pareciera que quisieron trasladar lo gigantes y poderosos que se sentían a la edificación de éstas metrópolis.

En el hotel nos esperaban con un vodka de bienvenida, que nos desentumeció los dedos y nos devolvió el calor al cuerpo. Un dicho popular dice que los rusos tienen grasa por fuera y vodka por dentro, y así soportan los inviernos.

A la hora de salir a cenar nos chocamos con la peor barrera de todas: el idioma. El alfabeto ruso es cirílico y, por más que hay muchas letras iguales a nuestro alfabeto, es diferente. Aprendiendo a identificar algunas letras rusas, resulta fácil leer las palabras (la mayor parte de ellas es identificable, porque al leerlas suenan a inglés o a castellano incluso). Por ejemplo, “PECTOPAH” se pronuncia “RESTORAN”, ya que la P es R, la C es S y la H es N. Les estoy haciendo un enredo bárbaro, pero lo importante que, al cabo de unos días y prestando atención, uno puede leer ruso.

Ahora, comunicarse es otra historia. Solo un pequeñísimo porcentaje de la población habla inglés (y con dificultad) y casi no hay carteles en otro idioma que no sea ruso. Así que comunicarse es muy penoso. Y no hablo de los puestitos de souvenirs (probablemente ahí encontrarás rusos que hablen 3 idiomas), me refiero a lugares donde deberían saber inglés, como museos, restaurantes elegantes e inclusive la misma taquilla del Teatro Bolshoi (el Colón ruso).

Por supuesto que, cuando hay voluntad, uno puede comunicarse. Como me sucedió cuando pregunté en un negocio de qué estaba hecho un gorro y la señora se puso las manos en cucharita encima de la cabeza y pegó un salto imitando a un conejo. Ja!

La historia fue que caímos en un restaurant-bar muy top para cenar. La moza hablaba un poquito de inglés pero la carta estaba totalmente en ruso. Era seleccionar alguna cosa al azar o preguntarle a la señorita que intentó enunciarnos algunos platos del menú. En cuanto dijo “sausages” (salchichas) nos apuntamos todos a las salchichas y eso fue lo que comimos.

Dejando de lado aisladas ocasiones, los rusos son bastante maleducados. No se comunican con uno, ni lo intentan, tampoco dicen gracias ni perdón, te empujan en las colas, y abren y cierran las puertas vaivén del subte con una violencia que, de estar distraída, te arrancan los dientes. En cuanto a ir a comer afuera, hay que armarse de paciencia porque las probabilidades de recibir lo que uno pidió y más o menos en tiempo razonable son escasas, por decir algo.

…

San Petersburgo es una ciudad construida en un gran delta, por lo tanto está formada por distintas islas y atravesada ampliamente por canales y ríos. Esta pintoresca localidad fue fundada en 1703 por el zar Pedro el Grande, un personaje que se inspiró en sus viajes por Europa para buscar el progreso de su país. Fue influenciado sobre todo por la flota naval de Holanda, elemento del cual carecía Rusia ya que basaba todo su poder económico en los amplios territorios. Es por esto que decidió buscar un lugar donde construir sus barcos. Lo encontró en la desembocadura del río Neva, uno de los pocos territorios con salida al mar.

Con ayuda de ingenieros holandeses, se empezaron a construir barcos y a su vez, la ciudad misma. La primera gran construcción fue la Fortaleza de San Pedro y San Pablo que tenía el objetivo de proteger la zona y vigilar el tráfico fluvial. Luego se fueron construyendo palacios, edificios y parques inspirados en las teorías urbanísticas de los europeos. Al llamado del zar, que se había instalado en dicha fortaleza, acudieron los nobles a vivir en la nueva ciudad de San Petersburgo que, en 1712, se convertiría en la capital de Rusia por unos años. Con el tiempo, se llamaría Petrogrado, Leningrado y finalmente volvería a su nombre original gracias a un referéndum popular. Y, por último (en cuanto a acontecimientos históricos) sería la ciudad donde se germine la Revolución Rusa de 1917.

El primer día de paseo por la ciudad de San Petersburgo nos fuimos a tomar el subte, que sería nuestro medio de transporte para todo el viaje. El nuestro y el de los rusos en general, ya que con el frío y la nieve, los transportes terrestres suelen ir muy lentos y atascados. El viaje en subte cuesta 22 rublos (costaba, porque con el comienzo del 2011, pasó a costar 28 rublos), que son unos 50 centavos de dólar, y se materializan en un cospel. Como los de antes.

Vuelta a lidiar con el alfabeto ruso para averiguar la dirección correcta. Me chocó muchísimo que, como prevención a las inundaciones, ciertas paradas de subte son compartimientos estancos; es decir, hay una especie de arcadas cerradas con cortinas metálicas que coinciden con las puertas del vagón de subte. En caso de inundación, estas cortinas metálicas quedan cerradas y el agua no llega al túnel del metro.

