20 de marzo de 2012

Crónicas españolas: La ciudad que nos malcrió

Las ciudades tienen sus rutinas, sus tiempos; y Madrid no es una excepción. Pero el paso de los tiempos latinoamericanos al tiempo europeo se nota. Todo baja un cambio. Tal vez la razón sea que las cosas funcionan mejor, la gente tiene menos de qué preocuparse… aunque siempre encuentren motivos para ello.

Y es verdad. Que ciertas cosas funcionen bien hace que uno descanse. Descanse de la inseguridad, de la inestabilidad, de la injusticia y de la apatía de la que venimos, al menos yo. Las mentes quedan un poco más despejadas para pensar en otras cosas. Las mentes y los noticieros, que pueden pasarse media hora entre reportajes por el clima (con entrevistas a los peatones para saber su opinión), las alergias de la primavera (con más entrevistas y quizás algún estornudo en vivo) y la ofensa de la princesa porque cierto presidente no la saludó (y una encuesta on-line sobre la opinión de los televidentes).

Madrid todavía no es primer mundo pero, los que venimos de tan lejos, tenemos que quedarnos un buen rato para encontrar cosas que criticar. Y quien busca, encuentra, desde luego. Podría hablarles de la crisis, de ETA, de la discriminación, de las drogas, de los que asocian la bandera española con el franquismo, de los cómodos indignados, etcétera; porque problemas hay en todos lados. Pero, en cambio, prefiero destacar aquellas cosas que hacen que valga la pena venir y quedarse.

De los bares ya hablé y, aunque desapareció el humo, siguen quedando los papelitos en el suelo, las cañas (cervezas) de parados y los gritos de los camareros (alguien me dijo que “mozo” se lo toman a mal). Pero los madrileños son así, ruidosos y cariñosos, con una copa en la mano y un poco bestias en sus modales. También los hay elegantes, pero no se imaginen a María Eugenia de Chikoff. Hasta el rey a veces me parece un poco bruto (con respeto, Don Juan Carlos, no se me vaya a ofender). Y, por supuesto, las azafatas de Iberia, que se encargan de trasladar algunos de sus bellos modales al mundo internacional. No se ofendan si me ofendo cuando me tratan mal, es que los latinoamericanos somos así, un poco sensibles.

¡Y el inglés! Como han renovado la lengua inglesa por estos lados. Viene en dos cómodas versiones: el inglés con pronunciación nativa y las palabras inglesas españolizadas. Ni hace falta buscar ejemplos, los encuentra uno por todos lados. Cómo me he divertido leyendo y escuchando palabras como “güifi” (wifi), “udos” (U2), “deuvedé” (DVD), “gofre” (waffle) y “espíderman” (Spiderman). Aún así, uno las termina diciendo porque, reconozcámoslo, es muy gracioso. Ni hablar cuando me tocaba deletrear mi apellido… que termina en “uvedoble”, la de “güifi”, ¡jajaja!

Destacando otro aspecto cultural, me sorprendió gratamente la cantidad de gente que lee en el metro (subte). Son muchos los que van con su libro o su libro electrónico, de parada en parada, leyendo sin levantar la vista. Eso me encanta, ¡yo misma lo hago! Y el metro… tan limpio, funciona tan bien, llega tan lejos. Una locura de transporte. Diría que le perdí el miedo a quedarme sola en las estaciones y todo. Eso si, hay que tener en cuenta que cierra como a las dos de la mañana, que una vez nos quedamos encerrados en Plaza Castilla.

También me gusta que haya tanta gente “grande” por Madrid. Eso habla bien de la ciudad. Yo no me había dado cuenta hasta que me lo dijo una amiga a las primeras semanas de llegar. Tenía razón, hay mucha gente mayor por todos lados. Paseando por los parques, sentados en las fuentes de La Vaguada, tomando café en los bares. Y como tengo una abuela que en unos meses cumplirá 90 años (una lectora fiel), sé que para que la gente mayor ande por la calle, tome el transporte público, vaya a comer afuera, todo tiene que funcionar bien y tener precios adecuados.

De eso me hizo dar cuenta Maru y también de la falta de “Guía T”, ese librito tan preciado en Buenos Aires, con las rutas de los colectivos, las paradas, las direcciones. Parecía imposible pensar una vida sin Guía T (o sin kiosquero, para el caso, que se supiera de memoria las rutas de los colectivos), ¡pero existe! No tengo idea a quién preguntarle por un autobús en Madrid, nunca me tomé otro que no fuera el que iba a la casa de mis suegros, al pie de la sierra, en un pueblito llamado Soto del Real. Pero algo me dice que todo el mundo lo busca simplemente en internet.