El subte en San Petersburgo es normal y corriente, algunas líneas me hicieron acordar a las de Buenos Aires hace 10 años. Una imagen para guardar en el recuerdo: una señora muy señorial, que viajaba sentada al lado nuestro, sacó de su cartera una botella de vodka y le pegó un saque que nos dejó mareados a todos. Frío? Qué frío?

Rápidamente llegamos a nuestro destino: la plaza Troitskaya. Cruzando el puente de San Iván (Iván es Juan en ruso) se llega a la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. En la Fortaleza se puede visitar la Catedral donde se encuentran 32 tumbas de la dinastía Romanov, entre las que destaca la de Pedro el Grande.

También están enterrados el zar Nicolás II y toda su familia que fueron fusilados por los rebeldes en 1918, dando por finalizada la era de los zares en Rusia. De la familia de este zar se identificaron todos los cuerpos menos el de una de las hijas, suceso que dio origen a la leyenda de Anastasia, la última heredera perdida del zarismo ruso.

También dentro del recinto, se puede visitar el Museo de Historia de San Petersburgo (del que rescato una increíble casa de muñecas alta como yo, totalmente amueblada) y el Museo del Cosmos, donde podrán ver una copia del Sputnik (primer satélite artificial), la nave en la que viajó Laika (primera perra en ir al espacio; que después me vine a enterar que solo fue, ya que nunca volvió) y artefactos varios pertenecientes a Gagari (primer astronauta del mundo).

A través del Puente Kirovskij (que mi guía traduce como Puente de la Trinidad), se cruza por encima del río Neva hacia la isla de enfrente, que es la más importante en cuanto a atracciones turísticas. Allí se encuentra la Iglesia del Salvador de la Sangre Derramada, llamada así por haber sido construida en el lugar donde murió asesinado el zar Alejandro II. Una de las iglesias más curiosas que vi, totalmente cubierta de ornamentos y detalles, y con varias cúpulas de bulbo, algunas doradas y otras decoradas con cerámicas y piedras de colores. Impresionante! Es como ver un dibujo de colores en medio de la ciudad. Por adentro, es un despliegue tremendo de pinturas e imágenes religiosas. Realmente distinta a nuestras iglesias e increíblemente recargada. No te alcanzan los ojos para ver todos los detalles que encierra esta iglesia.

Al otro día (el invierno ruso limitaba nuestras facultades físicas y se hacía de noche a las 4 de la tarde, así que el día no nos rendía demasiado), fuimos a caminar por la populosa calle Nevski Prospekt, donde vale la pena sacarle una foto a la Catedral de Kazán, al edificio Singer (construido a pedido de la fábrica de máquinas de coser y que hoy es una gran librería) que en la punta tiene una escultura de hombres sosteniendo el globo terráqueo; y al Palacio Strogonov (donde se inventó el lomo strogonov, stroganof o como quieran llamarlo).

Al final de la Nevski Prospect se encuentra la Catedral de San Isaac. Esta imponente iglesia, con capacidad para 14.000 fieles se construyó para festejar la victoria sobre las tropas napoleónicas. El interior es verdaderamente extraordinario (el más lindo que vería en este viaje), de estilo italiano, con paneles de oro y mármol, y columnas de granito rojo y lapislázuli.

Desde San Isaac, se puede caminar a un lado del Almirantazgo, un inmenso edificio amarillo y llegar a la Plaza del Palacio, donde se localiza el Museo del Hermitage (formado por 6 antiguos palacios, siendo el más bonito, el Palacio de Invierno). Esta plaza está rodeada de algunos de los edificios más hermosos de San Petersburgo, y también más imponentes… pero lo que sorprende son los colores, el Palacio de Invierno pintado de verde agua y blanco, y el resto de los edificios de amarillo. Desde luego no es el ambiente gris con el que imaginaba Rusia.

Hago un paréntesis para recordarles un asunto: la temperatura. Hacía muuucho frío, estaba abrigada con lo que llamé “nivel 5” de ropa que consiste en doble media, polainas, calzas, pantalones, doble camiseta, pullover, chaleco, campera, guantes, gorro, orejeras y bufanda. No es fácil moverte en ese atuendo pero tiene dos ventajas: no tenés tanto frío y, dado que todo San Petersburgo estaba cubierto de una hermosísima capa de hielo resbaladizo, es menos doloroso caerte. Obvio que me caí de pompis en la plaza. Pero el frío se siente igual, no se engañen, te azota el cachete, te congela los dedos de los pies y de las manos, los copos de nieve se te pegan en las pestañas y las botas se cubren de barro y nieve a cada paso que das. Ideal!

Por eso es que se agradece tanto cuando la visita es a un sitio cerrado, como el Museo del Hermitage, que, por otro lado, es majestuoso. Es como el Louvre, el Prado y la National Gallery todos juntos (al menos en tamaño), pero tiene el plus de estar adentro de un palacio increíble, donde cada habitación es una obra de arte en sí misma. Del museo subrayo los pisos (con diseños increíbles, hechos en madera, colocados pieza por pieza), los techos (lo que se imaginen con oro y pinturas) y las arañas inmensas que cuelgan de ellos.

Por muy agradable que se estuviera en el Hermitage (que en ruso se escribe Ermitage), no deja de ser un museo que tiene pocos lugares donde sentarse. Así que seguimos viaje por la Nevski Prospekt hasta un centro comercial inmenso, donde tomamos el subte de vuelta al hotel. Esa noche era 31 de diciembre, nos esperaban los festejos en una humilde mesa para 7 en la Fiesta de Año Nuevo de un hotel.

Los agasajos resultaron bastante parecidos a los nuestros: mucha comida, mucha bebida (en este caso vodka y jugos, los rusos tienen debilidad por los jugos naturales), música en vivo, una especie de tango, una odalisca, aplausos y bailes. 5 minutos antes de las 12, nos traen el último plato, que engullimos vorazmente para que no se nos pase la hora de brindar.

En cuanto nuestro reloj da las 12, nos empezamos a abrazar y a brindar como buenos argentinos que somos… pero las demás mesas no comparten nuestro jolgorio: en la televisión, el presidente da un discurso. Metida de pata. Nos quedamos calladitos y escuchamos atentos. Llegan oficialmente las 12, suenan las campanadas y ahora sí! Brindamos, y nos abrazamos… otra vez nos adelantamos. Todos los rusos están contando las campanadas y van por la 4. Esperamos y hacemos como que contamos en ruso hasta la bendita campanada 12… Y brindamos y nos abrazamos y reímos y nos fundimos en la alegría general (al fin, ya nos estaba dando vergüenza)!!

El “Abuelo Frío y su nieta”, sucedáneos de Papá Noel y algo así como Heidi, en Rusia, brindan con nosotros también. A la hora del baile, la moza nos trae una botella de champagne, regalo de un extraño personaje sentado en una mesa solitaria. Brindamos con él, solo para descubrir que está un tanto borracho, no sabe ni una gota de inglés y además, tiene una amiga que quiere abusar de uno de mis cuñados. Hasta ahí llegó el festejo!

Esa noche llegaríamos al record mínimo de temperatura registrada por nuestros aparatos termostáticos: -16°C, que nos azotaron las pocas cuadras de vuelta a nuestra habitación.
Al día siguiente, camino al punto panorámico de la ciudad, nos agarró una tormenta de nieve que, estoy segura, quebró ese record; pero no había forma de constatarlo! Caminamos entre ráfagas de viento y nieve por la rivera del río congelado, que se veía realmente preciosa. A lo lejos (cuando la nieve lo permitía) veíamos el Hermitage, el Palacio de Verano y los puentes de hierro que cruzan el río.

El punto panorámico está determinado por dos grandes columnas, una especie de faros, en cuya punta se enciende el fuego durante la noche. Foto panorámica con poca visibilidad debido a la nieve, y seguimos rumbo hacia el crucero Aurora, atracado en una de las márgenes del río Neva. Este gran barco fue el que la noche del 25 de Octubre de 1917, con su tripulación del lado de los bolcheviques, se situó frente al Palacio de Invierno y abrió fuego, dando comienzo al estallido revolucionario.

Después de un chocolate caliente (a esta altura ya empezaba a estar un poco disgustada) tomamos el metro con la intención de visitar el Monasterio Alexander Nevski que, cuando llegamos, ya había cerrado. Nos conformamos con vagar por sus inmediaciones. Y, pese a estar relativamente desaconsejado, nos introdujimos sigilosamente en la iglesia del monasterio para presenciar una misa ortodoxa.

Es sumamente rara ya que no hay asientos, la gente se mantiene parada durante toda la ceremonia. Al entrar a la iglesia, los fieles saludan a ciertas imágenes haciéndose tres veces la señal de la cruz (tocándose el hombro derecho antes que el izquierdo, raro) y apoyando la frente en ellas. Luego, un sacerdote pasea con un gran incensario y los fieles agachan la cabeza a su paso. El resto de la ceremonia es misterioso, ya que se desarrolla en un recinto donde está el altar, de espaldas al público y a puertas cerradas.

Camino al hotel, nos metimos en una Feria de Invierno, llena de puestitos de comida y golosinas, con una gran pista de hielo para patinar y un escenario donde cantaban y bailaban mujeres vestidas con atuendos característicos. Miramos un rato el espectáculo pero no participamos en una ronda gigante que hizo el público porque no entendíamos bien las instrucciones, además ya nos costaba bastante estar de pié sin caernos como para ponernos a bailar con los rusos!