“Las zonas de marcha”, como llaman acá a los barrios para salir, siempre están repletas de gente. Sea invierno o verano. Dentro de los bares, de las cafeterías, de los restaurantes, en las terrazas, en las veredas. Los madrileños aman sus salidas, podrían vivir en la calle las 24 horas del día. Tanto las aman que los viernes se deja de trabajar a las tres de la tarde. Puf, ¡desaparecen!

Se van a comer, siempre están comiendo. Como para no, con la cantidad de cosas ricas que hay por todos lados. Y esa costumbre de las tapas… le pasan el plumero a los amarettis que te dan con el café o a los maníes con la cerveza en Buenos Aires. ¡Acá se come! Las tapas más frecuentes son las aceitunas, la tortilla de papas y la chistorra (un chorizo finito frito). La comida light no va con la tradición española y está bien, porque los inviernos son crudos y la gente tiene hambre. Sin ir más lejos, los menús del día, (que come todo el mundo a mediodía) consisten en entrada, plato y postre. Y cosas tan consistentes como guiso de lentejas, spaguetti boloñesa, huevos revueltos con jamón; eso de entrada nomás.

Se me prohibió decirle fiambre al jamón serrano, ¿estará bien decirle chacinado? Como el jamón serrano, el lomo, la morcilla de burgos, el chorizo colorado y tantos más que es imposible nombrarlos. Y luego las habas, las lentejas, los garbanzos, los porotos… todas esas cosas que creíamos olvidadas, las encuentro en los platos de Madrid. ¿Mariscos? Sí, todos. ¿Pescados? Miles, mi favorito sin lugar a dudas, el bacalao. Y carne también hay, los cortes son raros y la cocinan poco, pero la cuota carnívora se puede cumplir perfectamente. Además, teniendo bacalao en la carta, no se me ocurriría pedir carne. ¿Para que me la traigan “poco hecha” y tener que pelearme? ¿Para que luego salga de la cocina arrebatada y me quieran hacer creer que eso está cocido? No, como buena carne y mucha cuando voy a la Argentina.

Y casi me olvido de los pasos de cebra. ¡Los pasos de cebra! Significan algo, los autos paran, esperan. No estoy diciendo que los españoles hayan descubierto la pólvora, ni mucho menos. Pero descubrieron algo parecido: las multas. Y con eso, santo remedio, la gente empieza a cumplir las normas de tránsito sin problemas. Es que le gente es muy dura, tienden a la viveza criolla hasta que les cae una multa. ¡Otra cosa! La expresión “es que”, que se me pegó indefectiblemente, parece que es muy madrileña. Así que no sabré dónde queda el barrio de Vallecas (en algún lugar del sur, al que le temo), pero me voy mimetizando con la cultura local.

También tomo “claras con limón” (cerveza con gaseosa de limón), digo “mercadillo” (feria de vendedores ambulantes), uso el pasado perfecto en las oraciones, sé quiénes son los políticos de turno y uso “zapatillas de andar por casa” que, en criollo, son pantuflas. Si es que me he vuelto muy madrileña. También porque, como ven, es muy fácil dejarse malcriar por Madrid y su gente.

Es una ciudad en la que todos se sienten a gusto, turistas o locales. Es una buena ciudad. De la que nos despedimos por un tiempo... ¡en busca de nuevas aventuras! ¡Gracias, Madrizzz y gracias a todos aquellos que hicieron de éste, un año y medio lleno de felicidad (ustedes saben quiénes son)!


2 comentarios:

  1. Cintia. Lástima que se perdieran por falta de tiempo, y me refiero al vuestro por ser entonces pequeños y estar en Baires o por ahí, la llamada Movida Madrileña, años finales de los 70, hasta finales de los 80, la transición, alcalde marchoso, juventud más marchosa aún, ideas, fantasías, vida loca pero creativa, la España en la modernidad de todas las artes, las gentes en la esperanza de una nueva vida. De alguna forma Madrid mantiene ese espíritu que existe casi desde su principio, y a pesar de todas las catástrofes vividas. Y tambiene mantiene las "tapas", aunque ahora sean vintage.

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    1. jajaja es cierto! Tenés mucha razón, Norberto...

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