Para despedirnos de San Petersburgo buscamos un restaurante autóctono para ir a cenar. Lo más típico que encontramos fue un encantador restaurante ucraniano, con música y bailes representativos. Y donde comimos unos riquísimos platos, como la sopa borsh (con remolacha, verduras y trocitos de carne), los dumplings rusos (una especie de ravioles gorditos rellenos de carne) y un postre que nos sorprendió muchísimo por su ingrediente principal: el dulce de leche! Parece que los ucranianos también consumen dulce de leche desde tiempos inmemoriales! Intercambio cultural? No lo sé, ellos lo llaman “caramel”.

19 de diciembre de 2010

Crónicas galesas: Buscando a Cardiff en un mapa (con división política)

(Este artículo salió publicado en el diario La Nación, sección Turismo, el domingo 26 de Diciembre de 2010, en la edición impresa.)


Recién llegados al aeropuerto de Londres, nos pusimos en marcha para agarrar el último Heathrow Express, un tren que te lleva hacia el centro de la ciudad. Subimos la tren y empezamos a cruzar las zonas residenciales a gran velocidad. Caían copitos de nieve y las veredas y los techos ya estaban blancos.

Cuando llegamos a Paddington Station quedé en estado de shock. Primero por el frío, ya era de noche y todo estaba semi congelado. Y segundo, porque la estación de Paddington es increíble! Con unos techos altísimos cruzados por grandes vigas de hierro, las plataformas de ladrillo, los tableros con los horarios de los trenes y las grandes arcadas por las que se accede a la ciudad. Es como la estación de Retiro pero dentro de una película antigua de James Bond. Impresionante!

Salimos de la estación a las patinadas porque estaban congeladas las veredas y el hielo es muy patinoso. Caminamos por las calles de Londres mientras nevaba sin parar. Los edificios de ladrillo que se alzaban en cada manzana, me parecieron alucinantes. Todos con sus luces navideñas y con los árbolitos en las ventanas, los portales llenos de nieve y las chimeneas largando humo. Que hermoso! Me parecía estar caminando por un mundo de mentira, salido de una historia de Agatha Christie, de Edgar Allan Poe o de A. J. Rowling.

Después del shock, me puse a pensar que esos autores solo inventaron las historias, no inventaron la ciudad. La contaron como era. Solo que yo, en mi desconocimiento, pensé que esas calles de Londres formaban parte de la fantasía también. Y ahí estaba yo, caminando por las calles de una ciudad tan mágica como misteriosa. Fueron solo unas cuadras hasta llegar al hotel, pero causaron la mejor de las primeras impresiones.

Dormimos en el hotel y a la mañana siguiente me levanté temprano para tomarme un chocolate caliente mientras miraba por la ventana la asombrosa ciudad nevada. Una bruma blanca cubría los edificios y no me alcanzó la vista para reconocer mucho, pero ya volveré llena de ilusión!

Mientras la ciudad se despertaba, caminamos hasta la estación para tomar el tren a Cardiff. Iba a estar unos cuantos días en Cardiff hasta poder ubicaría correctamente en un mapa. Era de esas ciudades inexistentes para mí, simplemente nunca tuve razones para averiguar dónde quedaba.

Y en ese estado de ignorancia suprema, me tomé el tren. Estuve tentada a preguntar por la plataforma 9 y 3/4 (de Harry Potter) pero salimos desde la 4 y a nadie pareció entusiasmarle mucho el hecho de estrellarse contra una columna de ladrillos. Como me ha dañado Hollywood, ahora cada lugar es una película!

Empezaba mi viaje a Cardiff. La zona residencial de Londres me encantó. Pude ver grandes prados y lagos congelados. Las casas, todas parecidas, con escalones en el porche hasta la puerta de entrada y atrás un patio largo y flaco, con un cobertizo de herramientas.

Bajamos en Cardiff Central (y muy rápido, porque los trenes llegan y se van en un plis plas). Nevaba cuando llegamos y caminamos por una peatonal hermosa con todas las luces de Navidad, llena de galerías de compras y de restaurantes elegantemente decorados. Cada tanto nos cruzábamos con coros cantando villancicos. No se podía creer! Esta era la Navidad que una ve en las películas!

Cardiff tiene 300.000 habitantes y es la capital de Gales, pertenece a Gran Bretaña. Les puede sonar Gales por la Princesa Lady Di. De hecho, su hijo William, está yéndose a vivir ahí con su prometida. Otra oportunidad de pertenecer a la realeza que se me escurre entre los dedos... eso por no saber esperar.

Cardiff es una ciudad bastante chica. Se puede caminar para todos lados y es sumamente pintoresca. En el centro destacan tres peatonales preciosas que están llenas de galerías, mercados, restaurantes y pubs. En esta época están más lindas porque tienen todo tipo de decoraciones navideñas.

Hay una zona como de 4 o 5 cuadras donde las peatonales se unen creando un impresionante centro comercial llamado Saint David's. Es como una ciudad y tiene de todo. Las distintas partes del shopping se conectan por escaleras, pasillos y a veces hasta hay que cruzar una calle y volver a entrar. Un paraíso de las compras. Los sábados y domingos, especialmente en esta época (invierno + navidad) los centros comerciales y galerías están repletos. Y allá, cuando la gente sale de compras, vuelve con 6 o 7 bolsas de distintos lugares!

Es verdad que en Gran Bretaña hay mucho dinero y las cosas son bastante caras, más que en Europa Continental. Para que se den una idea: un pancho (sausage) en un puestito de la peatonal (uno elegante, no se imaginen el de Plaza Italia) cuesta 3,50 libras, que son algo así como 22 pesos argentinos. Tomar un café o un chocolate caliente, cuesta entre 2 y 3 libras; y cenar en un restaurante lindo, entre 20 y 25 libras por persona.

Todo lo caro que tiene la ciudad, se invierte en limpieza y prolijidad. La gente es muy correcta, no es una castañuela, pero tampoco te tratan mal, y realmente educada. Allá no pueden olvidarse el "please" y el "thank you". Ni hablar de inseguridad.

Tampoco había averiguado nada sobre la ciudad de Cardiff antes de ir, así que me fui al puesto de información turística en busca de un panorama de los atractivos locales.

Lo primero que fui a visitar es el Bute Park, un parque hermoso que rodea al río Taff. Estaba todo nevado y con los árboles un poco deshojados, pero lleno de encanto, plagado de ardillas y pájaros. Tienen paseos para peatones y para bicicletas y cada tanto hay puentes para cruzar el río. Tienen un aire medieval porque desde todos lados se ve el Castillo de Cardiff, que está ubicado en una de las esquinas del parque.

También hay otros varios edificios distinguidos, como el Welsh Institute of Sport, el Royal Welsh College of Music and Drama, donde estudió Anthony Hopkins; y el Swalec Stadium. Pero el más encantador es el Castillo de Cardiff.

Es una construcción de más de 2000 años de historia donde se refugiaron los romanos durante su invasión a Gran Bretaña, los caballeros medievales lo usaron como centro de reunión y luego fue hogar y orgullo de las familias más ricas de la zona. Finalmente, el 3er Marqués de Bute (un personaje muy destacado en esta ciudad) transformó el castillo en una fantasía medieval que su familia usaría como residencia.

La visita al Castillo incluye un paseo por los túneles dentro de los muros, donde se ve al exterior a través de estrechas ventanas que usaban los arqueros. Se puede pasear por los jardines, subir a una torre romana, visitar sus calabozos e ingresar en los apartamentos, que son los dormitorios y salones, todos ellos decorados con extravagancia y mezcla de estilos árabes.

Hay múltiples iglesias para visitar, en su mayoría católicas pero bastante diferentes de las que estoy acostumbrada a ver. En época navideña, muchas de ellas tienen pequeños conciertos de villancicos. Además de las peatonales comerciales, el Castillo de Cardiff y sus parques aledaños, hay otra zona muy linda que vale la pena ver: el Cathay's Park.

En ésta zona (no es un parque, sino un conjunto de edificios públicos) se pueden ver las Cortes (Law Courts), la Municipalidad, la Universidad de Cardiff y el Museo Nacional. Destaco especialmente a la Municipalidad (City Hall) por su fachada decorada con todo tipo de ornamentos y un dragón en la punta (Gales, es llamada "la tierra del dragón"). Estaba decorada con un árbol navideño en cada ventana, que toque!

También es un valor el Museo de Cardiff, cuya entrada es gratuita. Tiene exposiciones de antropología e historia natural, de las cuales es imperdible el sector de piedras preciosas. Y, en los pisos superiores, se encuentran las pinturas, esculturas y porcelanas. Tiene una colección bastante importante, con unos cuantos Monet, algunos Van Gogh y Rodín. Y podés sacarles fotos sin problema! Lo mejor del museo (sobre todo para aquellos de ojo ignorante, como yo) es que con el mapa, te dan un "top 10", las 10 mejores cosas que no te podés perder. Así que está genial para hacer un recorrido express.

En medio de todos estos hermosos edificios, están los Alexandra Gardens, unos jardines preciosos con un monumento en honor a los caídos en batallas por Gales.

La última cosa imperdible de Cardiff es la bahía. Se puede ir caminando, en colectivo o en barquito hasta la bahía, que concentra en un paseo restaurantes, casas de té y tiendas de todo tipo. Es una especie de Puerto Madero, más chiquito. Tiene unas vistas preciosas de la puesta del sol y se puede caminar por el muelle hasta llegar a los antiguos embarcaderos. Ahí hay una escultura y el relato conmovedor de la travesía del Capitán Scott y su equipo, que murieron intentando volver de su expedición al polo Sur; donde llegaron segundos, después de que le ganara el equipo del noruego Amunsen.

Además del paseo comercial hay un edificio rojo que pertenecía a la antigua fábrica de carbón. Cardiff creció como centro industrial durante muchos años, gracias a la extracción de carbón de sus minas. Hay relatos y fotos que recuerdan esa época.

Como les cuento, si bien es un destino poco turístico y tal vez nunca terminen de enterarse dónde está Cardiff, es un ciudad muy bonita y con unas cuantas cosas para visitar. Así que, si alguna vez sus viajes los llevan cerca de Gales, vayan a Cardiff aunque sea por un día y descubran el encanto de la tierra del dragón!

16 de diciembre de 2010

Crónicas alemanas: Historias de aeropuertos...

Sabía que mi vuelo no iba a ser sencillo desde el momento en que la TVE dijo que se estaban cancelando vuelos en Frankfurt por la nieve. Y dónde hacía conexión yo? En Frankfurt, por supuesto.

El avión salió con retraso de Madrid y yo me encontraba desinformada y con un 90% de probabilidades de pasar la noche en Frankfurt. Mentalmente empecé a practicar mi alemán rudimentario. Nada. No alcanzaba para más que "mi nombre es Cintia" y " eso es bueno"; y no veía cómo iban a poder ayudarme esas frases.

Llegamos a Frankfurt y ya había perdido mi conexión a Londres. Vagué por el aeropuerto semi cerrado (eran las 9 de la noche), en busca de algo o alguien que me dijera qué hacer. Me sentía realmente estúpida, los mostradores de la aerolínea estaban desiertos, no veía por ningún lado personal del aeropuerto y mi vuelo ya ni aparecía en las pantallas.

Debo haber tenido suficiente cara de desesperación como para que una señora de seguridad se apiadara de mi y me diera dos inútiles instrucciones que, al menos, tuvieron la fortuna de ponerme en movimiento. Anduve para acá y para allá, me sellaron el pasaporte (pensé "acá metí la pata"), subí, bajé, pregunté y sudé un poco (es que estaba muy abrigada). Finalmente llegué a un mostrador con múltiples viajantes inconexos como yo, haciendo una cola.

Me encontré con una chipriota (oriunda de Chipre) que estaba tan o más perdida que yo, y se alegró tanto de encontrar a una compañera de aventuras que no me animé a abandonarla.

Me entró una duda: a qué país pertenece Chipre? Me acordaba de haber visto un documental al respecto, pero no sabía en qué había quedado la cosa. Le pregunté y calculo que a todo el mundo le gusta hablar de su país. Me contó que en 1970, los turcos invadieron Chipre y hubo una guerra. La isla quedó dividida en dos. Los padres de ella, emigraron hacia la parte griega para reconstruir su vida. Llevaban lo puesto. Algunos familiares de ella quedaron del lado turco. Ella cree que ya no es un problema de la gente joven. Piensa que el futuro está en no buscar razones para diferenciarse, sino cosas en común.

Al lado nuestro estaba sentado un chico español, de Pamplona. Llevaba viajando 24 hs para llegar a Londres a ver a su novia. Me acordé de los encierros de toros (ya que estamos, no?) y me contó que es muy distinto a como se vé en la televisión, son 900 metros de maratón minotáurica. Cuando le pregunté si alguna vez había corrido con los toros por las calles de Pamplona, abrió los ojos como platos y me dijo "Nooo, ahí solo van los borrachos y los que están entrenados. Los que lo hacen siempre". También me dijo que no entendía mucho inglés, así que hice de traductora entre la chipriota y el pamplonés. Lo llevo en la sangre, ja! Pero se me hizo que no iban a ser amigos.

Y con la chica de Chipre lo dudé. Ella parecía muy amistosa pero en los aeropuertos uno nunca sabe. Y cuando en el control de Frankfurt la apartaron para hacerle un test de explosivos, tuve miedo. Me ví en un calabozo alemán aprendiendo a decir "Llamen a la embajada argentina!" o "Me gusta mucho el chucrut"... según se me presentaran las emergencias.

Mi poco conocimento de alemán (los números de 1 al 10) me sirvió para saber si hablaban de mi vuelo por los altoparlantes. Y, con total convencimiento de que iba a pasar la noche en Frankfurt, puse el corazón en paz y me reconcilié con la idea de que al menos tenía algunos amigos. Pero, si hay algo que lo sorprende a uno, son las sorpresas. Y resultó que me pusieron en un vuelo que salía más tarde.

Destino: Heathrow (aeropuerto de Londres), donde me esperaba Ale. Sellado el pasaporte, se me abrieron las puertas al Reino Unido. Ufff... God save the Queen!

... (continuará)

25 de agosto de 2010

Crónicas peruanas: La crisis existencial del gallo Claudio.

En las inmediaciones de mi casa vive un gallo. No sabemos exactamente dónde está. Miramos en el Google Earth pero, entre tanto alojamiento y atractivo turístico, no encontramos al gallo.

Esta temible ave, al que daré en llamar Claudio, todas las mañanas canta. Desde que en el horizonte se empieza a ver un minúsculo rayo de sol, ese momento en que, para el resto de los seres vivos, todavía es de noche; el gallo Claudio entona su primer "quiquiriquí". Y después, ya entrada la mañana, cada tanto se escucha un desganado "cocorocó", como para alertar al que todavía no se enteró que es de día.

Como verán, y aunque suene increíble, este gallo funciona.

Tanto es así que este lunes, cuando Ale se iba temprano para Casma, el gallo empezó a cantar. Con cara de sueño le pregunté: "Vos programaste tu gallo para esta hora?". Se rió. Claro, el gallo Claudio está programado para una franja horaria tan amplia que abarca la totalidad del territorio peruano; y, aún con el cambio de meridiano, también puede servir para la Argentina.

Bueno, así estaban las cosas con nuestro plumífero vecino.

Esta mañana, el gallo Claudio amaneció afónico. Al principio creí que era un perro atragantado que intentaba ladrar. Después el sonido se fue aclarando y se convirtió definitivamente en un gallo. Pero se lo escuchaba distorsionado, flemático casi. Era como un gallo adentro de un frasco de mayonesa. Exactamente.

Entre "quiquiriquís" y "cocorocós" a lo largo del día (se ve que intentaba encontrar los acordes correctos) se le fue aclarando la garganta y ya se empezó a escuchar al Claudio de siempre.

Me dejó con una duda: qué le habría pasado? Tal vez tuvo una mala noche. Un encuentro desafortunado en el "Coliseo de gallos" (lugar real en la ciudad de Trujillo). Quizás se las vió negras, enfrentado a un gallo joven y con más bríos que él, y ni siquiera quiso pelear esa noche. Los otros gallos le gritaban "Gallina!" desde la tribuna, pero tal vez Claudio no hizo nada, quizás pensó "Ya no estoy para estas cosas...".

Y esta mañana, cuando se disponía a anunciar el amanecer, se lo pensó dos veces. "Qué he hecho con mi vida?"- pensó el gallo Claudio, mientras veía como, no uno, sinó dos rayos de sol empezaban a iluminar Huanchaco.

Pero como un gallo meditabundo es de muy poco uso en este mundo... y recordando la amarga noche en el Coliseo, se decidió: "No seré un gallo peleador, pero que nadie diga que no soy un buen gallo despertador!"

"Quiquiriquí!!!" se escuchó al alba, y hasta él se dio cuenta que sonó medio feo.

22 de agosto de 2010

Crónicas peruanas: Mi Casma la quiero medio hecha.

Casma merece una crónica aparte? Sin dudarlo un instante, no. Sin embargo, no todos las crónicas pueden hablar de lugares extraordinarios… algunas son “crónicas incómodas”.

Así que acá estoy, sentada en un banco de la plaza de Casma que está llena de gente. Absolutamente todos me miran. Todavía nadie se acercó a hablarme pero asumo que, si vengo a sentarme seguido, terminarán aceptándome como parte de la plaza.

Casma es una ciudad fea. No es mi intención hacer sentir mal a los casmeños, creo que ellos ya saben que su ciudad es poco agraciada. Cada construcción parece estar a medio terminar, de los techos sobresalen fierros y ladrillos apilados que parecen indicar que la casa podría seguir creciendo. Pero no se ve gente trabajando, así que asumiré que la obra está temporalmente paralizada. Imagínense eso, pero en toda una ciudad.

Ya había visto este fenómeno en otras ciudades del Perú. Según me explicaron, parece que mientras la casa está “en construcción”, se pagan menos impuestos (beneficio que solo dura 5 años), por eso es que todo está a medio hacer. Una mera cuestión impositiva, que convierte lo que de otra manera podría ser un pueblo humilde pero terminado, en una ciudad afeada por la aparente incapacidad de sus habitantes de decir “Vieja, hasta acá llegamos”.

Una vez que uno logra apartar el hecho de la construcción medio empezada-medio terminada, se puede concentrar a nivel del mar, (a nivel del mar, dije, porque lo que es el mar en sí, está como a 20 km) donde se ven multitud de casas y garajes que hacen las veces de negocios. A todo le falta un rasqueteo y una buena capa de pintura, a la mayoría de los locales les falta luz y una puerta decente, ya que abren y cierran a través de una persiana metálica.

El transporte consiste en una variedad de autos y miles de mototaxis (ese híbrido que se consigue al unir una moto a una especie de coraza con asiento en la parte de atrás); dicen que hay 4.000 en Casma. No sé qué categoría tendrán, cada uno de los vehículos tiene nombre, están decorados con todo tipo de artilugios, hasta los he visto con luces negras; pero no son lo suficientemente roqueros como para considerarlos motoqueros… escuchan cumbia.

Recientemente, se inauguró una plazoleta bastante linda, todo el mundo va a sacarse fotos ahí. Tiene un puentecito de madera que cruza una fuente iluminada con luces de colores. Por qué no? Imagínense lo que quieran… Es Las Vegas, es el Magic Kingdom del altiplano. No me voy a pasar diez párrafos explicando por qué Casma es fea.

Lo que sí les puedo decir es que, geográficamente, toda esta zona del Perú se parece mucho al norte de la Argentina (impactantes montañas de colores, el desierto y como rareza, el mar). Pero, de alguna manera, las ciudades son distintas.

…

Con esto de la crisis, la empresa (miren cómo la hago sonar: “la empresa”, chan chan chan chan, un monstruo empresarial que, decidido a arruinarnos las vidas, pretende aplicarnos un recorte de presupuesto y lavarnos el cerebro, jejejeje… “The Firm” un poroto, lo quisiera ver a Tom Cruise en Casma). La empresa sacó a mi marido del bello hotel en el que estaba y lo trasladó a uno menos bonito pero más barato, llamado “El Dorado”.

Ya en el hotel anterior, fue evidente que los niveles de lujo casmeños eran otros. Mi mamá, siempre tan bella y moderna, me pregunta en qué habitación estaba:

-En la 12, por? - le respondo ilusionada. Puede ser que mi familia haya caído de visita en Casma y esté buscándome?

-Para llamarte por teléfono, hijita - me responde mi madre.

Cómo contestarle que no tenía teléfono en la habitación sin que mi madre piense que estoy viviendo en una tienda de campaña en el desierto? Me acordé de ese término que tanto les gustaba cuando mi hermano iba a “Campamento”: vivac, eso es lo que pensó mi mamá, “mi hijita adorada está viviendo en un vivac!”.

Mis padres me criaron como una princesita, no necesito decirlo. Sin dejarse intimidar por la respuesta a la incógnita anterior, mi papá me preguntó, cuando llegué a “El Dorado”, si lo estaba llamando desde la recepción. “No, Papito, no hay recepción”- dije, mientras de fondo sonaba el timbre.

Yo llegué una noche y esperé pacientemente al día siguiente para expresar mi opinión: es como la vecindad del Chavo. Se acuerdan?

Desde la calle se ve una reja y un cartel (obviamente, dorado) pero cuando uno entra es un pasillo largo con puertas y ventanas que dan a las habitaciones. Es como un patio, con macetas con flores y eso. Al final del pasillo hay una especie de quincho con una cocina gigante. Ahí se pone una mesa larga con mantel en la cual almorzamos y cenamos todos los huéspedes a un horario previamente fijado (en general, 12.30, el almuerzo y 19 hs, la cena). En este sentido, se parece a un hostel.

Se come bien, eso sí, comida peruana casera y abundante; y se mira la televisión, partidos de fútbol o la telenovela top peruana, llamada “Al fondo hay sitio”.

Al no haber ventanas en las habitaciones que den a la calle (todas dan hacia el patio) uno se siente verdaderamente en una vecindad, apartado de la pasmosa Casma.

Lo anecdótico: la reja de la puerta está cerrada con llave (el acceso al vecindario es exclusivo, loco!) así que para entrar hay que tocar un timbre que suena en todas las habitaciones. De tal manera que, si entra alguien, nos enteramos todos, sea la hora que sea. Todavía no dejo de dar saltos en la cama cada vez que suena el timbre!

Cuando llega “el Inge”, mi querido esposo, cenamos con el grupo de obreros y administrativas de la obra (que copan los aposentos de “El Dorado”) y a la cama a ver la tele. A ver la tele? No, en serio, el televisor es de 10 pulgadas y está colgado de la pared a 5 metros de la cama. Olvídense de ver un programa con subtítulos, a menos que traigan largavistas.

Entre los personajes destacados, está el hijo más chiquito de la dueña, que es un piojito con rulos que usa el patio como centro recreacional (hay autos, dinosaurios y pelotas por todos lados) y me grita cada vez que llego.

Otra cosa a tener en cuenta es que acá es costumbre decirle a las señoras “seño”, como en el colegio. Así que yo llego, toco el timbre de la vecindad y vienen a abrirme:

-Hola, seño.

-Ya (los peruanos tienen el hábito de responder “ya” para todo, es como un “bueno”, o algo así).

-Qué hay de comer, seño?

Y un bandido de medio metro me grita desde el pasillo “Hola Mamaciiiiita!”. Jajaja… qué más se puede pedir para un día casmeño?

Y así pasan mis días en Casma. Leyendo en la plazoleta, mirando tele o resolviendo sudokus en el patio de la vecindad. Es una experiencia decisiva: o te volvés loco o buscás esa glándula dentro del cerebro que secreta paciencia y adaptabilidad. Nada que temer, my darlings.